El Editorial

LA PSICOLOGÍA DEL TOBOGÁN

El viernes, por fin, comenzaron los Juegos. Me refiero a los Olímpicos, que suelen concentrar –o distraer, según el gusto del consumidor- la atención de cientos de millones de habitantes del planeta. Y si digo por fin no es por mi afición al deporte ni por estar esperándolos con una ansiedad especial. Si no pensando más bien en el Gobierno español y en sus autoridades económicas, que habrán suspirado profundamente. Por un lado, porque la soberbia ceremonia inaugural de Londres 2012 fue el colofón a las palabras del jueves de Mario Draghi, el presidente del BCE, que motivaron el considerable descenso por debajo de los 600 puntos de la prima de riesgo –qué tiempos aquellos (noviembre de 2010), en los que la blogosfera del PP hablaba de la “evidente desconfianza generada por Rodríguez Zapatero” en los mercados, cuando nuestra querida prima alcanzaba los 300 -. Por otro, porque no hay dudas de que es mucho más saludable prestar atención a los Juegos londinenses que al sube y baja de los mercados.

Pero sobre todo, la combinación Gasol (o el deportista que uno elija)-agosto-vacaciones-Draghi hará suponer al Gobierno que al menos durante algunas semanas, España podría abandonar la desagradable sensación de estar subida a un juego tan desagradable como económicamente nefasto: el tobogán gigante.

Todos los análisis que se realizan sobre eventuales soluciones al actual descalabro tienen en cuenta los aspectos materialistas del mismo. Pero prácticamente ninguno repara en los psicológicos, tal vez porque se los cree –erróneamente- alejados de los números. Es verdad que no serán las sensaciones ni las pulsiones las que achiquen el déficit del Estado, pero los humores generales sí que tienen traducción directa en los procesos macroeconómicos. Y en ese sentido, Rajoy y sus muchachos deberían marcharse a la playa profundamente preocupados: solo los acólitos más fervorosos niegan la percepción de estar en medio de una caída vertiginosa y sin suelo a la vista.

La pregunta, ya no del millón sino de los 60.000 millones de euros, es cómo se puede hacer para frenarla. Muy simple: hay que buscar un piso, un rellano, un fondo (por favor, que no sea el FMI). Los humanos, en líneas generales, amamos la estabilidad, y es a partir de ella desde la que se puede planificar, reconstruir y crecer. Mientras ello no ocurre, apenas se trata de sobrevivir y mantenerse a salvo.

La cuestión, claro, es cómo encontrar ese suelo. Una opción es esperar a que vengan a instalarlo desde afuera. Con venta de eurobonos, con inyección directa de dinero a los bancos desde cualquiera de los mecanismos que se ha inventado la UE, con mayor flexibilidad para cumplir los objetivos de déficit o con el conejo de la chistera que pueda sacarse Draghi llegado el caso. También con el tan temido “rescate total” y sus brutales condiciones. Pero no habría que engañarse. Todos estos serían suelos falsos, mentiras bien contadas, parches más o menos grandes para atenuar el descenso y estirarlo en el tiempo. Y tendrían un problema añadido: se verían como imposiciones externas, nunca como medidas propias, pensadas y tomadas por nuestros representantes. Dice la psicología que los problemas hay que asumirlos primero para resolverlos después. Y eso se hace desde dentro de uno mismo. “Los de afuera”, sentenció un célebre futbolista uruguayo de los 50, “son de palo”.

Hay otra opción, que se maneja como posibilidad y se descarta casi por automatismo: plantearse la salida del euro. Por supuesto, nadie de los que puedan tener mando en plazo la menciona en público, porque su efecto sería devastador para quien estuviese en el Gobierno en ese momento. Pero además de los factores económicos que podrían favorecer ese órdago (y que prometo analizar en breve en una siguiente entrada), abandonar el euro sería tocar un fondo. Muy profundo y después de una caída muy brusca, que generaría fracturas y contusiones que tardarían en curar, pero que acabaría con la interminable sensación de caída.

Desde ya, no se trataría solo de volver a tener una moneda propia. Habría que tomar otras muy difíciles medidas complementarias, desde devaluaciones a posibles “corralitos” transitorios. Y desde ya declarar el default, que es lo mismo que excluirse voluntariamente de los mercados internacionales para pasar a integrar el club de los “países malditos” (aunque si se mira el mercado de los seguros por impago de deuda –CDS-, del que Argentina es “líder”, once años después de su cesación de pagos, España ocupa ya el quinto peor puesto). Creo que no hace falta aclararlo: nadie espera que ni este Gobierno ni ninguno que no tenga una visión de la realidad radicalmente distinta vaya a tomarlas.

Sin embargo, y al margen de lo económico, sería una manera de dar un golpe sobre la mesa. De recuperar no solo la soberanía monetaria sino también algo de dignidad. De convencernos todos y todas de que estamos en el último rincón de un gran pozo, pero que desde allí abajo no queda otra cosa que empezar a escalar. De olvidar diferencias y distanciamientos absurdos –nacionalismos incluidos- para ayudarnos en la dura empresa. De asumir en la intimidad de nuestra psique la condición de “nuevos pobres” y comenzar a resolver el problema. Desde adentro y sin esperar ayuda de nadie, como debe ser.

Y por supuesto, sería una manera de bajarse del tobogán.

Los cráneos de este país no deberían desaprovechar las lunas de agosto para reflexionar sobre si no merecería la pena hacer caso a otras variables más allá de los números, para detener una sangría que este verano no nos está sentando nada bien.

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