Crónicas argentinas

SOLDADITOS DE PLOMO

– La huelga y las protestas de dos cuerpos militares por razones salariales despiertan recelos en Argentina
– El Gobierno de Cristina F. de Kirchner dio marcha atrás en la medida que provocó las quejas, pero la movilización continúa
– Un análisis desde Buenos Aires

Hace muchas décadas, el juego típico de los niños eran los soldaditos de plomo. Claro, la Segunda Guerra Mundial era historia cercana y la identificación con las glorias y los fracasos, mayor aún. Pero para un país como Argentina, signado por la memoria siempre viva de los 30.000 desaparecidos producto de la actuación del terrorismo de Estado (al que se debe sumar la decena de asesinatos por razones políticas ocurridos una vez recuperada la democracia, y los perpetrados por el denominado “gatillo fácil”, es decir, la utilización abusiva de armas de fuego por parte de fuerzas policiales), aquel divertimento infantil prácticamente ha sido desterrado.

La ciudadanía argentina (o por lo menos gran parte de ella) no quiere jugar más a los soldaditos de plomo, ni quiere saber nada con los de verdad, con los de carne y hueso. De allí la preocupación por el motín que desde el martes pasado vienen llevando a cabo miembros de Gendarmería Nacional y Prefectura Naval, dos cuerpos de naturaleza militar que se dedican a reforzar la seguridad interna (en funciones semejantes a las que desempeña la Guardia Civilen España) y que dependen del Ministerio de Seguridad.

Cristina F. de Kirchner

Más aun cuando en los últimos días se han sumado a sus encendidas protestas , que comenzaron con una huelga y ahora se reduce a concentraciones y manifestaciones, suboficiales de las Fuerzas Armadas y la Fuerza Aérea, en este caso dependientes del Ministerio de Defensa y por lo tanto de su Comandante en Jefe, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

La chispa que detonó la medida de fuerza fue el decreto firmado por el Gobierno por el que se debían blanquear buena parte de los suplementos adicionales no remunerativos que cobran gendarmes y prefectos. Para entendernos: hasta ahora, una parte del salario de estos empleados estatales estaba exenta de los descuentos por Impuesto a las Ganancias (I.R.P.F.) y los aportes sociales y jubilatorios que paga el resto de la población, y las autoridades económicas decidieron acabar con esa situación irregular. Claro que, con el recibo de sueldo en la mano, esto significaba una reducción de entre un 30 y un 60 por ciento del salario neto, y por eso las quejas.

Unas quejas que incluían el relevo de las cúpulas en ambas fuerzas, y que fueron rápidamente escuchadas, porque el Gobierno, como los cangrejos, caminó para atrás. Anuló la medida, en 24 horas pagó la integridad de los salarios, y también nombró nuevos jefes, aceptados por los huelguistas. Sin embargo, el estado de movilización, aunque con menos efectivos, continúa y no hay miras de solución.

¿Qué pasa entonces? La situación sugiere varios análisis. Por un lado, ¿cómo no entender la bronca (el cabreo) cuando lo que se toca es el bolsillo? ¿Cómo no lo van a comprender quienes tantas veces en la historia argentina, y del mundo, han participado de reclamos similares y fueron reprimidos a golpes, balazos, tanquetazos o bastonazos por quienes ya llevan casi una semana manifestándose, o por lo menos, por las fuerzas que los representan?

Pero por otra parte, ¿asistimos solo a una reivindicación salarial? En un país prácticamente dividido en dos respecto a la adhesión u oposición al gobierno, hay quienes sostienen que no. Porque hablamos de trabajadores que en sus tareas emplean armamento que les provee el Estado. Y porque se trata de estructuras totalmente verticalistas y dependientes de las órdenes de un superior. Entonces, más allá de que no aparezca un líder visible, resulta fácil suponer que “alguien” podría estar dando la venia para darle continuidad a la protesta.

Los soldaditos de plomo ya dejaron de formar parte del entretenimiento infantil, y cuando los de verdad se ponen a jugar, surge el estado de alerta. Quizá porque siempre vuelve a la memoria aquella sentencia de Carlos Marx: “La historia se repite primero como tragedia y luego como farsa”.

Y está comprobado que la farsa siempre se produce con mayor intensidad que la tragedia.

Beatriz Chisleanschi

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