El Editorial: La tragedia democrática

Actores del teatro griego

Desde los lejanos tiempos de la Antigua Grecia, la fascinación por la tragedia, entendiendo como tal una representación teatral de la realidad, ha logrado conmover al ser humano. Los escenarios han sido desde siempre objeto de deseo por parte de aquellos a quienes una fuerza interior los impulsa hacia la interpretación; y de admiración para los demás, gustosos de ser subyugados por los diálogos, los cantos y las puestas en escena de situaciones reales o fantásticas con las que los espectadores puedan, de alguna manera, sentirse identificados.

Burlona y con cierto aire de comedia en sus comienzos, la tragedia clásica de los griegos fue evolucionando hacia el drama, en la medida que sus personajes se fueron haciendo más humanos y menos míticos. Pero se trataba de un drama controlado: el protagonista era castigado o absuelto por los errores cometidos, y la gente sabía que todo no era más que una ficción, o más bien una lección de moralidad sin más consecuencias que las enseñanzas que cada uno pudiera rescatar.

Este largo prólogo (invento griego, por cierto) viene a cuento porque estos tiempos trágicos que atravesamos tienden a parecerse cada vez más a un escenario de ficción en el que se dicen cosas que no son reales, aunque intérpretes y espectadores hagan como que las creen. Esta semana fue otra palabrita griega la que quedó en la picota, haciendo equilibrio entre la verdad y la mentira. Nada menos que democracia.

Los resultados de las elecciones autonómicas en Galicia y Euskadi dejaron varias lecturas posibles. Para las huestes del partido gobernante ha sido una bocanada de airemucho más fresca de lo esperado.

Alberto Núñez Feijoo y Mariano Rajoy

Como el triunfo de los partidos soberanistas en tierras vascas se daba por descontado, la mirada de Moncloa estaba puesta en lo que sucediera en la patria chica de Mariano Rajoy, y el crecimiento de la diferencia de escaños a favor del PP le permitió al Presidente del Gobierno ejercitarse en una práctica casi inaudita: la de orador agresivo. Crecido por lo que en la calle Génova decodifican como apoyo popular a sus políticas de recortes y reformas, Rajoy incluso se dio el lujo de desafiar a Artur Mas y su carrera hacia la independencia catalana en plena Barcelona, ya metido en la campaña electoral del 25N.

El Ejecutivo tiene más que asumido que sus medidas jamás convencerán a los sectores más combativos de la población, salvo que por obra de algún milagro por ahora inimaginable la situación empiece a revertir, la economía a crecer y el paro a descender. Entonces ni siquiera se preocupa por evitar otra huelga general, prestar atención a los múltiples reclamos que llueven desde lugares tan variopintos como el gobierno valenciano o la plataforma de afectados por la hipoteca, o reparar en que las cifras del paro se acercan cada vez más al inquietante 31% que vaticinó el FMI para 2013. Por otra parte, no deja de ser entendible: el campo visual de los que pelean por sobrevivir siempre es muy corto y limita la posibilidad de mirar hacia horizontes más lejanos.

Pero como las urgencias son enemigas acérrimas de la política, es muy probable que esté cometiendo un grave error. Y es aquí donde habrá que hablar de democracia. En principio, porque si la lectura que hace Moncloa de los resultados en Galicia es de éxito arrollador estará validando algo que si bien se sospecha nos cuesta asumir: que a los políticos les importa cada vez menos el pensamiento y la opinión de sus teóricos representados.

Porque por más disfraz de triunfalismo que se quiera utilizar desde el Gobierno, la dura realidad es que en las elecciones gallegas no ganó nadie. El PSOE continuó su irrefrenable descenso; la “izquierda real”, ya sea a través de IU, el BNG o la nueva agrupación de Xosé Manuel Beiras, sigue lejos de constituirse en alternativa de poder; ni UPyD ni Mario Conde ni nadie parecen poseer hoy la fuerza suficiente para ocupar el sitio vacante que dejan los socialistas; y el PP perdió 135.000 votos respecto a la consulta anterior, es decir, que su “rodillo triunfal” es, sencillamente, una mentira bien contada.

Así, el verdadero resultado es que el déficit democrático empieza a ser más profundo y creciente que el déficit del Estado que tanto preocupa a Rajoy. Ahí están los datos. Por un lado, tanto en Galicia como en Euskadi la caída en la participación ha sido significativa (en torno al 7%). Por otro, las peculiaridades del sistema electoral español provocan que gane con aplastante mayoría absoluta –y su consecuente libertad total de acción- un partido al que NO votaron tres de cada cuatro ciudadanos con derecho a emitir su sufragio.

El auténtico análisis de lo ocurrido el domingo pasado debería evaluar las razones que conducen a la gente a una peligrosísima y creciente indiferencia.

Para empezar es justo recalcar que las culpas en este aspecto deben repartirse. Salvo en período electoral, los partidos no hacen prácticamente nada por aumentar el interés y la participación de la gente en política. Pero un porcentaje muy, muy amplio de la ciudadanía tampoco hace nada por informarse, implicarse y actuar en cuestiones que repercuten en su presente y su futuro. Y en ese sentido, es tan responsable de lo que sucede como los representantes a quienes suele maldecir e insultar en cada charla de café.

¿Cuáles son esos motivos? ¿Hastío, descreimiento, desinterés, indignación, falta de referentes, pasotismo, protesta contra el sistema…? Seguramente hay dosis de todos estos factores, pero hay algo que subyace por detrás de todos ellos: la carencia -o como mínimo, la escasez- de educación política.

Sin duda por conveniencia propia, el poder ha despreciado todo acercamiento de la ciudadanía al compromiso y la participación efectiva en el día a día de la cuestión política. La marea verde, nacida al albur de los recortes y despidos en la educación pública, ha servido también para poner en evidencia las décadas de silencio y conformismo con que el universo educativo ha aceptado programas anacrónicos y conservadores desde muchos puntos de vista.

No hay educación suficiente, pero tampoco información. Desaparecidos desde hace mucho tiempo aquellos espacios en televisión para que todas las candidaturas pudieran presentar sus ideas a los votantes, la posibilidad de saber qué alternativas existen más allá de las tres o cuatro que aparecen en los medios queda a expensas de la voluntad y el esfuerzo de cada cual, virtudes que mayoritariamente sucumben ante la pereza que genera la susodicha falta de cultura. El desigual reparto de dinero entre los partidos, que favorece a los grandes porque reciben subvenciones en función de los votos obtenidos en la elección anterior, completa este explosivo cóctel de desinformación general.

La vigente Ley Electoral tampoco ayuda, porque tergiversa la voluntad popular y desanima la participación. Es evidente que necesita una reforma inmediata, tal como viene solicitando el 15M desde el mismo día de su creación. Pero cabe sospechar que ni siquiera esa modificación garantizaría el regreso del interés por lo político. La sensación es que el personal empieza a percatarse de que está asistiendo a una representación, a un drama en el que se ve como espectador sin querer, sin haber comprado entradas ni tenido la intención de participar. Y responde dándole la espalda.

Este alejamiento paulatino del pueblo respecto a la política es casi tan negativo como el hundimiento socialista, pero no por el PSOE en sí mismo, que se lo ha trabajado a pulso. Las épocas de crisis profundas son muy propicias para el surgimiento de fuerzas con dudosos objetivos, que ganan espacio a partir de establecer relaciones más directas con los ciudadanos, ocupar el lugar de un Estado que está missing y alentar los instintos más básicos a través del fomento de los nacionalismos encendidos y, en general, del odio y la no aceptación de aquel que piense, actúe, coma o rece de manera diferente a la mayoría.

Alfredo Pérez Rubalcaba

La existencia de partidos fuertes en esos momentos actúa como dique de contención. No los hay en Grecia, y ahí está Amanecer Dorado, la fuerza filonazi, creciendo de manera exponencial. En España resulta preocupante pensar en quiénes pueden rellenar el enorme agujero de identificación que se está abriendo en el electorado desde el centro hacia la izquierda moderada. La falta de recuperación del PSOE tras el desastre en las elecciones generales de 2011 debería sonar como una alarma y no como una simple oportunidad de seudocrecimiento propio.

Lo cierto es que hay allí un caudal de varios millones de votos que en este momento no saben adónde ir, y que en medio de la confusión y la escasez de perspectivas reinantes pueden desviarse hacia cualquier opción con algo de carisma. No parece necesario, supongo, recordar los nombres de ilustres –y nefastos- dictadores europeos nacidos y crecidos al calor de procesos electorales en principio “democráticos”.

Si a todo esto le sumamos la acumulación de poder que se va gestando en torno a las opacas instituciones de la Unión Europea (el BCE, el MEDE, la supervisión única bancaria), ¿dónde queda el “gobierno del pueblo”? Y lo que es aun más grave, ¿qué tipo de sistema político se está alentando desde las entrañas del poder?

Por todo esto, haría bien el PP en no vanagloriarse por el aparente éxito en Galicia; y Mariano Rajoy en no creer que se ha convertido en un líder carismático de la noche a la mañana.

Salvo que quieran vivir en la complacencia y el autoengaño, que en definitiva eran algunos de los atributos de aquellos dioses y mitos a quienes representaban los actores de la tragedia griega en la lejana Antigüedad.

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