La Entrevista del Lunes: Sebastià Serrano

LA MENTIRA EXISTE PORQUE TIENE VENTAJAS”

El amor, la mentira y la persuasión no son temas menores. Convivimos con ellos, los disfrutamos, los padecemos o los enfrentamos a diario, y tienen incidencia directa en nuestro ánimo, nuestras actitudes y hasta nuestras concepciones vitales. El profesor Sebastià Serrano, doctor y catedrático de Lingüística en la Universidad de Barcelona acaba de presentar un libro que se llama exactamente así: Del amor, la mentira y la persuasión. Cómo alcanzar la excelencia en la comunicación personal (Ed. Destino, 2012), y hemos elegido hablar de las últimas dos partes que lo componen, quizás por una cuestión de actualidad candente, o por esa sensación de que en estos tiempos parece que aquí mintiera todo el mundo.

El profesor Sebastià Serrano

Leo su libro y me sorprendo. Según dice, buena parte de la evolución humana está basada en la mentira, ¿eso significa que la llevamos incorporada a los genes? No tanto la mentira, pero sí la capacidad de disimular, de enmascarar. Una evidencia es que los antropólogos nos dicen que no hay ninguna comunidad en el mundo donde las personas no mientan. Esto es universal. Por otra parte, piense que algunos aspectos relacionados con el enmascaramiento los encontramos en el mundo animal e incluso en el vegetal. Es decir, que está vinculado con la vida, con la defensa personal o individual. El efecto camaleónico se da con mucha frecuencia en animales y plantas.

Pues si el engaño lo traemos “de serie” será que es útil, ¿por qué existe la mentira? Porque tiene ventajas. El pequeño engaño, las mentirijillas, las mentiras piadosas son un buen lubricante para las relaciones humanas, nos ponen en mejor disposición para que la interacción funcione. Y a veces también los grandes engaños.

Pero cuando uno es pequeño le dicen todo el tiempo que mentir es malo. Y es correcto que sea así; es bueno educar en que la mentira es mala. De hecho, en las comunidades que llamamos “primitivas” esto es lo que se enseñaba, porque el mentiroso tenía muy mala prensa, ya que en cierto modo podía hacer que fallase un ritual determinado o una cacería, por ejemplo. Entonces era perseguido y mal visto.

Ya, vale. Pero resulta que después crecemos y nos damos cuenta que la mentira a gran escala es moneda corriente y casi que la aceptamos con naturalidad, ¿no resulta una contradicción? Los niños tienen una dificultad bastante grande para la mentirijilla, para ellos el engaño es la mentira, es decir, falsear de una forma voluntaria la verdad, porque las estructuras relacionadas con el control de las emociones están mucho menos desarrolladas, y todo es más verdadero/falso, sin matices. Estos se van incorporando con el tiempo, igual que la adaptación al contexto. A medida que una persona se hace mayor su personalidad se torna más compleja, y los mecanismos de adaptación al contexto aumentan su eficacia, lo cual estaría relacionado con el crecimiento del cerebro, no desde el punto de vista filogenético (de un grupo de organismos) sino ontogenético, es decir, del propio individuo. Y a partir de ese momento, el mentiroso, el “buen mentiroso”, desde el tramposo al embustero, a veces pasa a ser extraordinariamente valorado.

Corríjame si me equivoco, pero por lo general no aceptamos una mentira a nivel personal, y sin embargo somos más flexibles y casi nadie se rebela  cuando nos mienten los políticos, los banqueros, los medios de comunicación… ¿Cómo maneja el cerebro estos dos parámetros de mentira? El cerebro está adaptado a aquello que me afecta a mí, y en esos casos una parte de sus centros emocionales, muy concretamente la amígdala, se enciende enseguida, mientras que en las situaciones globales no lo haría tan rápidamente. Hay trabajos de neuroimagen que muestran muy bien estas diferencias. En el fondo, son mecanismos de autodefensa. Cuando se trata de una mentira personal de alguna forma soy yo quien me enfrento a un peligro. Se debe entender que buena parte de nuestros programas comunicativos e incluso los programas emocionales están muy relacionados con descubrir actitudes e intenciones en los otros. Así, estamos acostumbrados a reaccionar ante estas intenciones malévolas. En cambio, las más generales, sean del tipo que sean, nos afectan de una forma mucho más gradual.

Sabemos que la oxitocina es un neurotransmisor de sensaciones amorosas, ¿la mentira también depende de sustancias químicas? ¿Hay una química de la mentira? Se está trabajando muchísimo en el tema, pero por lo visto hasta ahora no se puede determinar una química propia. Sí, en cambio, conocemos lo que podríamos llamar “efectos colaterales de la mentira”, es decir, emociones del tipo miedo, estrés, vergüenza, culpabilidad, que se activan durante la mentira. Hay espías que cuentan en sus escritos que cuando pasan los detectores de mentiras sienten mucho miedo y piden consejos para superarlo. El miedo aumenta la secreción de neurotransmisores específicos, como el cortisol y los glucocorticoides, o en menor medida la adrenalina, que sí son detectables.

Esto serviría para descubrir a un mentiroso de manera individual pero, ¿hay alguna capacidad para defenderse de la mentira colectiva? Creo que no. Mi conclusión es que si el mentiroso miente bien es muy difícil de desenmascarar. Lamentablemente, el lenguaje no lleva acoplado un módulo de mentira. Así como cuando escribimos hay un corrector automático, eso no existe respecto a la mentira, en este momento no tenemos un algoritmo, aunque sea mental, que permita detectarla automáticamente.

Es decir, que estamos desarmados ante este tipo de engaño. En muchos casos dependerá de estar muy atentos a la información que circula, pero mucha gente sin la información necesaria probablemente no lo detecte. El lenguaje posee una característica que podríamos denominar disimulación o enmascaramiento, porque igual nos sirve para decir la verdad que para engañar, lo cual es parte de su grandeza. Por eso existen la literatura, la filosofía o la ciencia.

Pensé que me iba a dar alguna receta… Lo siento pero no. Hay unas cuantas tesis doctorales iniciadas, pero nunca acabadas, sobre si en la propia estructura del lenguaje se pudieran detectar las mentiras. Incluso existen trabajos desclasificados del Gobierno de Estados Unidos donde se relatan reuniones en las que se pedía a los lingüistas que estudiaran a ver si se podía detectar mediante la lectura de un texto si lo que se decía era verdadero o falso, ya sea por contradicciones, paradojas o figuras retóricas. Pero las tesis se desecharon.

Buen conversador, como corresponde a un lingüista de pro, el profesor Serrano es, sobre todo, un experto en teoría de la comunicación. En ese ámbito ha obtenido premios como el Anagrama de Ensayo, el Ramón Llull y la Creu de Sant Jordi, en 2003. Nadie más indicado entonces para hablar de persuasión y de diálogo con las masas.

¿Es una idea mía o la publicidad utiliza la mentira por encima de cualquier otra cualidad? La utiliza, y en estos momentos, el único sector más o menos vigilado y regulado es el de la infancia. En los otros ámbitos no hay nada. Pero no es algo nuevo. Esto ya lo podemos ver con la introducción de la retórica en la Antigua Grecia. La retórica es quizás la primera reflexión seria sobre el lenguaje y el hablar en público, y ya la usaban para persuadir. ¿Y qué quiere decir persuadir? De alguna manera, ganar la voluntad de los otros para unas intenciones determinadas, que puede ser que voten a alguien o compren un determinado producto.

Vamos, que los asesores de campañas electorales no han inventado nada. Aquello debió de ser bastante duro, porque gran parte de los escritos de Platón contra la retórica justamente aluden al hecho de que se utilizaba continuamente la mentira. Creo que la frontera entre el uso y el abuso lingüístico es muy difícil de establecer. La publicidad, desde un punto de vista argumentativo, puede no tener ningún fallo, pero a veces utiliza una premisa falsa; y claro, a partir de allí puede concluir cualquier cosa. Pero si la apariencia de la argumentación es perfecta, convence a la gente. Si además sumamos nuestra curiosidad, las cosas que nos interesan, nuestra relación con los objetos, la capacidad que tenemos de fabricarnos ciertas necesidades, pues ya está. Es evidente que nuestros cerebros están preparados para hacer caso a determinadas personas. Porque podría ser sencillamente que al cerebro no le inmutara lo que digan, pero es que nosotros estamos predispuestos.

¿Predispuestos de manera natural? ¿O tiene que ver con los niveles de información o educación de cada individuo? Todo aquello que nos convence, desde que compremos un producto a una ideología, depende mucho de nuestra sensibilidad, de nuestra propia naturaleza. Incluso hoy sabemos que desde un punto de vista genético hay personas más sensibles que otras a un discurso conservador. Con esto hay que tener cuidado, porque la ciencia también es proclive a las modas y convendría hacer una autocrítica o un metaanálisis a estos análisis, pero hay trabajos de neurociencia que describen la existencia de algo así como un “gen conservador”.

Perdóneme, pero me cuesta creer que ser conservador venga en el ADN. Pues se está estudiando. Es notable, pero las personas que reaccionan de manera mucho más relajada a sensaciones como el calor o el frío son más flexibles desde el punto de vista ideológico, más receptivas, y más analíticas respecto a las distintas manifestaciones. Actualmente se está a la búsqueda de estos genes, simplemente a partir de cómo se reciben las sensaciones, que es algo bastante objetivo. La más estudiada es la del ruido: hay gente a quien le molesta muchísimo, y otra que puede trabajar en los bares sin ningún problema.

Vuelvo a la persuasión. ¿Es difícil establecer una frontera con la manipulación? Sí, sin dudas, aunque sean cuestiones muy diferentes. Una cosa es persuadir es a la gente mayor que se vacune contra la gripe y otra la manipulación, que puede ser personal, a partir de la seducción que se da entre personas; o bien más amplia, a través de la publicidad y la ideología.

Y supongo que me dirá que tampoco aquí existen mecanismos de autodefensa. Hay dos cosas. Por un lado, la información. Y por otro, acostumbrarse a hacer un ejercicio de desautomatización. Se trata de desestructurar o deconstruir los mensajes. Normalmente, desde el punto de vista comunicativo nos comportamos de una manera muy automática. Creo que es necesario ver cada parte de un mensaje y estudiar cómo están implicadas entre sí. Claro que habría que enseñar cómo hacerlo. A la larga, pienso que no estaría mal dar un poco menos de matemáticas en las escuelas e incluir en su lugar más aspectos emocionales y hasta una asignatura que hablara de la mentira. Sería la única manera de enseñar a desautomatizar los mensajes que recibimos. Tal vez por ese lado en algún momento se pueda obtener una especie de algoritmo que nos capacite para detectar las mentiras.

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