Verdades y mentiras entre Gaza e Israel

El nuevo episodio bélico entre Israel y los habitantes de la franja de Gaza vuelve a poner en el tapete un conflicto ya viejo y gastado, pero que sin embargo ni todo el mundo conoce ni se suele explicar en todo su contexto. Van aquí algunas de las frases que más se escuchan al respecto, con una breve explicación para cada una.
Y algunas conclusiones finales como remate.

Un niño muere tras un ataque israelí en Gaza

1) “No se puede equiparar Israel con Gaza; uno es una potencia nuclear y el otro usa misiles cuyos daños son muy limitados”.

Mentira.
Sí se pueden equiparar, en el odio y la intolerancia hacia el otro. El poder de fuego es evidentemente desigual, pero para aquel que cae muerto o malherido, para sus familiares y sus seres queridos, el daño es semejante. Hamás, y buena parte de los gobernantes musulmanes siguen sin aceptar la existencia de Israel; y los sucesivos gobiernos de Israel siguen sin aceptar que los pueblos que la rodean puedan vivir en iguales condiciones que las suyas. Sí son comparables, el odio los iguala. ¿O alguien puede asegurar que si las fuerzas estuvieran repartidas al revés, el trato sería diferentes de los palestinos a los israelíes?

Palestinos arrastran el cadáver de un presunto espía en Gaza

2) “Israel comete matanzas indiscriminadas disfrazadas de ataques selectivos, para sembrar el terror y condenar al hambre a los habitantes de la franja de Gaza”.

Verdad.
Ya sea por impericia, imposibilidad o porque es un plan estudiado, cada una de las periódicas incursiones del Ejército israelí en Gaza acaba en un baño de sangre. Además, el bloqueo de los puertos y las limitaciones al tráfico terrestre dificulta enormemente el abastecimiento de los habitantes de la Franja, que se ven privados de necesidades elementales. Pero también es verdad que en todos estos años, la intransigencia de Hamás ha atentado contra el bienestar de su propia gente. La táctica es muy vieja y muy simple: cuanto peor vivamos más odiaremos al opresor y más consolidado será el poder de aquellos cuyo leitmotiv es, precisamente, el odio a ese enemigo.

3) “El error fue crear el Estado de Israel justo allí. A nadie le gusta que le quiten de su casa y lo conviertan en ciudadano de un país donde no nació ni creció”.

Mentira.
En Palestina no había Estado hasta 1948, nunca lo hubo en toda la Historia. De hecho, el “pueblo palestino” no adquiere entidad como tal hasta formarse por el agrupamiento de los desplazados después de esa fecha (muchos de ellos, vale aclarar, desplazados por los propios árabes para prevenirlos del ataque de las fuerzas propias en la primera guerra contra Israel). Con anterioridad, ser “palestino” era una mera descripción geográfica sin connotaciones ni religiosas ni étnicas ni de ninguna clase. La zona, desértica y poco poblada, pasó de imperio en imperio, de los egipcios a los romanos, los bizantinos, los otomanos y los británicos. Sus habitantes árabes se reconocían sirios, o egipcios, o iraquíes, o libaneses, nunca palestinos. Pero en los principios de la Historia, allí estaba el reino de los judíos; allí nacieron, allí progresaron y de allí fueron expulsados, aunque siempre hubo pobladores judíos en la región. ¿Dónde está entonces el error? Disculpando el parangón, es como si a los vascos –que tampoco tuvieron nunca un Estado propio- se les ofreciera crear uno en Uganda, la Patagonia o el interior de la China. Sí, está bien, no hay una diáspora vasca por el mundo, pero el símil parece comprensible más allá de las diferencias.
Y por cierto, siempre se habla de los desplazados palestinos después de la partición del viejo Mandato Británico en dos Estados, pero nunca se menciona a los desplazados judíos, que en un número semejante debieron abandonar sus casas y tierras ubicadas al este de la nueva frontera por haber quedado en “zona hostil”. Estos fueron rápidamente admitidos como ciudadanos de pleno derecho en el nuevo Israel. Por qué los que debieron moverse en sentido contrario nunca recibieron ese trato en ninguno de los estados islámicos de la región, perpetuando el carácter de “refugiados” de los antiguos habitantes del oeste de Palestina, es un hecho por el que las autoridades egipcias, sirias, jordanas o libanesas todavía deben alguna respuesta.

4) “Es inconcebible que un pueblo que sufrió lo que sufrieron los judíos esté haciendo lo mismo con los palestinos”.

Verdad.
Es inconcebible. Y por más que Israel tenga motivos más que suficientes para declarar que no fue el país que comenzó las hostilidades cuando la ONU decretó su creación como Estado, la sola memoria de lo padecido a través de los siglos en Europa y otros rincones del planeta debería revestir a los gobernantes judíos de una humanidad que evidentemente no tienen. ¿Por qué? Porque con el tiempo se han ido convirtiendo en potencia regional; y su guerra, en colonialista. Pretenden el sojuzgamiento del enemigo para dominarlo y controlarlo, y no necesariamente de manera militar. El control de las aguas del Jordán es la mejor demostración de su afán de ser dueños absolutos de los destinos de quienes habiten ese rincón del mundo.

5) “La solución sería que Israel aceptara volver a las fronteras anteriores a la Guerra del 67 (la de los Seis Días), otorgara la independencia plena de Palestina y aceptara el principio de la existencia de dos Estados en la región”.

Ni mentira ni verdad, sencillamente imposible.
La escalada belicista que concluyó en la Guerra de los Seis Días la iniciaron los países árabes (Siria, Jordania, Líbano, Egipto, Irak), no Israel. Pero Israel atacó por sorpresa, ganó la guerra y ocupó los territorios donde ahora se ubican los palestinos (Cisjordania y Gaza), más los Altos del Golán, Jerusalén Oriental y parte del Sinaí (ya devuelto a Egipto). Tendrán que pasar muchas décadas, muchas generaciones y mucha paz y buena convivencia para que algún Gobierno israelí aceptara retroceder a las viejas fronteras del 67. Hoy por hoy eso es imposible. Construir la paz a partir de esta premisa no tiene sentido.
En cuanto al principio de los dos Estados, eso fue lo que determinó la ONU en 1947. Israel lo aceptó. Todos los otros países de la región lo rechazaron. Quizás deberían ser ellos los encargados de dar el primer paso, admitiendo su error inicial, pidiendo disculpas por tantos años de guerras y atentados, y admitiendo la existencia del Estado de Israel (Irán, Hamás y Hezbollah, por ejemplo, no lo admiten) para volver a hablar sobre el tema.
Pero no lo hacen. Y cada año que pasa, con los radicales extremos creciendo en número a uno y otro lado de la frontera, cualquier diálogo será cada vez más dificultoso.

CONCLUSIONES

– Los palestinos merecen tener un Estado propio para crecer y desarrollarse en paz. Pero los israelíes también.
– Mientras una de las partes apueste por la violencia, ya sea a través de misiles, asesinatos selectivos, vejaciones cotidianas, atentados terroristas o matanzas indiscriminadas, la otra responderá con la misma moneda. Y cada una con la contundencia que le permitan sus armas.
– Muchos palestinos de Cisjordania y un enorme número de judíos de Tel Aviv, Haifa e incluso Jerusalén están hartos de las guerras, los servicios militares “eternos”, los gastos bélicos… Pero la guerra también es un negocio, y una manera de conservar el poder político… a ambos lados de la frontera.
– Los radicales de Hamás y Hezbollah alientan la violencia en el sector palestino. Los fanáticos judíos, que cada vez son más, creen que Israel es un Estado “light” en relación al judaísmo que practica. ¿Alguien cree de verdad que por este camino hay alguna solución posible?

 

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