El Editorial del Domingo: Jugando a las estadísticas

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En mis años de estudiante tuve un profesor de estadísticas que en la primera clase se ocupó de desmitificar todo el contenido de la materia que dictaba… o de encajarlo en su justa medida. Dijo que era la más mentirosa de las ciencias, y lo ejemplificó de una manera muy gráfica: “Si yo me como un pollo entero y otra persona ni lo prueba, la estadística dirá que nos hemos comido medio pollo cada uno”.

La primera semana del año dejó algunas estadísticas que dibujaron sonrisas en los pocos personajes del Gobierno que no hicieron mutis por el foro en estos días: la bolsa ganó más de la mitad de lo que perdió en 2012, la prima de riesgo cayó a niveles que no visitaba desde hace meses, y el paro descendió como nunca antes en un mes de diciembre.

Las voces afines al Poder no tardaron en salir a difundir que estas señales –se abstuvieron de llamarlas “brotes verdes”, por supuesto- indican que todo va por buen camino, y que la recuperación prometida por el ministro De Guindos para el tercer trimestre es posible.

La afirmación a estas alturas de los acontecimientos parece temeraria, y la experiencia vivida desde 2008 aconseja ser muy cautos con estos mínimos rebotes de números positivos en medio del marasmo económico en el que nos movemos. Ya los hemos experimentado antes, y las caídas posteriores fueron incluso más duras. Además, y aunque no hay datos concretos todavía, también se supo que muchas autonomías incumplirán los topes de déficit marcados, lo que podría mandar al traste –y lo hará- la mayor preocupación del primer año de Rajoy en la Moncloa: presentar unos números intachables a los popes de la UE.

Pero ya que estamos en Reyes, vamos a jugar a que es verdad, a que el Gobierno tiene razón, que las sucesivas reformas de todo tipo y los ajustes a mansalva empiezan a dar resultado –el que ellos esperan- y que la recuperación se vislumbra en el horizonte. Porque a partir de allí se abren nuevos interrogantes, poco y nada tranquilizadores.

Los medios de comunicación, en general, se ocupan de repetir machaconamente las consignas que emanan de los servicios de prensa de gobiernos, partidos, patronales, sindicatos, empresas… Y todos ellos ponen el acento en las grandes cifras, en la macroeconomía, que es la que suele indicar que todos nos comemos medio pollo cuando la realidad –la que marca la microeconomía, la del bolsillo de cada casa– tiende a ser muy diferente.

Es ahí donde está el quid de la cuestión. No hay dudas de que en algún momento, ahora, el año que viene o en el 2018 habrá un freno en la caída, y también una recuperación. Pero las experiencias en otros lugares del mundo enseñan dos cosas: 1) que el punto máximo de ascenso nunca alcanza, ni de cerca, el prexistente antes de comenzar el derrumbe; y 2) que las distancias entre macro y microeconomía se amplían de manera creciente e insalvable.

Dicho de otra manera. 1) No existe ni la más mínima posibilidad de que la recuperación, cuando llegue, nos devuelva al punto de partida de hace 4-5 años. 2) El día que esto ocurra lo hará montado sobre el empobrecimiento de amplias capas de la sociedad. Para saber que será así no hace falta mirar a países de continentes históricamente afectados por una mala distribución de sus riquezas. Basta con observar a Alemania.

Angela Merkel

Angela Merkel

La economía más potente de Europa cerró 2012 con el menor índice de desocupación de su historia. Como estadística es fantástica. Pero no cuenta que para alcanzarla, los alemanes llevan más de un lustro renunciando a buena parte de sus derechos laborales. Los magníficos números de Angela Merkel ocultan la devaluación interna producida a base de recortes, depreciación de salarios, imposición de minijobs, aumento de impuestos y demás medidas que lograron disimular la crisis, pero que derivan en un diagnóstico muy preciso: mientras que las grandes empresas alemanas, y sobre todo sus directivos, han logrado mantener sus posiciones de privilegio en el mercado y sus altos niveles de ingreso, los germanos, en su amplia mayoría, viven hoy peor que hace diez años.

Podrá decirse que esto no ha provocado grandes alteraciones en aquel país, y es verdad. Porque el descenso fue relativamente gradual, por una cuestión cultural, y porque el estatus medio de vida al que habían llegado los germanos era lo suficientemente alto como para brindar un amplio colchón para amortiguar los efectos de la caída.

Esto no pasa en los países del Sur de Europa. Ni Grecia, ni Portugal, ni España, ni amplias zonas de Italia (tampoco Irlanda, aunque no sea del Sur) alcanzaron ese famoso Estado del Bienestar del que gozaron en el Norte durante décadas. La crisis los tomó en plena subida, con la retaguardia poco protegida y un despilfarro irracional, propio de un nuevo rico. Por eso el cataclismo se siente de una manera más brutal, los recortes son más duros y el futuro pinta peor.

Porque no nos engañemos, será peor. Todo el andamiaje legal apunta hacia el mismo lado. Y el ejemplo del descenso del paro en diciembre es muy sintomático al respecto. La campaña de Navidad aumentó la contratación porque era necesario engordar plantillas bajo mínimos, pero nada dice sobre extensión de esos nuevos contratos ni sobre condiciones ni salarios. Pero es fácil imaginarlo: todo es peor que antes. Y es lo que nos espera a largo plazo.

Cuando acaben las reformas, el Estado alcance un nivel insignificante, los servicios públicos sean definitivamente privados, y los derechos sociales y laborales brillen por su ausencia, la bolsa consolidará su subida, la prima de riesgo se estabilizará y las empresas volverán a contratar. Es decir, los números macro por fin mejorarán. Puede ser en esta Legislatura o en alguna de las siguientes, pero tarde o temprano ocurrirá.

Claro que para entonces todas las familias españolas –salvo las privilegiadas de siempre- serán mucho más pobres y sus derechos habrán quedado muy por debajo de deberes y obligaciones. Porque ese es el objetivo final, el que busca esta política repetida antes o después y con sus variables locales en cada rincón del planeta. Pero ese es un problema de la microeconomía, y esta no gobierna el mundo.

Y si fuese necesario, siempre estarán a mano las estadísticas para afirmar que nos hemos comido medio pollo cada uno.

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