La metáfora de las ratas

Desde hace diez días no puedo atender el blog con la dedicación y la constancia habituales. No es por vagancia ni por exceso de trabajo. Mis ganas de escribir y contar cosas se mantienen intactos.

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La causa son las ratas. Parece que estos simpáticos roedores han colonizado (también) mi barrio madrileño y padecen asimismo los efectos de la crisis. Tanto, que en lugar de comida tienen que conformarse con ingerir cables. En este caso, la fibra óptica de mi conexión a internet, lo cual me genera enormes problemas para, entre otras cosas, subir artículos al blog.

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Movistar, responsable del servicio, envía técnicos que en realidad trabajan para empresas subcontratadas. Y estos, si bien arreglan el desperfecto, no cubren los cables con nada que los proteja del hambre y los dientes de unos roedores que, además, parecen inmunes a trampas y venenos.

El incidente, hasta cierto punto menor más allá de los perjuicios que me ocasiona, no deja de ser metafórico. Esta es la España que despide 2012: un lugar donde el ciudadano se encuentra indefenso, invadido y dominado por ratas dispuestas a devorar a su paso todo lo que encuentran, y contra las que no parece haber antídoto disponible.

Salvo que entre tod@s surja una alianza para hacerlas salir de sus cloacas…

El lado oscuro (y perverso) de la filantropía

De cómo las grandes corporaciones monitorean el supuesto “cambio social”

– La Fundación Ashoka, una “secta” de Emprendedores financiados por los emporios de la economía mundial

– Sus peligrosas relaciones con empresarios condenados y asesores de políticos corruptos
– La rama española y el paraguas del Premio Príncipe de Asturias

Ignoro si se trata de un síntoma de vejez prematura, pero cada día que pasa siento con más intensidad que no tengo edad para que me tomen el pelo. Quizás por eso, últimamente estoy más atento a los hallazgos sobre engaños de toda índole. Y en ese contexto, pocas cosas me provocan mayor crispación que las trampas ocultas detrás de las ONGs o semejantes.

Hace unos días publiqué un post donde hablaba de Transparencia Internacional, en relación con el escándalo de corrupción en el Ayuntamiento de Sabadell. Hoy, le toca a Ashoka, fundación filantrópica norteamericana con presencia en unos 70 países, que actúa en España desde 2005, y que en 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.

Bill Drayton recibe el Premio Príncipe de Asturias 2011

Bill Drayton recibe el Premio Príncipe de Asturias 2011

Ecologistas en Acción fue la primera organización en encender las alarmas sobre esta magnánima institución, allá por abril de este año. Y en la página Filantropófagos efectúan un fantástico, recomendable, pormenorizado y extenso estudio sobre su funcionamiento. Lo que sigue es un mero resumen de este ejemplar trabajo.

Como siempre ocurre en estos casos, el lema de Ashoka es atractivo: “Todos podemos cambiar el mundo”, es el eslogan de la institución fundada por Bill Drayton, un neoyorquino que hace algunos años fue considerado uno de los 25 líderes más importantes de los Estados Unidos. Para lograr tan loable fin, la fundación selecciona, apoya, financia y estimula el trabajo de lo que llama Emprendedores Sociales. Esto es, gente que tras superar un riguroso proceso de filtro ha demostrado condiciones suficientes para liderar un proyecto determinado. ¿En qué campos? En todos. Y cuando digo todos es todos, desde la prevención contra el abuso infantil hasta el otorgamiento de microcréditos; pasando por la producción de biomasa, la banca ética o la recuperación de semillas locales.

Ashoka cuenta con una red interconectada de unos 3.000 Emprendedores de este tipo, de los cuales 24 trabajan en España. A cada uno de ellos les paga un muy buen sueldo anual y controla cuidadosamente que cumplan aquello que prometieron: causar impacto social y promover cambios. Pero no se queda solo en esto. ashoka spain_colorTambién cuenta con un número incluso más amplio de Changemakers, un eslabón inferior en la cadena, que también cobran sus generosas mensualidades (si uno es filántropo debe ejercer de tal, ¿no?), pero solo trabajan en sectores estratégicos de la economía. Y un tercer peldaño ocupado por otros 3.000 Ashoka Jóvenes Changemakers, algo así como la cantera, quienes asimismo cobran sus dineritos, pero menos.

Quienes hayan llegado hasta aquí se preguntarán, ¿y dónde está el problema? Hay varios. La primera cuestión es: ¿de dónde sale tanto dinero? La lista de financiadores de Ashoka es larga y solo pondré diez nombres: Goldman Sachs, Banca JP Morgan, Departamento de Estado de EEUU, Unión de Bancos Suizos, BBVA, Exxon Mobile, Fundaciones Botín, Coca-cola, Rockefeller, Gates… A ellos pueden sumarle todas las grandes corporaciones que dominan la economía global. En España, sin ir más lejos, todos los máximos dirigentes de Ashoka ocuparon antes altos cargos en grandes empresas: JP Morgan, eBay, Ray-Ban, General Electric, McKinsey…

Hay dos perlitas interesantes al respecto. Una es la estrecha relación de Ashoka con la Fundación AVINA, cuyo mecenas, el suizo Stephan Schmiedheyni, dueño de la fábrica de amianto Eternit, fue condenado a 16 años de cárcel en Turín por “desastre ambiental doloso permanente” en el área del Piamonte italiano donde se levanta su empresa. La otra, la introducción en el África subsahariana, en colaboración con Monsanto, de semillas transgénicas dentro del programa AGRA, Alianza para la Revolución Verde, en el que participan la FAO y las fundaciones Gates y Rockefeller.

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Hernando de Soto y Alberto Fujimori

Esperen. No se vayan. Hay más. En el funcionamiento de Ashoka existe una Academia Global, que se ocupa de asesorar a los Emprendedores Sociales. ¿Quiénes son los profesores? Por ejemplo, el peruano Hernando de Soto, asesor personal de Alberto Fujimori cuando este presidió el Perú. O Peter Eigen, el fundador de Transparencia Internacional (TI), entidad que otorgó la máxima calificación posible a Sabadell hace apenas dos años. TI lucha contra la corrupción, y no deja de resultar contradictorio que el propio Eigen administre un paraíso fiscal en Islas Vírgenes. Pero bueno, tampoco es cuestión de fijarse en esas minucias.

Para ir terminando, van un par de frases de algunos de estos dirigentes de Ashoka. Bill Drayton dijo sin ambages: “La colaboración entre las empresas y los Emprendedores Sociales puede crear y ampliar los mercados a una escala no vista desde la Revolución Industrial. Estos mercados alcanzarían a todos, pero especialmente a los 4.000 millones de personas que todavía no forman parte de la economía formal del mundo”. María Zapata, responsable de Ashoka en España, sostuvo en la revista Quo que: “Los Emprendedores Sociales trabajan con las poblaciones que viven con menos de dos dólares al día, y su labor es acercar a las multinacionales hasta ellas, mientras salvaguardan los intereses de éstas…”. Y en varias ocasiones, sus dirigentes han hecho hincapié en la flexibilidad y pragmatismo de sus Emprendedores Sociales para salvar obstáculos y llevar adelante los proyectos.

En conclusión: ¿qué hace Ashoka? Muy simple, disfraza a los peregrinos de las grandes corporaciones de “corderos” e infiltra con líderes propios las organizaciones sociales que puedan estar surgiendo en las bases de la sociedad para guiarlas por el camino que marcan sus mecenas. Su receta para “cambiar el mundo” no es otra que perpetuarlo, activando mecanismos que permitan extender el mercado -que no sus beneficios- hasta las capas más bajas de las sociedades. En otras palabras, busca nuevos consumidores para las grandes empresas.

Y mientras tanto, recoge premios, como el Príncipe de Asturias 2011. Ese año, por cierto, presidió el jurado Antonio Garrigues Walker, presidente de Transparencia Internacional en España. Las casualidades no existen…

La Entrevista: Daniel Kaplún Hirsz (sociólogo)

“Por ahora, la exigencia social es nostálgica. Queremos que nos devuelvan lo que nos han quitado. Cuesta aceptar que la vuelta atrás es imposible”

– Una charla sobre las nuevas organizaciones sociales que van surgiendo.
– Los parecidos y diferencias entre la España actual y la América Latina de los 70.
– ¿Puede surgir un Amanecer Dorado en nuestro país?

Daniel Kaplún Hirsz, en su despacho madrileño

Las canas de Daniel Kaplún Hirsz concentran mucha vida. Nacido en Uruguay, donde se graduó como Sociólogo en 1974, conoció en su país el difícil período de luchas y represiones en la convulsa década del 70, cuyo final le vio desembarcar en España. Y aquí lleva desde el 79, estudiando nuestra sociedad desde ángulos muy diversos. Porque es profesor de Técnicas de Investigación Social en la Universidad Carlos III de Madrid, pero también investigador en Tecnologías de la Información y Comunicación, y en las diferentes empresas por las que pasó ha realizado numerosas encuestas y estudios electorales o de opinión pública. Una charla con él necesariamente abarca muchos temas y se prolonga en el tiempo.

Por eso, esta entrevista constará de dos partes, igual de interesantes, pero sobre temas diferentes. Y es que Daniel Kaplún tiene mucho que decir.

Voy a empezar por algo fácil. Dígame por favor qué va a pasar en este país. Ja, ja. No tengo la bola de cristal. Yo miro cosas, aplico un marco teórico sociológico que permite abstraerse de lo cotidiano; y por otro lado, intento aplicar mi propia experiencia histórica. Soy uruguayo y a mí esta situación me recuerda mucho la de Uruguay a finales de los 60, cuando pasó de ser “la Suiza de América”, el país más igualitario de la región, a venirse todo abajo de repente, porque se fue gestando una agudización de las contradicciones que estalló a finales de esos 60 y básicamente en los 70.

¿Y cómo acabó aquello? En una represión brutal.

¡Glup! Muy bien no empezamos… ¿Pero usted cree que los movimientos sociales en España y el sur de Europa se parecen a los de América Latina de los 70? Es más, ¿cree que mantienen una relación adecuada con lo que está pasando? En España, y también en Italia, vamos con cierto retraso con respecto a Grecia, tendría que haber mucha más conflictividad social de la que está habiendo. Sin embargo, creo que la aceleración de esta conflictividad está siendo exponencial desde mediados del año pasado. Probablemente acabaremos por ponernos al ritmo de la paliza que la población está recibiendo.

¿Y a qué se debe ese retraso? Normalmente, los movimientos sociales tienden a reaccionar de esta manera, sobre todo cuando lo hacen ante una pérdida. Una cosa es: tú no tienes nada y de repente aparece un movimiento reivindicativo. Y otra cosa es: tú tenías, te lo están quitando y primero tratas de defenderte a ti mismo, de salvar tu culo. Pasado el tiempo, cuando te das cuenta que no puedes salvarte solo, entonces empiezan los movimientos organizativos. Estamos en esa etapa. Hay un número creciente de individuos que perciben que tienen que organizarse o acudir a organizaciones que ya existen. Y entre ellas hay algunas que están marcando un camino y otras que van a rastras.

¿Cuáles van a rastras? Los sindicatos mayoritarios. En principio, como la gente, intentaron salvarse en función de su posición institucional. Pero como ven que no pueden, porque la marea de la derecha los sobrepasa por un lado; y la popular, por la izquierda, no van a tener más remedio que cambiar su posición.

¿Y quiénes los están pasando por izquierda? Las organizaciones formadas por gente directamente afectada por la crisis. El ejemplo más paradigmático quizás sea la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), un fenómeno que empieza  a ser investigado en las universidades; de hecho, en la Carlos III ya existe un grupo de estudio. Es gente que se organizó para enfrentar un problema muy concreto como los desahucios, y para hacerlo directamente de afectado a afectador. Pienso que detrás de eso van a empezar a surgir estructuras similares. De hecho, ya las hay, pero no con tanta fuerza.

Es decir, que la manera de asociarse está en pleno proceso de cambio. Aquí hay dos vías de salida para la clase media depauperada, que es la nueva clase emergente, la que sufre el empobrecimiento sobrevenido, gente acostumbrada cultural, social y educativamente a no tener problemas o incluso a vivir muy bien hasta hace poco tiempo, y que de pronto se viene abajo y no encuentra salida. Su primera reacción es la ocultación, debido a la vergüenza. Pero cuando se dan cuenta que eso no lleva a ningún lado se deprimen, pierden la autoestima, ven que la búsqueda de una recolocación  es imposible… Ahí el primer refugio es la familia, que echa un cable pero tiene posibilidades limitadas, y entonces se empieza recurrir a entornos más amplios. Es ahí donde surgen las organizaciones solidarias. Y lo que todavía no se ha dado, pero al final ocurrirá, es la convergencia de ambos canales, el solidario y el reivindicativo como la PAH.

¿Así de simple? No es tan simple. Todo suele comenzar de manera muy anárquica, en la que se produce una ayuda mutua, se comparten los problemas, nos damos cuenta de que nuestros dramas son colectivos; y que las responsabilidades son de otras personas. Primero llega la solidaridad, y después las reivindicaciones, pero ambas terminarán confluyendo, porque una cosa sin la otra no funciona. La solidaridad sola no vale porque los recursos son cada vez más limitados y hay poco que dar y es insuficiente para recibir. Entonces es el momento de las organizaciones reivindicativas, que se plantean la solidaridad pero además se plantean exigir.

En la calle ya se escucha el planteamiento de numerosas reivindicaciones… Sí, pero el problema es que muchas veces es una exigencia nostálgica. Queremos que nos devuelvan, volver atrás, cuesta aceptar que esa vuelta atrás es imposible. Cuando ocurra empezará la reivindicación de una nueva estructura social. Si se mira el caso griego, Syriza, el partido de izquierdas, todavía oscila entre las dos cosas. No se atreve a plantear que el sistema está agotado ni la ruptura con la Unión Europea, pero cada vez encuentra más dificultades para encontrar un punto de equilibrio entre esas dos tensiones. Y se irá inclinando hacia la ruptura del sistema. Quien piense que de esta salimos con una vuelta atrás está pirado. De esta salimos cambiados. ¿Cómo de cambiados? No lo sé, y en qué sentido tampoco. Hablo de este país y de media Europa.

Ya que ha mencionado a Grecia. La realidad allí es que, en la práctica, los movimientos sociales no han conseguido frenar ni el empobrecimiento del país ni cambiar la distribución de la riqueza. Lo único que parece crecer es Amanecer Dorado, el partido neonazi. Syriza también crece, y es una muestra de que nos vamos hacia los dos extremos. Justamente porque no consiguen volver a suavizar el sistema, tarde o temprano se verán enfrentados a él. Muchos pensamos que no hay ninguna posibilidad de volver a un capitalismo con rostro humano y demás historias socialdemócratas. Me puedo equivocar, porque también en los años 30 parecía lo mismo y apareció Keynes, pero no veo ahora en el horizonte ningún Keynes capaz de salvarle la cara al sistema.

¿Esa deriva hacia los extremos se puede esperar también en España?Aquí, de momento, no se vislumbra una formación tipo Amanecer Dorado.

Militantes de Amanecer Dorado, el partido neonazi griego

Pero cuidado, que tampoco se vislumbraba en Grecia hasta que comenzó a crecer aceleradamente sobre la base de quitarle militancia y electorado a Nueva Democracia [el equivalente al PP en ese país], y quizás también al PASOK [Partido Socialista], es decir que estaban anidando dentro y en un momento cuajaron. Aquí, por ahora, organizativamente se ve una radicalización de la derecha, sobre todo yendo a una agudización de las desigualdades; pero no la aparición de una ultraderecha. Históricamente, la situación es parecida a la Europa de los años 30, y ahí la solución radical salió por la derecha. Ese peligro existe, aunque en España lo veo diluido.

¿Y la vía de escape por la izquierda? La izquierda vive un momento de gran dispersión y desconcierto. Todavía no ha aparecido un referente claro capaz de aglutinar en torno a sí una postura antisistémica y alternativa. El PSOE no para de perder fuerzas, pero todavía tiene mucha. Y mientras eso no se destroce, algo que será inevitable, hará imposible que la izquierda encuentre su camino. El proceso es muy parecido al griego, donde el PASOK, de ser la mayoría, pasó a casi no entrar en el Parlamento. Aquí puede pasar, pero falta bastante.

Pues no nos deja muchas alternativas, sinceramente. En España empiezan a haber cada vez más organizaciones que plantean una lucha por fuera de las instituciones, al margen de ellas. Lo del asalto de los supermercados en verano fue como una “vanguardia”, una acción perfectamente planificada que buscaba generar un efecto comunicativo. La cosa cambiará de color cuando, igual que se juntan para evitar un desalojo, se junten 200 hambrientos y cojan la comida. Eso va a pasar. Todavía estamos en barbecho. Lo que ya está ocurriendo, y es el fenómeno menos estudiado, es que detrás de eso empieza a haber un movimiento de legitimación de ese tipo de sucesos. No hay nadie en su sano juicio que en este país cuestione la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Tan nadie que hasta el Gobierno no tuvo más remedio que inventarse una medida de maquillaje, porque el fenómeno ha podido con ellos. Pues lo mismo va a pasar con otras cosas, con las plataformas por la Sanidad o la Educación públicas, por ejemplo. Todo está surgiendo fuera de los canales institucionales, lo cual no significa que no quieran apropiárselos, porque no pueden quedarse afuera.

Aun así, las huelgas o las manifestaciones solo son exitosas y posibles cuando las convocan los sindicatos mayoritarios, ¿no es contradictorio? Sigue habiendo un millón de afiliados, y una estructura organizativa y una potencia que no tiene nadie más. Todo el resto es pequeñito y disperso, está discutiendo cómo organizarse, a nivel micro y centrándose en un problema o un sitio concreto. La vertebración de eso queda a años luz, y probablemente, si los sindicatos la frenan, no será posible. Los sindicatos se suman a la marea, pero ponen una capacidad de mover gente que nadie tiene. Me acuerdo la huelga de diciembre del 88 y veo las de ahora; veo la situación que había en el 88 en comparación con la gravedad de la situación actual, y es que no casa una cosa con otra. La pregunta es por qué, y creo que hay dos motivos: uno, que los sindicatos han perdido mucha legitimidad en todo este tiempo; y dos, que la gente está muy asustada. El riesgo que implica adherirse a una huelga general ahora mismo es muchísimo mayor al que existía en el año 88.

Ese 14D sí que se paró el país. Sí, pero nos lo tomamos casi como un día feriado, mirábamos el espectáculo. Estas huelgas ya no son festivas, y les crea un problema de conciencia a la gente, entre el riesgo que asumen y la necesidad que sienten de mostrar adhesión a las reivindicaciones que se plantean.

Pero es de suponer que el sistema intentará defenderse y sostener lo que quede en pie hasta las últimas consecuencias, ¿no? Por supuesto, y es lo que me hace pensar que la vuelta atrás es imposible, y que iremos hacia una profundización de las desigualdades de tal nivel que esto va a reventar, e iremos a enfrentamientos cada vez más duros con niveles de represión cada vez más duros. En el Uruguay de los 70 la situación de fuerza social estaba pareja, y lo que inclinó la balanza fue la capacidad de coacción física. Aquí estamos en un momento parecido.

Represión durante la dictadura de Uruguay en los años 70

Pero usted plantea una ecuación en la que el poder militar está en manos solo de una parte. Exacto. Es verdad que también con esas situaciones alguna vez en la Historia se han producido revoluciones, pero para eso haría falta una fractura dentro de los cuerpos de seguridad del Estado. Y además, la coyuntura es muy distinta. Acabar en una dictadura ahora es muy diferente a la América Latina de los 70, cuando estaba legitimado internacionalmente. Ahora costaría mucho más.

¿Cómo evalúa la idea que tanto se pregona de centralizar cada vez más las decisiones en organismos europeos alejados del mandato popular? No es una dictadura formal, ¿pero le suena parecido? Sí, sí, claro. Aunque ese aparato no sirve para la represión. Vale para dictaminar políticas, pero son organismos etéreos que no están en la calle, que es donde está la represión. Ahora bien, cuando se enfrenten a una realidad que los cuestiona, que los pone en la picota, veremos cómo reaccionan. O cuentan con los cuerpos físicos de un montón de individuos que tienen que acatar esas órdenes o no pueden hacer nada, se quedarán aislados. Esto es ir mucho más allá. En Grecia la represión es física y es dura, pero vamos a ver cuánto aguanta en ese nivel un policía que también tiene que comer.

¿Podemos desembocar en algún momento en sociedades orwellianas o tipo Matrix? ¿Los supraorganismos van en ese sentido? Es una posibilidad. Me preocupa mucho el tema de la expansión de las telecomunicaciones, de las redes sociales. Todos estamos metidos en eso, y de momento nos están funcionando como un instrumento multiplicador que el Poder, aparentemente, no controla. ¿Pero de verdad no lo controla? En las dictaduras del Cono Sur americano había vigilancia de cada cosa que hacían en cada minuto determinadas personas. Aquí se está funcionando en abierto, todo es público, bajo el supuesto de que no hay capacidad de controlar el maremágnum de comunicación que fluye por las redes. No estoy nada seguro de eso. No sabemos cuánto se está controlando. Al final todo circula por Facebook, Google, Twitter… por un servidor que vomita lo que le llega, ¿pero cuánto se queda el servidor? Sabemos que guarda mucha información estadística pero, ¿y a nivel individual? Lo cierto es que si en un momento dado se empieza a generar un movimiento represivo, el Poder tendrá una tremenda capacidad selectiva para cortar cabezas y liquidar la capacidad de liderazgo. Y sin líderes se acaba la organización, que fue lo que pasó en el Uruguay de los 70.