La vida según la CIA

Esperanza de vida

El mapa no es nuevo, ya que fue dado a conocer a finales de noviembre pasado. Ni tampoco demasiado diferente a una situación crónica que se mantiene relativamente estable desde hace varios años. Pero no deja de ser una oportunidad para contemplar con un solo golpe de vista las enormes diferencias de desarrollo entre distintas áreas del planeta.

Hablamos de la expectativa de vida al nacer en cada país, según los datos de 2012 que publicó la CIA. Lo que se aprecia lo corrobora el listado ofrecido a continuación, y lleva a una reflexión: de acuerdo a los estudios antropológicos, el ser humano tiene una vida media “natural” en torno a los 40-45 años. Todo lo que sea prolongarla guarda relación con los avances tecnológicos y científicos que se fueron logrando, y por supuesto, con las posibilidades económicas de disfrutarlos. Nos referimos a cuestiones de salud y medicinas, pero también de confort, agua potable, calefacción, protección ante fenómenos climatológicos y catástrofes, etc.

País por paísVolvamos a mirar ahora la zona central del África subsahariana y repasemos las cifras. Las distancias respecto a los países del Norte desarrollado es abismal, más de 30 años en algunos casos. Pero la diferencia respecto a aquella vida media marcada en los genes resulta casi insignificante en los países que ocupan los últimos lugares de la tabla.

Que después de todo el camino recorrido desde los comienzos de la civilización haya regiones enteras del mundo donde la vida se mantenga casi como al principio de los tiempos es, tal vez, la principal vergüenza a la que debemos enfrentarnos como especie dominante de este maltratado planeta.

La CIA, que se sepa, no ha emitido opinión ni admitido responsabilidad al respecto.

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La Entrevista del Lunes: Jordi Serrallonga

“La miseria de un pueblo es pasar a vivir de otra manera diferente a como vivía sin haberlo escogido”

Hay personas para las cuales el mundo no es un pañuelo; personas que decidieron convertir su vida en la galera de un mago y cada día extraer de ella un asombro, un sueño, una curiosidad, un desafío. Jordi Serrallonga pertenece a ese selecto grupo. Desde pequeño, en su Barcelona natal, se vio en África buscando los orígenes de la humanidad; o en las Galápagos, siguiendo la huella de Darwin, y no paró hasta lograrlo. Profesor de Prehistoria, Etnoarqueología y Evolución Humana; Director de HOMINID, Grupo de Orígenes Humanos del Parque Científico de Barcelona; investigador de primates, pero sobre todo, viajero incansable, Serrallonga se propuso recuperar el lado romántico del turismo y se convirtió, además, en Guía de Expediciones, un escenario perfecto desde el cual divisar las sendas por las que marcha la humanidad.

Jordi Serrallonga, en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid

¿Hemos evolucionado en algo los humanos desde que bajamos de los árboles? Cualquier cosa que ocurra con nuestra especie es evolución, tanto biológica como cultural. Tendemos a separar ambas cosas, pero si no tuviésemos grandes cerebros, grandes capacidades cognitivas, no tendríamos la cultura que nos caracteriza. Evolucionamos, lo seguimos haciendo, pero al mismo tiempo que el resto de las especies, y algunas de ellas se quedan en el camino, porque dentro de la evolución existe también la extinción. Y nosotros mismos podemos estar recorriendo esa senda.

Al hablar de evolución uno imagina avance, camino hacia adelante, y a veces parece que, salvo en lo tecnológico, ese avance sea dudoso. Evolución no se debe confundir con progreso. Evolucionar es cambiar, será la naturaleza quien nos dirá si eso es a positivo o a negativo.

Cambio la pregunta entonces, ¿hemos progresado desde que bajamos de los árboles? Simplemente, nos hemos ido adaptando a las distintas circunstancias del medio. Cuando cambió el clima hace 10.000 años y, por ejemplo, se desecó el Gran Sáhara, nos encontramos con que aquello que cazaban y cultivaban los cazadores-recolectores empezó a escasear. Si como especie no nos hubiésemos convertido en productores hubiésemos desaparecido. En ese momento se produjo una evolución en función de lo que estaba ocurriendo, como respuesta al medio. La humanidad no va a mejor, va en función de lo que necesita en cada momento.

No suena especialmente alentador. Es una cuestión de concepto. Nosotros no sabríamos vivir sin tener vacunas o medicamentos, y pensamos que otras sociedades que no lo tienen están subdesarrolladas o son primitivas, pero no es así, están viviendo en equilibrio con su medio. A un cazador-recolector le iría muy mal vivir hasta los 90 años.

Pero no me negará que al viajero occidental le suele resultar chocante la realidad social en ciertas regiones del mundo. La miseria de un pueblo es pasar a vivir de otra manera diferente a como vivía sin haberlo escogido. He escuchado comentarios de turistas que vuelven de un país africano diciendo: “Qué miseria, no estaban asfaltadas las calles, había cabras enfrente de las casas y los niños hacían los juguetes con latas”. Tenemos muy poca memoria histórica. Yo nací en una zona de Barcelona donde la calle no estaba asfaltada y nosotros nos hacíamos los juguetes, y nunca tuve la sensación de estar en la miseria. Y tampoco esos niños la tendrán mientras tengan a sus padres y comida suficiente. Un hadzabe o un maasai de Tanzania no está en la miseria porque vive como quiere vivir.

¿Y todavía hay pueblos en condiciones de elegir? Cada vez son menos los que pueden vencer la presión de la aculturación por medio de otros pueblos que tienen ganado, agricultura extensiva, fábricas… Sólo lo logran los muy numerosos o los muy orgullosos.

A largo plazo, ¿la divulgación les hace un favor a todos esos pueblos aislados? Hay pros y contras, pero yo me decanto por los pro, aun sabiendo que no es políticamente correcto. Quedaría muy bien que como científico dijese que tenemos que investigar a esos pueblos, hacer un inventario y dejar todo como está. Pero yo creo que la divulgación es positiva. Si no decimos en qué situación se encuentran, lo más fácil es que acaben extinguiéndose simplemente porque el mundo desconoce que allí hay una cultura que debe ser preservada.

Justamente, para dar a conocer algo de lo mucho aprendido en sus periplos por el planeta, Jordi Serrallonga escribe. En Regreso a Galápagos. Mi viaje con Darwin, Los guardianes del lago. Diario de un arqueólogo en la tierra de los maasai o en Viajes y viajeros desgrana sus pensamientos y experiencias acerca de la ciencia, la evolución, el progreso y, por supuesto, el mundo de los viajes.

¿Qué papel juega el turismo en este proceso de aculturación? La palabra turismo no es peyorativa siempre que apostemos por la calidad. El turismo es la democratización de los viajes que antes sólo hacían los privilegiados, pero democratización no puede ser igual que masificación, esto sí es un problema.

Pero a veces parece que muchas “tribus primitivas” viven disfrazadas de sí mismas para satisfacer al mercado. Hay comunidades maasai donde todos se disfrazan para esperarte y saltar al mismo tiempo. Pero también hay otras donde uno entra 800 veces y ellos siguen con sus actividades cotidianas. Gracias a un proyecto de la Universidad de Barcelona que dirige Alejandro Pérez Pérez estuvimos conviviendo con los hadzabe de Tanzania, salimos de caza con ellos, y le aseguro que para convencerse de la autenticidad de sus conductas basta con ver la cara de alegría que se les pone cuando, por ejemplo, encuentran una fuente de miel en una planta. Es impresionante. Y cualquiera se da cuenta que no están actuando, que esa es su vida.

¿A sus expedicionarios les lleva a ver este tipo de cosas? Yo intento que la gente que viaja conmigo se sienta parte de una expedición como las de antes. Me sublevo ante la idea de que haya desaparecido la sensación que podíamos ver en Memorias de África o que se vivía en un viaje de aventuras arqueológicas, o la que tuvo Howard Carter cuando metía la vela en la tumba de Tutankhamon y Lord Carnarvon le preguntaba “¿qué ve allí?”.

Es decir que el Serengeti no entra en su plan de viaje. Sí que entra. El Serengeti o el Ngorongoro los conoce todo el mundo, pero incluso dentro de esos parques hay rincones que la empresa o el guía de turno no incluyen en su programa porque quizás no encuentren al rinoceronte o al león, pero donde podrían encontrar otras cosas fantásticas. Por ejemplo, hace unos años los maasai me descubrieron un santuario sagrado donde pintan, se reúnen para comer o sacrificar una vaca. Cuando tú llevas a tu grupo allí y le dices que el santuario era desconocido hasta hace pocos años, que lo estamos estudiando, que estamos reconstruyendo las historias ocurridas allí dentro, les haces sentir unos privilegiados.

Usted es guía de expediciones, ¿qué diferencia hay con un guía normal? Mi truco está en llevar a la gente a países que conozco muy bien. Y una vez allí intento recordar aquellos lugares que me produjeron una sonrisa o me hicieron cambiar: la primera vez que vi el lago Natron, o que me crucé con un maasai por la carretera. No soy un guía de dar charlas de tres horas bajo el sol contando cuánto pesa un elefante. Eso se lee en Wikipedia. Yo estoy allí para explicarles lo que está pasando si ven un rito nupcial o una pelea entre elefantes.

Uno tiende a pensar que ya queda poco margen para el asombro. Mire, cuando en la penumbra antes de la salida del sol encontramos un grupo de hadzabe preparando las flechas o tensando el arco para salir a cazar, no hace falta decir nada. La cara de la gente expresa que están viendo un mito que tal vez creían perdido, y es una maravilla. Uno puede haber leído mucho sobre Darwin o haber visto muchos documentales, pero cuando aterriza en Galápagos y ve un león marino a escasos metros o una iguana le pasa caminando por encima de los pies, hay gente a la que se les caen las lágrimas, y te dice: “Nos has traído adónde queríamos ir”.

Rodolfo Chisleanschi
Fotos: Luis Barta

(Publicado en la revista Paisajes desde el Tren)

La Entrevista del Lunes: Luis Arranz

“EN EL PARQUE NACIONAL DE GARAMBA
LO QUE MÁS NECESITAMOS SON ARMAS”

Luis Arranz. Director del Parque Nacional de Garamba, República Democrática del Congo

Hablar con Luis Arranz dispara inevitablemente la fantasía. Porque no es lo mismo dirigir un parque nacional en la meseta castellana o incluso en los Pirineos que hacerlo en Garamba, uno de los sitios más aislados y conflictivos del planeta, al norte de la República Democrática del Congo, en la frontera con Sudán del Sur. Entonces, la protección y conservación del patrimonio natural se convierte en una película de aventuras, y la imaginación se viste al estilo Clark Gable en Mogambo. Aunque la realidad para este biólogo tinerfeño con raíces segovianas es bien diferente. ¿O quizás no tanto?

Ir a visitarle me parece que no es para cualquiera. Para llegar a Garamba hay que ir por Uganda y tomar un avión hasta la frontera con Congo. Desde allí al parque hay 300 kilómetros, pero en coche se puede tardar 3 o 4 días en época seca y 3 o 4 semanas en época de lluvias. Es decir, hay que alquilar un avión… y ser un poco aventurero.

Así debe llegar poca gente. No llega casi nadie. Estamos en uno de los sitios más aislados que pueda existir: dentro del continente más desastroso del mundo, en la zona más complicada, e incluso dentro de Congo, lejos de todo. Hay gente de Kinshasa, la capital, que tiene miedo de ir a Garamba.

Dicho de ese modo no dan muchas ganas de acercarse. Pero los que van siempre vuelven, porque es “el” viaje. Vivir en Garamba es una aventura cada día, porque aventura es no saber lo que te espera. Yo eso lo he hecho mucho cuando era más joven, y ahora lo hago sin necesidad de viajar. Cuando trabajaba en el parque de Zakouma, en Chad, venían amigos que habían recorrido Okavango, Kalahari o Serengeti y decían que Zakouma era el viaje de su vida por la virginidad del lugar. Congo es algo parecido. En Garamba puedes pasarte 20 días sin encontrar más gente, sólo tú y los animales. Es una experiencia que no tiene nada que ver con el Ngorongoro, por ejemplo, donde he llegado a contar 18 coches en fila viendo un león. Además, ahora hemos construido un lodge y vamos a empezar a promocionar un viaje que incluya los parques de Virunga y Epulu, para que sin salir del Congo se puedan ver leones y elefantes en Garamba, gorilas en Virunga y okapis y pigmeos en Epulu.

¿Y es segura la zona? Si me lo hubiera preguntado hace un par de años le habría dicho que no, pero en este momento sí. Aunque tiene sus riesgos. En la zona se mueve un grupo guerrillero ugandés que hace dos años atacó el parque matando a 14 personas, y no tenemos del todo controlado el furtivismo. Hay que ir con cuidado y preguntar antes, pero ahora está tranquilo.

Por eso usted pide armas antes que otras ayudas. Sí, y la gente se sorprende, no sé porqué. En el mundo todo se defiende a balazos: los bancos, las bibliotecas, los museos… Si llega alguien armado y quiere robar o quemar libros o un cuadro en el Prado, y ataca a balazos, el guarda se defiende igual, ¿no? Con los furtivos pasa lo mismo. Ellos vienen a matar a quien sea, entonces nosotros necesitamos tener mejores armas para defendernos. Pero todos los que nos apoyan nos dan coches, radios, uniformes, aviones… y nadie nos permite comprar armas, que es una de las cosas que más necesitamos.

Luis Arranz sabe bien de lo que habla. Llegó al África hace 30 años en un dos caballos (“toda una premonición”) y ha ejercido antes su trabajo en Guinea Ecuatorial y Chad, además de recorrer diversos parques africanos y sudamericanos, siempre con la misión de proteger y conservar un patrimonio natural cada día más amenazado.

¿Cómo empezó este periplo? Cuando estudiaba me gustaba mucho viajar. Al principio por España: Pirineos, los Ancares, Guadalajara… Después empecé a salir por Europa: Francia, Grecia… Y cuando acabé la carrera, con tres amigos decidimos ir a Australia, pero justo había estallado la guerra Irán-Irak, no pudimos pasar y tuvimos que dar media vuelta. Entonces, con uno de ellos nos planteamos ir a Zimbabue, que todavía se llamaba Rhodesia, porque un conocido nos podía dar trabajo. Así que cruzamos el Sáhara, pero en algún punto entre Argel y Níger el dos caballos se murió. Seguimos como pudimos y fuimos a Guinea Ecuatorial porque allí se hablaba español. Me puse a hacer lo que pude, hasta que al final entré a trabajar como biólogo con un grupo de cooperación y a partir de allí, año 83-84, empezó todo.

Y si tuviera que comenzar de nuevo, ¿lo haría tal como lo hizo? A mí me gustó. Era una época en la que no existían los actuales problemas de seguridad. Nosotros cruzábamos a Marruecos o Argelia sin un duro y en cualquier poblado la gente era muy hospitalaria y nos recibía muy bien. Yo sí repetiría, pero eso sí, con un todo terreno en condiciones.

¿Cree que esa es la única manera de conocer realmente un lugar? La única manera de conocer es tener tiempo. El problema de la gente que viaja es que debe volver en dos semanas. Entonces va de avión en avión, y así no se conoce nada. Tengo unos amigos que se casaron y en 10 días fueron a Zimbabue, Botsuana, Sudáfrica y una playa en Madagascar. Todo fue avión, coche, parque, búfalo, león y cena de lujo en el hotel. ¡No vieron un solo poblado! En este continente cuantos menos aviones se cojan, mejor. Hay que subirse a un camión con 40 personas, o 400, e ir con ellas hasta que el camión te deja tirado tres días en cualquier sitio. Es duro, pero con tiempo se puede disfrutar.

Siempre que no se tengan demasiados pruritos para dormir o comer según dónde. Ah, por supuesto. Esto de “yo la ensalada no la pruebo porque a saber cómo está el agua” no vale. En África hay que protegerse de los mosquitos, que es fácil, y olvidarse del resto. Hay que integrarse y vivir como ellos. Si no, no tiene sentido. Todos los países del mundo se parecen en los hoteles de lujo, da igual que estés en Nairobi o Nueva York.

África vuelve una y otra vez al discurso de Luis Arranz. Es su casa, y opina sobre sus problemas con seguridad y firmeza, como aquel que conoce a fondo el tema del que habla.

A veces en Europa se habla de África como si fuese algo homogéneo. Todo el continente tiene cosas en común, pero sin dudas el norte, el Magreb, es distinto. Luego Sudáfrica, con todos sus problemas, es diferente, mucho más “europeo”, y después está toda la franja central, que es más parecida entre sí, pero también hay que hacer distinciones. Los países anglófonos –Tanzania, Kenia, Uganda- no sé por qué se han desarrollado más y mejor. Hay pobreza, desastres, corrupción, pero muchísimo menos que en el África Central, es decir, en los dos Congos, Gabón, Camerún, Guinea Ecuatorial, República Centroafricana, países donde no funciona casi nada, y nada se piensa a largo plazo.

La tan triste y conocida pobreza –o miseria- africana. Para mí el principal problema es la corrupción, no la pobreza. Hay países pobres, como Mali o Burkina Faso, pero Congo no lo es, ni Gabón, que tiene petróleo y maderas. Hablar de la lucha contra la pobreza en Congo es ridículo, si es mucho más rico que cualquier país europeo. O en Guinea Ecuatorial, un país de un millón de personas que extrae 400.000 barriles diarios de petróleo, ¡casi medio barril por persona al día! Pero la riqueza está tan mal repartida, hay tanta corrupción, que la situación es la que es.

El panorama suena bastante desolador. Yo soy bastante pesimista. Distinto es el caso de Sudamérica, el otro continente que conozco más o menos bien, que sí tiene posibilidades de salir adelante. Pero en África está difícil.

Elefantes en el Parque de Garamba

¿Y la protección de la naturaleza en qué punto se encuentra? Estamos en un momento crucial. Los parques todavía existen, pero si de aquí a cinco o diez años no se hace nada acabarán desapareciendo. Lo más importante hoy es proteger el ecosistema, porque el mayor conflicto actual es la relación hombre-animal. En los 5.000 kilómetros cuadrados de Garamba no vive absolutamente nadie y la clave es que siga así, que no entre gente, que no haya cultivos ni ganado. De esa manera, los elefantes, los búfalos o los hipopótamos se reproducirán y aumentará su número.

¿Los gobiernos locales apoyan esta tarea? Hay distintos niveles. Sudáfrica, Tanzania, Ruanda o Kenia llevan muchísimos años y han llegado a un nivel de gestión bastante bueno, ganan dinero con sus parques y destinan una parte a protegerlo. En Chad o Congo no hay dinero y esa tarea no es prioritaria.

Y en ese caso, ¿de qué dependen? De la ayuda externa. Todos los proyectos están financiados, la mayoría por la Unión Europea. España, por ejemplo, nos apoya mucho en Garamba. Pero hay un problema. En Europa no se dan cuenta que África no va a cambiar en las próximas décadas y aprueban proyectos de conservación por cuatro años, cuando si queremos conservar un parque habrá que apoyarlo durante 30.

¿El futuro entonces es…? Creo que de aquí a un tiempo todo lo que no sea parque acabará desapareciendo, por la población y porque los animales son peligrosos. Cada año los leones matan a más de cien personas en Tanzania. Pienso que habrá espacios para los animales y espacios para la gente. Por eso es importante hacer ahora los parques del mayor tamaño posible, para que allí dentro sólo vivan animales y los turistas puedan seguir viajando para verlos.

Rodolfo Chisleanschi
(Publicado en la revista Paisajes desde el Tren. Febrero 2011)