El Juego de la Esquizofrenia

La complejidad de los acontecimientos que se suceden en estas últimas semanas en España, en el terreno de lo político, lo económico y hasta lo policial, es tan profunda, que entenderla, aprehenderla e interpretarla es tarea de titanes. Y aun así, en todos los casos las probabilidades de equivocar el diagnóstico son enormes.

Por eso, el siguiente cuadro no pretende ser más que una descripción somera, un informe nada exhaustivo de lo que podríamos denominar “el tiempo de la esquizofrenia”. Les invito a leer estas noticias relacionando unas con otras.

El Ibex 35 lleva una semana apoteósica       Los sindicatos convocan huelga general

El FMI augura una mayor recesión para       La prima de riesgo baja a niveles de abril
España en 2013

Las manifestaciones y huelgas contra          Las encuestas aseguran que el PP
los recortes se multiplican por doquier          reforzará su mayoría absoluta en Galicia

Artur Mas aplica en Cataluña los mayores    CiU ganará las elecciones del 25N por
ajustes de toda España                                  escándalo

España y el BCE inventan el                         Los mercados se lo creen
“rescate virtual”

Romney derrota claramente a Obama en    Obama derrota claramente a Romney en
el primer debate de campaña                        el segundo debate de campaña  

El precio de la gasolina empuja hacia          Todos los fines de semana hay atascos
arriba la inflación a pesar del parón de         en la Gran Vía y es imposible encontrar
la economía                                                   sitio en un parking del centro de Madrid

Sí, ya sabemos que cada ítem puede tener una explicación racional, pero en el fondo y dicho así nada de esto parece tener lógica o sentido. Si hasta parecen cartas de un juego de naipes. ¿Por qué sube la Bolsa y baja los riesgos un país cuyas perspectivas son cada vez más negativas y debe pedir ayuda financiera, aunque en un primer momento pueda ser “virtual”? ¿Por qué si en teoría ese país recibe apoyos y el valor de sus empresas en Bolsa cotiza al alza buena parte de sus habitantes protestan, se quejan y hacen huelgas? ¿Por qué los que toman las medidas más duras ganarán las elecciones con mayor amplitud? ¿Por qué con una semana de diferencia los dos mismos candidatos a la presidencia de un país se sacan tan claras ventajas el uno al otro? ¿Por qué la suma de recesión económica creciente más inflación preocupante da como resultado miles de coches en las calles un sábado por la noche?

Vivimos un período perverso y una actualidad acelerada y esquizofrénica. No, no es ningún juego. Lo peor es que hace ya bastante tiempo que incluso ha dejado de ser divertido. Y sin embargo, todos seguimos participando…

El Editorial: Bradbury en Cataluña

Esta España 2012 me recuerda cada día más a mi Argentina natal. Me refiero a la de los 80 y 90, aquella en la cual los acontecimientos se precipitaban con tal velocidad que no había tiempo de digerir e interpretar uno que ya era avasallado rumbo al desván de la memoria por otro que semejaba ser más grande, importante y trascendente. (En realidad, me la recuerda por muchos motivos más, pero ahora no vienen al caso).

Castellers durante el acto de campaña de Bildu en Bilbao.

Es tal la velocidad de crucero alcanzada por las noticias que incluso pierden relevancia antes de que se produzcan. Las elecciones autonómicas en Galicia y País Vasco son el mejor ejemplo: se celebrarán el domingo que viene, pero el tema Cataluña se las ha deglutido de tal manera que incluso ayer el acto principal de campaña de la izquierda nacionalista vasca estuvo presidido por castellers de pura raíz catalana; y la frase más destacada de Mariano Rajoy durante el acto del PP en Bilbao tuvo como destinatario a Artur Mas, el presidente de la Generalitat.

El vendaval soberanista/secesionista/independentista desatado a partir del 11-S ha logrado instalarse en el centro mismo de la política española, desplazando a cualquier otra cuestión. Y entonces es obligado abrir un paréntesis y trazar algunas líneas para intentar comprenderlo sin que se desmadre.

El encaje de Cataluña dentro de España es una discusión con décadas de recorrido, y ha generado una variedad de reacciones y sentimientos, tanto dentro como fuera de la propia Cataluña, que parece arriesgado simplificarlo como se pretende a ambos lados del Ebro.

Partamos de una base: ni España se moriría sin Cataluña, ni Cataluña se moriría sin España. Si algo ha caracterizado a las fronteras a lo largo de la Historia es su movilidad. Ni Europa ni ningún continente nació con los límites de sus actuales países prefijados de fábrica, se fueron delineando a través de mil batallas, conquistas, tratados, uniones, rupturas, avances y retrocesos. Y nada hace pensar que el proceso llegará algún día a un final absoluto, salvo que acabemos en un único Estado universal tipo Matrix o semejante.

A partir de este precepto básico, el resto de España haría muy bien en aceptar la posibilidad de una futura Cataluña independiente, si es que una mayoría amplia de ciudadanos catalanes decidieran dar ese paso. Pero aceptarlo no desde el despecho del “si quieren que se vayan de una vez y nos dejen en paz” sino desde la tolerancia y la admisión de que cada uno tiene el más absoluto derecho de sentirse o no identificado con una tierra, un país o un estado. Cerrarse en la idea de que, “les guste más o menos, los catalanes son españoles” es tan ridículo como acusar a Madrid de todos los males de Cataluña.

Artur Mas ha encontrado un maná en el discurso independentista. En medio de la política de recortes más brutal de toda España y sacudido por escándalos de corrupción de todo tipo, CiU ya logró un resultado asombroso en las elecciones generales de noviembre pasado, y las encuestas aseguran que rozará la mayoría absoluta dentro de un mes. Nada que reprocharle entonces si se evalúa su acción pura y exclusivamente desde el punto de vista del oportunismo político.

Pero, ¿y después qué? ¿Cómo continúa la película si la opción independentista gana con amplitud el 25N? El siguiente paso debería ser el referéndum, y allí empiezan a acumularse las preguntas: ¿quiénes votan, todas las personas que residen en Cataluña o solo las nacidas allí? ¿Qué documento es válido para votar, el DNI español o el certificado de empadronamiento? Y sobre todo, ¿qué mayoría es la suficiente para determinar si el proceso avanza: la mitad más uno, el 66%, el 75, cuánto?

En este punto haría falta otra aclaración. No tienen demasiado sentido, y hasta resultan contraproducentes, las continuas manifestaciones vertidas desde Madrid sobre la ilegalidad e inconstitucionalidad de la consulta popular que plantea Mas. No la tienen porque es obvio que ni la Constitución ni las leyes pueden contemplar la posibilidad de una secesión, y cualquier medida planteada en esa dirección tendrá que saltarse necesariamente las normas vigentes.

Pero avancemos un poco más. CiU gana el 25N, convoca la consulta, pregunta sobre la posibilidad de ser un Estado dentro de la UE (pregunta sibilina y malintencionada), logra un SÍ mayoritario… ¿Y? ¿Qué tipo de Estado sería esa Cataluña independiente? ¿Qué modelo se plantea? ¿Uno cercano a las Cooperativas Integradas que tan bien funcionan y no dejan de crecer en el territorio catalán, el paraíso fiscal tipo Andorra que algunos proponen, o una permanencia dentro del actual sistema? La teórica inclusión de la UE en la teórica pregunta del teórico referéndum da una pauta, pero en ningún caso sería inmediata. ¿Cuál es la idea en el espacio intermedio: una moneda propia al margen del euro? ¿Con qué respaldo? ¿Y la política de fronteras? ¿Y el trato a los miles de españoles no catalanes que viven en Cataluña y no quieran cambiar su pasaporte español por el nuevo documento catalán? Cuesta imaginar una migración masiva hacia el sur del Ebro, pero ya nada suena imposible.

Lo cierto es que a día de hoy no hay apenas respuestas a casi ninguno de estos interrogantes; y en algunos casos ni siquiera consta que se hayan puesto sobre la mesa quienes soplan la vela del distanciamiento.

Por supuesto, falta una variable fundamental en todo este entramado: la económica. De acuerdo a la hoja de ruta que quiere ir trazando Artur Mas, ni el referéndum ni los pasos subsiguientes serían inmediatos. Le queda un largo camino para convencer a los “dueños del dinero”, ya sean catalanes o extranjeros radicados allí, de que el proyecto es viable y que no sería buen negocio para ellos darle la espalda migrando también a otras latitudes. Pero da la impresión que su pretensión en estos momentos es solo ganar tiempo. Una victoria contundente el 25N le abrirá un espacio de cuatro años para aguardar que la situación general mejore un poco –o al menos se estabilice- para afrontar los pasos siguientes con algo más de garantías y un panorama más despejado.

Claro que también es un factor que podría jugar en contra del mandamás catalán. A nadie escapa que si el globo de la independencia ha alcanzado la altura actual es por el gas que le insufla la debacle económico-financiera que azota Europa. Pero adivinar el escenario en el que nos encontraremos de aquí a 2016, y vaticinar cómo podrá moverse allí dentro una Cataluña alejada de España, es un mero ejercicio de ciencia-ficción.

Una pena que Ray Bradbury ya no esté entre nosotros. Al norte del Ebro tendría, sin dudas, buenos argumentos para montar una novela.

El Editorial del Domingo. Abismos

Fuente: Celtibérico

Caminar por la cornisa es inevitablemente incómodo. Requiere concentración, equilibrio, seguridad y no padecer de vértigo. No es, sin dudas, una situación ideal. Pero toda vez que uno se acostumbra puede encontrarle las aristas positivas: tiene una alta dosis de aventura, genera adrenalina a raudales y suele deparar bonitas vistas de horizontes lejanos. A partir de este punto, la profundidad del abismo que se abra bajo los pies deja de importar tanto.

España vive atada a una cornisa desde hace bastante tiempo, y su Gobierno pretende haber superado el vértigo y simula sentirse a gusto al borde del precipicio. Fiel al estilo enigmático del presidente –“Rajoy el misterioso”, lo llamó esta semana The Economist-, en Moncloa sueltan pocas prendas sobre los pasos a seguir. Nadie sabe a ciencia cierta si se pedirá el rescate, y en tal caso cuándo; si su puesta en marcha depende de las autoridades españolas, europeas, alemanas o las de Alfa Centauro; ni tampoco cuáles van a ser las condiciones iniciales, y sobre todo, las cartas que la Troika se guardará bajo la manga para utilizar cuando las cuentas no cierren, y no se pueda cumplir ni con el déficit previsto para 2012 ni con los presupuestos presentados para 2013. Porque esta es una evidencia cristalina: no hay forma de cumplir las previsiones hechas por De Guindos, Montoro y compañía con la política hiperrestrictiva que promueven.

Rajoy sabe que la llegada de dinero fresco procedente del BCE, por la vía que sea, le dará aire desde el punto de vista económico, pero inevitablemente le empujará a otra cornisa más delgada, la política. Y por eso resiste. Quiere asegurarse su bastión gallego, donde las discutibles encuestas parecen indicar dos cosas: que el desgaste del Partido Popular es allí menor que en el resto del Estado español; y que el PSOE dará un paso más rumbo a su propio ¿y definitivo? precipicio. Así, si más tarde al hombre de las barbas canas le toca ser sacrificado en el altar de los mercados, al menos dejará un baluarte en pie para los suyos.

Con el principal partido opositor en plena descomposición, las arenas políticas se agitan en otros frentes. Los ya reseñados de las consecuencias del posible rescate y las elecciones gallegas y vascas; pero sobre todo, con los vaivenes de lo que ocurre en Cataluña, donde cada día hay y seguirá habiendo novedades. Porque si Galicia y Euskadi pueden consolidar o hacer flaquear la fortaleza de Moncloa, su trascendencia es mínima respecto a lo que se juega el 25 de noviembreen el extremo noreste de lo que por el momento sigue siendo España.

Artur Mas

Y ahí es imposible hacer pronósticos, porque todas las opciones están abiertas. No solo las políticas. Ahí están las asociaciones empresariales poniendo freno a las ansias soberanistas de Artur Mas; las instancias judiciales poniendo piedras a la posibilidad legal de plantear un referéndum; y el clamor de la prensa independentista poniendo pólvora a la mecha encendida.

Desde Madrid, la mera enunciación de una secesión catalana provoca urticaria, y se vislumbra imposible. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Qué pasaría si el 25N triunfase con rotundidad la opción independentista y Mas, aun en contra de las opiniones empresariales y los obstáculos judiciales, se viera forzado a avanzar en la senda de la independencia? Por entonces, si ningún vendaval despeñara previamente al actual Gobierno (sí, parece increíble afirmar esto cuando apenas falta mes y medio para la consulta electoral catalana, pero es lo que tiene de delicado vivir en una cornisa), el choque sería inevitable. Porque una eventual ruptura de España tumbaría a cualquier gobernante. Y  mucho más en las actuales condiciones.

Pero aunque parezca imposible, todavía existe otro abismo en torno al habitante de Moncloa. Es el que se va abriendo día tras día entre la política y la calle, cada vez más distanciadas y con menor comunicación entre ambas. Uno se pregunta si en las cumbres del poder sabrán que ya hay una nueva convocatoria de huelga general aprobada y en marcha, con fecha inicial en noviembre, si no ocurre antes nada que obligue a anticiparla. Y que esta vez, su seguimiento será mucho más masivo, mucho más marcado, entre otras razones, porque la idea la promueven los trabajadores del transporte, claves para el éxito de cualquier huelga; y porque en esas empresas, las públicas, la unidad sindical en los comités internos va muy por delante de lo que ocurre a nivel de sus propias cúpulas.

Disturbios en Pola de Lena, este viernes.

Uno se cuestiona también si al poder le llegan noticias de disturbios como los ocurridos el viernes en Pola de Lena, Asturias; o los cortes de calles y avenidas que los empleados de empresas y entidades públicas provocan todos los mediodías en Madrid desde hace tres meses (aunque los medios de comunicación los ignoren olímpicamente). Porque si no los conocieran sería grave, pero si no les importaran sería todavía peor. La realidad es que allí, en las profundidades del precipicio, algo se está moviendo, y pese a todas sus contradicciones, empieza a crecer, y sobre todo, a forzar la máquina.

Saber qué piensa de todo esto Rajoy, allí en su refugio de la cornisa, es tarea para adivinos. Lo único seguro es que si logra sobrevivir a rescates, elecciones previas y protestas varias, su capacidad de defensa de la unidad española marcará irremediablemente su destino. Parecen demasiados abismos para un único Gobierno…