11-S. 40 años…

Salvador Allende11-S. Han pasado 40 años. Imposible olvidar aquel día de borrosas imágenes de televisión, de dudas, de miedos, de preguntas a mi padre sobre qué podía significar para nuestro futuro eso que estaba pasando al otro lado de la cordillera. 40 años desde que la alargada sombra de la infamia de los de afuera (la CIA, Kissinger y siguen las firmas) y la traición de los de adentro (militares, civiles, políticos de la Democracia Cristiana, sindicalistas corruptos, medios de comunicación clasistas…) cortaron de raíz el mejor proyecto de revolución democrática y en paz que existió nunca en Latinoamérica. 40 años desde que Salvador Allende dio su vida por un ideal y puso el listón de la dignidad a un nivel casi inalcanzable para el resto de quienes dicen representar a sus conciudadanos.
40 años. Y aquí seguimos. De un lado, la CIA, el Kissinger de turno y los traidores propios de cada lugar del mundo. Del otro, la gente, los trabajadores que somos tod@s, los pueblos…


Descanse en paz, compañero Salvador…

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La paz, la guerra y la mentira

¿Qué es la paz? En principio, algo tan difícil de definir, que la RAE lo hace a través de la oposición y la negativa. “Situación y relación mutua de quienes no están en guerra”; “Pública tranquilidad y quietud de los Estados, en contraposición a la guerra y la turbulencia”, son las dos primeras acepciones que aparecen en el diccionario, y las siguientes tampoco cambian el tono. En todos los casos, se refiere a un estado opuesto a “la turbación, las pasiones, disensiones, riñas y pleitos”.

Y por el contrario, ¿qué es la guerra? Volvamos al diccionario. Las dos primeras acepciones apunta a lo más obvio: “Desaveniencia y rompimiento de la paz entre dos o más potencias (¡¿?!)” y “Lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación”. Pero la tercera aclara: “Lucha o combate, aunque sea en sentido moral”. Es decir, que no hacen falta bombas, tiros ni tanques para estar en guerra, que es lo mismo que no estar en paz.

Pues bien, el Comité Nobel de la Paz acaba de otorgarle su Premio de este año a la Unión Europea, ese espacio donde, según ellos, no se dan ni las luchas ni los combates. Donde no se utilizan pueblos y países enteros como rehenes para ganar poder y dominar territorios. Donde a lo largo del último medio siglo no se ha ido engrendrando de manera lenta, sibilina y sin disparar un solo tiro la actual situación de conquistadores y conquistados. Donde no hay turbaciones, ni disensiones, ni riñas ni pleitos. Donde reina la tranquilidad pública. Donde no se tiene la venta de armas como uno de los negocios más florecientes. Un espacio que hoy, más que nunca, este Comité debe ver como un paraíso moral.

Tampoco debería asombrarnos.

Es el mismo Comité que en sucesivas ediciones otorgó su premio a terroristas como Menajem Begin o Yasir Arafat; a Henry Kissinger, uno de los políticos norteamericanos con las manos más manchadas de sangre; o a otros políticos de historiales tan controvertidos como Jimmy Carter, Shimon Peres o el mismo Barack Obama (basta con recordar su discurso tras el supuesto asesinato de Bin Laden para poner en cuestión su talante pacifista).

Es, en definitiva, un Comité perfectamente integrado en el perverso juego de la Gran Mentira que nos pretenden contar a diario. La Unión Europea, esta UE que semeja un nido de buitres intentando rapiñar las migajas postreras de un sistema que ya no tiene manos suficientes para sostener la estantería. Esta UE que avanza sin rumbo hacia ninguna parte, de la que parecen haberse esfumado los pensadores, intelectuales y filósofos que aporten luz y brinden cordura. Esta UE que ignora su propio Parlamento y le va restando competencias, peso y razón de ser. Esta UE cada día más antidemocrática, cada día más de espaldas a los pueblos que dice representar, recibe ahora, justo ahora, en el momento más débil y controvertido de su corta Historia, el espaldarazo de la legitimación internacional que, aunque parezca insólito, todavía significa ganar el Premio Nobel.

Por cierto, el Comité Nobel de la Paz es noruego. Y Noruega no pertenece, ni por el momento se plantea pertenecer, a la UE.