La Portada del Día (2): Prensa con argumentario

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Esta mañana, al subir la primera de las portadas del día, se “escapó” una segunda cabecera que, creo, es necesario reseñar. Tampoco en este caso, como en el 90% de las aperturas del día, se hace referencia a las múltiples y multitudinarias concentraciones populares contra el Golpe de Estado Financiero que tuvieron lugar ayer en decenas de ciudades del país. Pero no por ellos deja de ser llamativa.

A veces, según el lugar de España en el que se resida, cuesta entender los mensajes, las reacciones y las ideas que surgen y crecen en otras latitudes, aunque sea dentro del mismo país. Es lo que tiene vivir en un Estado plurinacional y pluricultural, más allá de su relativamente pequeña extensión. Por suerte, portadas como la de El Punt Avui ayudan a hacerlo. Allí se invoca, sin muchas vueltas, a una guerra declarada a Cataluña desde el Gobierno central, y se enumeran una serie de hechos que sirven de argumentos a tal afirmación.

Se puede decir que no hablamos del periódico más importante de tierras catalanas, o que se dirige a un público propenso a dejarse convencer por estos mensajes, pero lo notable en este caso es observar el trabajo de persuasión que ejerce cierta prensa nacionalista. Y también, cómo El Punt Avui trabaja igual que los grandes partidos políticos nacionales: ofreciendo a sus lectores un “argumentario” para discutir en casa, el trabajo, el bar o donde haga falta sumar voluntades a su propio proyecto.

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El Editorial: Bradbury en Cataluña

Esta España 2012 me recuerda cada día más a mi Argentina natal. Me refiero a la de los 80 y 90, aquella en la cual los acontecimientos se precipitaban con tal velocidad que no había tiempo de digerir e interpretar uno que ya era avasallado rumbo al desván de la memoria por otro que semejaba ser más grande, importante y trascendente. (En realidad, me la recuerda por muchos motivos más, pero ahora no vienen al caso).

Castellers durante el acto de campaña de Bildu en Bilbao.

Es tal la velocidad de crucero alcanzada por las noticias que incluso pierden relevancia antes de que se produzcan. Las elecciones autonómicas en Galicia y País Vasco son el mejor ejemplo: se celebrarán el domingo que viene, pero el tema Cataluña se las ha deglutido de tal manera que incluso ayer el acto principal de campaña de la izquierda nacionalista vasca estuvo presidido por castellers de pura raíz catalana; y la frase más destacada de Mariano Rajoy durante el acto del PP en Bilbao tuvo como destinatario a Artur Mas, el presidente de la Generalitat.

El vendaval soberanista/secesionista/independentista desatado a partir del 11-S ha logrado instalarse en el centro mismo de la política española, desplazando a cualquier otra cuestión. Y entonces es obligado abrir un paréntesis y trazar algunas líneas para intentar comprenderlo sin que se desmadre.

El encaje de Cataluña dentro de España es una discusión con décadas de recorrido, y ha generado una variedad de reacciones y sentimientos, tanto dentro como fuera de la propia Cataluña, que parece arriesgado simplificarlo como se pretende a ambos lados del Ebro.

Partamos de una base: ni España se moriría sin Cataluña, ni Cataluña se moriría sin España. Si algo ha caracterizado a las fronteras a lo largo de la Historia es su movilidad. Ni Europa ni ningún continente nació con los límites de sus actuales países prefijados de fábrica, se fueron delineando a través de mil batallas, conquistas, tratados, uniones, rupturas, avances y retrocesos. Y nada hace pensar que el proceso llegará algún día a un final absoluto, salvo que acabemos en un único Estado universal tipo Matrix o semejante.

A partir de este precepto básico, el resto de España haría muy bien en aceptar la posibilidad de una futura Cataluña independiente, si es que una mayoría amplia de ciudadanos catalanes decidieran dar ese paso. Pero aceptarlo no desde el despecho del “si quieren que se vayan de una vez y nos dejen en paz” sino desde la tolerancia y la admisión de que cada uno tiene el más absoluto derecho de sentirse o no identificado con una tierra, un país o un estado. Cerrarse en la idea de que, “les guste más o menos, los catalanes son españoles” es tan ridículo como acusar a Madrid de todos los males de Cataluña.

Artur Mas ha encontrado un maná en el discurso independentista. En medio de la política de recortes más brutal de toda España y sacudido por escándalos de corrupción de todo tipo, CiU ya logró un resultado asombroso en las elecciones generales de noviembre pasado, y las encuestas aseguran que rozará la mayoría absoluta dentro de un mes. Nada que reprocharle entonces si se evalúa su acción pura y exclusivamente desde el punto de vista del oportunismo político.

Pero, ¿y después qué? ¿Cómo continúa la película si la opción independentista gana con amplitud el 25N? El siguiente paso debería ser el referéndum, y allí empiezan a acumularse las preguntas: ¿quiénes votan, todas las personas que residen en Cataluña o solo las nacidas allí? ¿Qué documento es válido para votar, el DNI español o el certificado de empadronamiento? Y sobre todo, ¿qué mayoría es la suficiente para determinar si el proceso avanza: la mitad más uno, el 66%, el 75, cuánto?

En este punto haría falta otra aclaración. No tienen demasiado sentido, y hasta resultan contraproducentes, las continuas manifestaciones vertidas desde Madrid sobre la ilegalidad e inconstitucionalidad de la consulta popular que plantea Mas. No la tienen porque es obvio que ni la Constitución ni las leyes pueden contemplar la posibilidad de una secesión, y cualquier medida planteada en esa dirección tendrá que saltarse necesariamente las normas vigentes.

Pero avancemos un poco más. CiU gana el 25N, convoca la consulta, pregunta sobre la posibilidad de ser un Estado dentro de la UE (pregunta sibilina y malintencionada), logra un SÍ mayoritario… ¿Y? ¿Qué tipo de Estado sería esa Cataluña independiente? ¿Qué modelo se plantea? ¿Uno cercano a las Cooperativas Integradas que tan bien funcionan y no dejan de crecer en el territorio catalán, el paraíso fiscal tipo Andorra que algunos proponen, o una permanencia dentro del actual sistema? La teórica inclusión de la UE en la teórica pregunta del teórico referéndum da una pauta, pero en ningún caso sería inmediata. ¿Cuál es la idea en el espacio intermedio: una moneda propia al margen del euro? ¿Con qué respaldo? ¿Y la política de fronteras? ¿Y el trato a los miles de españoles no catalanes que viven en Cataluña y no quieran cambiar su pasaporte español por el nuevo documento catalán? Cuesta imaginar una migración masiva hacia el sur del Ebro, pero ya nada suena imposible.

Lo cierto es que a día de hoy no hay apenas respuestas a casi ninguno de estos interrogantes; y en algunos casos ni siquiera consta que se hayan puesto sobre la mesa quienes soplan la vela del distanciamiento.

Por supuesto, falta una variable fundamental en todo este entramado: la económica. De acuerdo a la hoja de ruta que quiere ir trazando Artur Mas, ni el referéndum ni los pasos subsiguientes serían inmediatos. Le queda un largo camino para convencer a los “dueños del dinero”, ya sean catalanes o extranjeros radicados allí, de que el proyecto es viable y que no sería buen negocio para ellos darle la espalda migrando también a otras latitudes. Pero da la impresión que su pretensión en estos momentos es solo ganar tiempo. Una victoria contundente el 25N le abrirá un espacio de cuatro años para aguardar que la situación general mejore un poco –o al menos se estabilice- para afrontar los pasos siguientes con algo más de garantías y un panorama más despejado.

Claro que también es un factor que podría jugar en contra del mandamás catalán. A nadie escapa que si el globo de la independencia ha alcanzado la altura actual es por el gas que le insufla la debacle económico-financiera que azota Europa. Pero adivinar el escenario en el que nos encontraremos de aquí a 2016, y vaticinar cómo podrá moverse allí dentro una Cataluña alejada de España, es un mero ejercicio de ciencia-ficción.

Una pena que Ray Bradbury ya no esté entre nosotros. Al norte del Ebro tendría, sin dudas, buenos argumentos para montar una novela.

La Entrevista del Lunes: Fabián Ortiz

CATALUÑA Y ESPAÑA, EN EL DIVÁN DEL PSICOANALISTA

– “Para crecer, el ser humano necesita matar (metafóricamente) a su padre, desembarazarse de su autoridad… Y en este caso, España es ese padre”
– “España, como paciente, tendría algunas pinceladas de esquizofrenia”
– “El dinero ha pasado a ocupar el lugar tabú, íntimo, que antes ocupaba la sexualidad. Y el dinero es el gran movilizador del movimiento independentista catalán”

En estas últimas semanas, la relación entre España y Cataluña ha sido desmenuzada desde los más diversos puntos de vista, básicamente políticos, económicos y en algunos casos, sociales. Pero sin duda hay algo más. Por eso, le propusimos a Fabián Ortiz, psicoanalista y periodista con 30 años de residencia en Barcelona, que jugáramos a sentar en el diván de su consulta a ambos actores de este conflicto. Y aceptó, aclarando que se trata exactamente de eso, de un juego, pero ayudándonos a entender qué se esconde en la psique de dos sociedades que están dirimiendo su futuro en común.

¿La relación entre Cataluña y España acepta una mirada psicoanalítica? Voy a forzar un poco la cuestión, porque la posibilidad de analizar a alguien sin tenerlo presente en la consulta es complicada. Pero supongamos que en tanto detenta un poder, España podría ser considerado el padre. Si tenemos en cuenta esa relación, el ser humano para crecer tiene que “matar” (se entiende que metafóricamente hablando) al padre, porque si no lo hace siempre es hijo, y por lo tanto siempre será pequeño. Tengo que poder “matarlo”, en base a hechos, consiguiendo algo que él nunca pudo hacer; o en el orden estrictamente simbólico, pero debo hacerlo para poder escribir mi propia historia como sujeto y hacer mi propia vida, para no ser siempre “el hijo de”. En este caso, la visión desde Cataluña podría entenderse de esa manera.

¿Es necesario un cierto grado de madurez para llegar a ese momento u ocurre de manera natural? Natural no es. La idea de madurez está reñida con el psicoanálisis, porque no existe la madurez psíquica. Si así fuera habría un lugar donde llegar. El psiquismo está estructurado en torno al inconsciente y este es atemporal. Pero ahora bien, ¿cómo se llega a ese instante de separación con el padre? Sólo a través de un determinado proceso de análisis. En un momento dado, la vida que llevo de sometimiento a la autoridad paterna ya no me satisface y tengo que operar los cambios necesarios para desembarazarme de esa autoridad.

¿Cataluña está en ese momento? ¿La sociedad catalana quiere desembarazarse del padre? Creo que hay un amplio sector de la sociedad catalana que está esperando desde hace tiempo dar ese paso, pero también es verdad que hay otro amplio sector que no lo quiere, porque se considera catalana -incluso catalanista- pero también española. Y eso no le genera un conflicto. Para entendernos, es como aceptar que soy hijo de papá y de mamá. Uno no es excluyente del otro.

Fabián Ortiz

¿Qué motivos tiene esa parte de la sociedad que quiere la separación para entender que ha llegado el momento? Aquí veo necesaria una aclaración previa, porque entiendo que es algo que sobrepasa la diferencia entre catalanes y no catalanes, castellanos o españoles. Creo interesante resaltar el carácter movilizador de lo monetario. La relación del ser humano con el dinero, al menos en el mundo occidental, hoy por hoy supone el último refugio de la intimidad sexual. El dinero ha pasado a ocupar ese lugar tabú, íntimo, que antes ocupaba la genitalidad.

¿Y eso cómo se expresa? Es sencillo. En cualquier reunión de amigos, amigas, o mixta, cuando la gente se toma dos copas de más, lo más habitual es que surja alguna confesión de tipo sexual. Incluso basta con poner dos minutos cualquier programa de periodismo genital que inundan la televisión para saber quién se acostó con quién. Esto se ha convertido en algo aparentemente público, notorio y sin demasiados remilgos ni tapujos. Sin embargo, en la misma situación, cualquier persona con dos copas de más o sometida incluso a tortura física no dirá nunca cuánto gana, dónde tiene el dinero, qué hace con él o cómo lo gasta. Lo verdaderamente íntimo está ahí.

Y volviendo a la cuestión catalana… La conexión con lo que está pasando es que el dinero aparece como gran movilizador, en este caso del sentimiento independentista. En realidad, lo único que de verdad ha cambiado es la importancia que está cobrando el factor económico existente detrás de la reivindicación de independencia. Antes no lo tenía. Y personalmente no me parece positivo que el motivo principal para dar ese paso de separación esté apoyado en las apreturas o en una supuesta bonanza económica que vendría a partir de entonces.

¿No cree que hay más motivaciones? Hay una reivindicación histórica de larga data; y también un aprovechamiento político, aunque solo sea para desviar la atención del malestar general existente. No olvidemos que Cataluña fue la primera Comunidad Autónoma que recortó servicios sociales y la que más lo hizo, y con esto han logrado darle una deriva de tipo patriótico. Pero insisto, sin el elemento monetario de fondo las cosas no habrían alcanzado el punto en el que se encuentran actualmente.

Pero está dejando de lado el tema de la identidad. No se puede luchar contra la identidad, pero sí se puede hacer algo para cambiar las identificaciones. Europa, por ejemplo, dudo que sea una identidad para nadie, no para un catalán o un español, pero tampoco para un belga o un alemán. He viajado mucho y no conocí a nadie que me dijera “yo me siento europeo”. No es algo que nace con la gente ni que se pueda trabajar, aunque las instituciones europeas lo hayan intentado. La identidad es algo que viene desde lejos. Cuando uno dice yo soy español, catalán o sueco, está diciendo que es del lugar donde nació y se siente acompañado por toda una historia y una tradición ligadas a eso. Si Cataluña cree que su identidad pasa por el camino que ahora reivindica, ese es el camino que va a seguir. Y si España cree que Cataluña debería sentirse identificada con la idea que por lo menos el Gobierno actual tiene de España está errando el tiro, porque esa es una identificación que puede o no seguir adelante.

Fabián Ortiz durante una emisión de Hablamos, su programa radial sobre psicoanálisis

Fabián Ortiz, efectivamente, ha viajado mucho. Entre otras cosas, porque antes de dedicarse al psicoanálisis fue periodista, en la cadena SER, el diario As, las revistas Don Balón o Soccer Magazine, y muchos otros medios. Ahora, más reposado, es Profesor Ayudante en el EPBCN (Espacio Psicoanalítico de Barcelona), y combinando sus dos facetas, fue el director y conductor de Hablamos, el primer programa de la radio española sobre psicoanálisis, que se emitió entre 2010 y 2012 en Radio Kanal Barcelona.

Muy bien. Ahora entra España a su consulta. ¿Qué estado psicoanalítico percibe en este paciente? Es difícil hablar de esto sin meterse en argumentos o visiones políticas propias. Yo también soy parte de este pueblo. A mí me parece que España dio un paso en falso cuando protagonizó la tan mentada y “modélica” Transición. No había salido de una dictadura cuando empezó a darse golpecitos gozosos en el hombro por haber alcanzado la democracia. No terminó de restañar las heridas abiertas por 40 años de franquismo, no hizo justicia en muchos casos sobre esos 40 años, no se preocupó por separar a los que habían ejercido el Poder con los que habían sido objeto de represalias… Todo eso se cerró en falso. Y desde ese punto de vista me parece que es un país que, entendido como entidad, es fallido.

Eso suena un poco duro… Pero es el resultado de lo que algunos califican de “café para todos”. La idea de una España con las tres nacionalidades históricas (Galicia, País Vasco y Cataluña) integradas hubiera estado bien. Pero como iba a generar envidia y celos, Madrid, Murcia, el País Valenciano… empezaron a tener sus propias Comunidades Autónomas, y todo empezó a convertirse en un trencadís tipo Gaudí, que de alguna manera significa una cosa hecha con fragmentos que solo apreciada desde la distancia tiene aspecto de unidad. Desde ese punto de vista, si España se tratara de un paciente tendría algunas pinceladas de esquizofrenia.

¡Uf! Y esto es más duro aun. ¿Por qué ahora afloran todos los problemas? La crisis, no hay muchas dudas sobre esto. Es una de las cuestiones más diáfanas que aparece en la situación sociopolítica actual. ¿Cuándo empieza a producirse el verdadero hartazgo? Cuando a la gente comienzan a tocarle el bolsillo en forma de derechos sociales y un cierto estatus de bienestar que se había adquirido y ahora está en peligro.

¿Cómo calificaría la reacción que hasta ahora ha tenido la gente? En Cataluña y de momento es moderada. Hay motivos desde hace tiempo para protagonizar una reacción más airada, pero esta es una opinión muy personal. Y en cuanto al pueblo español en general, creo que todavía la gente está dominada por el miedo. Hay una mayoría que sigue pudiendo pensar –no digo que lo piense, pero le es posible hacerlo- “¿y si me quitan lo poco que tengo?”, que es la forma más patética de señalar el inmovilismo determinado por el miedo. El verdadero giro, el definitivo, para que las cosas cambien radicalmente de color, vendrá cuando los que piensan “no tengo nada que perder” pasen de ser una minoría, como lo es ahora, a una mayoría.

Ya tenemos el diagnóstico. Entonces, en el diván de su consulta hay un paciente llamado España con rasgos esquizoides, problemas económicos y miedo, ¿cómo los soluciona? El psicoanálisis no ofrece soluciones fáciles, y tratándose de un paciente con problemas de larga data y con la dificultad de los que comentamos, pretender una respuesta directa y sencilla es pedir un milagro. Pero si tuviera que primar por encima de cualquier otra cosa una de las ventajas del psicoanálisis diría que es el uso de la palabra en un régimen de verdad, en cuanto esa palabra sea verdadera para el sujeto. El paciente tiene que hacerse cargo de lo que dice. No puede alegar que no dijo lo que dijo o que quiso decir otra cosa.

Disculpe, pero no acabo de entenderle. A España en particular, y a la política en general, le falta hacerse cargo. No vale cualquier cosa. No vale hoy blanco y mañana negro. No vale prometer que no vamos a tocar los impuestos y después hacer todo lo contrario. Ya sé que hablando de política esto puede resultar utópico, porque la política parece un extraterritorio para la verdad, pero no se me ocurre otra manera de solucionar esta situación que un ejercicio de sinceridad siendo consecuente con lo que uno dice.

¿Me puede dar ejemplos? Si ahora Artur Mas y todos los partidos catalanes que apoyan la separación deciden ir hacia una consulta popular para ver si se consiguen la independencia, que después eso no se transforme en otra cosa, en cualquier cosa. Y si la postura de enfrente es la unidad de España, en alguna medida tiene que pasar también por cierta unidad en el  trato. Uno no puede decir: “Quiero a todos mis hijos por igual”, pero después privilegiar a unos por encima de otros, porque entonces lo que digo con la boca lo estoy borrando con los hechos. Está claro entonces que por el lado de España también hay una necesidad de compromiso en ese aspecto.

Rodolfo Chisleanschi