Los Encargados

Vídeo

Encargados

Este es un vídeo mudo, en el que se emite una canción pero ni una sola palabra. Y por lo tanto, no seré yo quien traicione su espíritu. Es un vídeo para ver y reflexionar (aunque también se aceptan otros verbos, según el pensamiento de cada cual: aplaudir, maldecir, discutir, e incluso vomitar). Que lo disfruten…

El Editorial: España, el año en el que se cayó el decorado

Fotograma de la película Brazil

Fotograma de la película Brazil

En 1985, el director de cine Terry Gilliam estrenó una película controvertida y extraña llamada Brazil. El film, que con los años se convertiría en una de esas obras llamadas “de culto”, trata de manera más o menos grotesca la ficción de un futuro con un megagobierno, centralizado y apoyado en un Ministerio de Información con poderes absolutos, cuyo único empeño es la producción ilimitada, sin que le importe en lo más mínimo temas como el cuidado del medio ambiente o los derechos sociales. Es decir, la misma línea argumental del anterior 1984 de Orwell, o la posterior saga de Matrix.

El recuerdo viene a cuento por una de las primeras imágenes de aquella película. El protagonista viaja en su coche por una autopista a cuyos márgenes se observan campos verdes, impecablemente sembrados, que conforman un paisaje bucólico… hasta que la cámara va ganando altura y descubre que en realidad se trata de paneles pintados y vallas publicitarias que ocultan los polígonos industriales y las fábricas contaminadas que abarrotan un territorio calcinado.

Más de una vez, en este 2012 que se acaba, ese primer fotograma de Brazil retumbó en mi memoria. Con cada nuevo caso de corrupción, con cada derecho social que se perdía, con cada recorte o reforma, con cada cifra del paro, imaginaba que la España que aprendimos a conocer y valorar durante las últimas décadas no era más que un decorado que se iba desprendiendo a trozos para dejar a la intemperie toda la podredumbre y la chapucería que los años de juerga económica habían disimulado.

En realidad, es algo que viene ocurriendo desde finales de 2008, cuando la crisis aterrizó en cualquiera de los infinitos aeropuertos construidos sin mucho sentido en este país, y la burbuja comenzó a estallar en mil pedazos. Pero este año que se va ha multiplicado los destrozos en una cantidad y a una velocidad inauditas, con un agravante no menor: lo ha hecho con la suicida impunidad que la propia ciudadanía otorgó a sus mandatarios, al brindar la mayoría absoluta a un partido político. Y en este caso, no importa que haya sido al PP. Nada o muy poco habría cambiado si la misma mayoría la tuviera el PSOE. El rodillo parlamentario, el ordeno y mando sin discusión posible, la arbitrariedad y el gobierno por decreto son las peores recetas posibles en unos tiempos donde serían necesarios más diálogos y consensos que nunca para capear el temporal entre todos y disminuir los perjuicios.

zapatero_rajoy-1En 2012 se dejaron ver con mucha más virulencia que en años precedentes las consecuencias de las nefastas políticas llevadas a cabo por los Ejecutivos de Zapatero y Rajoy, y que podrían resumirse en una sola: promover, ya sea de manera directa o indirecta, una gigantesca transferencia de capitales desde los bolsillos y las cuentas corrientes de la mayoría de la población hacia los fondos de reserva del sector financiero, para equilibrar unos balances marcados por los gruesos números rojos que dejaron los años del “todo vale”. Y de paso, sentar las bases de un modelo cada día más centralizado en lo político y cada día más elitista en lo económico. Es decir, cada día menos democrático y más alejado de los pueblos.

El año que se iba a acabar el mundo ha marcado en España el principio del fin del mejor sistema de sanidad pública de Europa –si tomamos en cuenta los parámetros de coste y eficiencia, algo así como calidad/precio-; ha liquidado, a partir de un aumento indiscriminado de tasas, la idea –que en realidad nunca existió- de una justicia igualitaria; ha destruido las bases de las relaciones de trabajo al licuar el contenido de los convenios laborales; ha reducido a mínimos irrisorios el desarrollo de la investigación, la innovación, la ciencia o la cultura, vitales para imaginar un futuro próspero e independiente; ha roto con la creencia de que los pensionistas eran poco menos que intocables; ha convertido en trend topic palabras como desahucios, paro o emigración juvenil… Es verdad, no se acabado “el” mundo, pero sí, indudablemente, “un” mundo, más o menos justo, más o menos equilibrado y más o menos homogéneo, que había convertido a este país en un lugar donde dentro de lo que cabe daba gusto vivir.

Ahora ya no es así. El aire, como en la película de Gilliam, se ha tornado irrespirable, y no hay decorado que pueda ocultarlo. Se mire por donde se mire, aparecen los colmillos afilados de los perros guardianes, dispuestos a exterminar cualquier amago de rebelión contra la apisonadora que en un abrir y cerrar de ojos se está llevando por delante la quimera de una democracia que responda a los intereses de la mayoría y respete el pensamiento de las minorías. PROTESTA 25SSon perros que están en las poltronas del poder y en los medios de comunicación, que ordenan disparar balas de goma –no pasará demasiado tiempo para que sean balas de pólvora, de las que matan de verdad-, que nos intentan convencer de que no hay otros remedios posibles, que nos enseñan la estafa, a veces impúdicamente, otras disfrazada de eufemismos y adornadas con siglas “importantes”, como UE, FMI, BCE o semejantes.

El episodio de este último mes, con la lucha del personal sanitario de Madrid en defensa de la Sanidad Pública y su nulo resultado práctico, es una buena metáfora del 2012. Las calles tomadas por las protestas, los miles y miles de firmas pidiendo discutir el tema de manera seria y profunda, los planes alternativos presentados, no despeinaron ni uno solo de los engominados cabellos de quienes tienen el poder de decidir.

Son las imágenes que quedan de este año que se marcha: la impotencia de quienes ven perder su bienestar a jirones, la brutalidad creciente de la represión, la absoluta indolencia del Poder.

Lo grave es que, para nuestra desgracia, no son más que el anticipo de las imágenes que veremos en 2013 y años subsiguientes. El nuevo año arranca con perspectivas de recesión en Estados Unidos, de caída del crecimiento –como mínimo- en Europa, de profundización de la depresión en España… pero sobre todo sin ningún atisbo de cambio de rumbo. Valga como muestra la determinación del Consejo Constitucional francés, tumbando un tímido intento de justicia fiscal del presidente Hollande.

Llegados a este punto caben dos alternativas: la rebelión, cada vez más imaginativa, más audaz y más a fondo, o la resignación. Hasta ahora, en España y en buena parte del mundo, la segunda opción gana por goleada. Solo queda esperar que con la profundización de la crisis, la primera vaya ampliando su espacio, quitándose los miedos y emparejando el resultado. Es eso o Brazil. Pero no el de Lula y Dilma, sino el de Terry Gilliam, y ya sin decorado que pueda ocultarlo.

El Editorial: Rajoy en Numancia

Muchas veces, para comprender el presente y atisbar el futuro resulta imprescindible volver la vista al pasado, una tarea que no siempre se lleva a cabo y que alienta la natural fragilidad de la memoria.

José Luis Rodríguez Zapatero festeja el triunfo en las elecciones de 2008

“¿Qué hacía usted durante la primavera de 2008?”. Dicha así, sin anestesia, la pregunta podría desubicar a cualquiera y cabría preguntarse cuál sería la respuesta de cada uno. Aquí van unas pistas para centrarse. Por esos tiempos, por ejemplo, la crisis de las hipotecas subprime venía navegando todavía lentamente desde Estados Unidos con dirección a Europa, la selección española aun no había ganado ni Eurocopa ni Mundial alguno, y José Luis Rodríguez Zapatero (por cierto, no se registran muchos antecedentes de un Presidente del Gobierno que haya hecho semejante mutis por el foro una vez abandonado el sillón del poder) celebraba exultante su segunda victoria electoral consecutiva.

¿Ya nos hemos ubicado? Seguro que Mariano Rajoy no necesitaba ayuda para recordarlo, porque por entonces pasaba sus meses más difíciles. Derrotado nuevamente en las urnas, su permanencia al frente del Partido Popular era cuestionada desde todos los ángulos posibles. El ala dura de Génova le tildaba de fracasado; los medios más vociferantes de la derecha –en ese momento, El Mundo y la Cadena COPE- pedían su cabeza cada día; y el resto del arco parlamentario le colgaba el sambenito de perdedor incurable.

Así llegó al Congreso del PP en Valencia, convertido casi en un cadáver político… pero nadie lo pudo rematar. Mientras sus críticos alborotaban alrededor suyo, Rajoy, con su estilo silencioso y parco, fue tejiendo alianzas y desarmando conjuras en las sombras, las suficientes para salir airoso y seguir al frente de la nave popular. Ya por entonces es fácil suponer que este hombre tan poco carismático como metódico, tan misterioso como inmutable, sospecharía que los vientos empezaban a soplar a su favor y se marcó la meta de acceder a un tercer y postrero intento. El corredor de fondo nacido en Galicia ya suponía que la segunda legislatura de ZP tendría que gestionar una crisis que, si bien no se preveía tan profunda, ya amenazaba con ser lo suficientemente honda como para abrirle las puertas de Moncloa.

El ejercicio de memoria viene a cuento porque la historia se está repitiendo. Hace tres meses, Mariano Rajoy era poco más que un espectro, un zombi que vagaba por los pasillos del poder a la espera del cachetazo final. Prácticamente nadie, más allá de sus más fervientes defensores, y en algunos casos ni siquiera ellos, apostaba por su capacidad para saludar las Navidades desde el trono presidencial. En los medios y en la calle, en España y en Europa, se soltaban nombres de tecnócratas afines al sistema con boletos para sucederle, tal como hizo Mario Monti con Silvio Berlusconi en Italia. Y otra vez, como en 2008, casi nadie acertó.

Rajoy se atrincheró en su silencio y su tozudez, en sus ambigüedades y sus convicciones, y a dos meses de tomar las uvas, su posición parece más firme que nunca. Esta semana que pasó, las cifras del Banco de España vinieron a darle la razón sobre lo que viene anticipando desde hace diez días:

Fuente: Banco de España

la hucha del Estado ha mejorado aunque sea de manera transitoria su famélico aspecto, los pagos de vencimientos de deuda y otras cuentas están prácticamente asegurados hasta enero, y salvo hecatombe imprevista, hasta el año próximo no debería haber novedades sobre el tan anunciado y temido rescate.

No es, para nada, una mala noticia, si se tiene en cuenta que un rescate con todas las de la ley vendría acompañado de un ajuste más severo en las condiciones y un control más estricto de su cumplimiento por parte de la troika UE-FMI. Pero, ¿es buena noticia? Aquí la respuesta ya no es tan contundente.

Rajoy, a fuerza de no apresurarse y esperar que los vientos girasen a su favor, ha ganado tiempo y oxígeno. Ha procurado cumplir a rajatabla la ruta señalada desde el eje Berlín-Bruselas, lo que favoreció aquella promesa de Mario Draghi, titular del BCE, acerca de la compra de deuda a los países con problemas. Y su consecuencia ha sido inmediata: una calma relativa en los mercados, que permitió a España inyectar varios paquetes de bonos y letras y con ellos obtener la liquidez necesaria para afrontar los vencimientos de octubre.

No es poca cosa, tal como estaba el panorama, y al Gobierno le da margen para centrar su atención en apenas un par de frentes de aquí al 31 de diciembre: acercarse lo más posible a los objetivos de déficit prometidos a Bruselas, y trabajar a fondo en la campaña previa a las elecciones en Cataluña y, sobre todo, en lo que vaya a ocurrir después, si por fin el independentismo resulta triunfador.

Pero la realidad es que todo esto no cambia nada de la situación de fondo. España sigue a años luz de abandonar la recesión, el crecimiento es una quimera, las cifras de paro continuarán aumentando, y la prima de riesgo se mantiene por encima de los 400 puntos. Un valor que parece poco, comparado con los más de 600 que alcanzó hace algunos meses, pero convendría no olvidar el escándalo que montó el propio Rajoy cuando estaba en la oposición y la bendita prima superó los 300 puntos, por entonces “inadmisibles” y que hoy se ven como si fuesen las segundas rebajas de temporada.

Y esa situación de fondo indica que las condiciones de vida del españolito medio no solo están peor que antes, sino que no hay cambio de tendencia a la vista. El rescate sin duda agravaría aun más la caída por el tobogán de la depresión económica, pero aunque más suaves, las medidas gubernamentales para evitarlo recorren los mismos senderos. La imposición del euro por receta en la Comunidad de Madrid, el aumento generalizado de tasas en Castilla-La Mancha o en el ámbito judicial, la profundización de la reforma laboral en las administraciones públicas, o el retraso en la edad de jubilación anticipada son las últimas muescas de un revólver que va matando cualquier atisbo de recuperación o salida.

Griten lo que griten los manifestantes que ocupan las calles casi cada día, la crisis/estafa la estamos pagando y la vamos a pagar entre todos, euro a euro, trabajando más horas y más años en peores condiciones, y aportando a las arcas generales más de lo que el Estado nos devolverá en forma de servicios.

Este deterioro progresivo e implacable de la calidad vital de la mayoría debería ser la prioridad número uno para el grueso de la población, porque marca el epicentro de nuestra cotidianidad. Todo lo demás es juego político y danza económica, divertimentos en los que participan un núcleo muy pequeño de invitados.

Uno de ellos, de barba canosa y rostro impávido, suele dedicarse apenas a mirar, callar y esperar. Nunca será el alma de la fiesta, pero nadie le podrá negar jamás su asombrosa capacidad de resistencia. Se llama Mariano Rajoy y no vive en Numancia sino en la Moncloa, donde empezará 2013 como Presidente del Gobierno.

Solo los más memoriosos lo hubieran afirmado hace tres meses.