El Editorial del Domingo

LA QUE SE AVECINA

– Un memorándum de Goldman Sachs, que anticipaba las medidas anunciadas el jueves por el BCE, indica que el pedido de rescate será esta misma semana

– Rajoy pretende ahora retrasarlo hasta después de las elecciones gallegas, pero 26.500 millones a pagar a finales de octubre le juegan en contra

– España aceptará todas las condiciones que le impongan desde Bruselas

The Goldman Sachs Tower, en Jersey City

Si no fuera por lo que ocurre, y sobre todo, por lo que está a punto de ocurrir, la semana que acaba de terminar hubiese sido ideal para analizar cuestiones menores pero interesantes, como las derivaciones legales, morales y políticas del vídeo erótico de la concejala de Los Yébenes; o la “tristeza” de CR. Pero no hay tiempo. Ni para esto ni para España, que mueve fichas de manera desesperada, como el ajedrecista que ve cómo la aguja del reloj está a punto de caer. Y quien haya jugado al ajedrez sabe que es en esos instantes donde se cometen los mayores errores.

Desde la perspectiva del Gobierno, la semana tuvo dos hitos, ambos el jueves: la visita express de Ángela Merkel y la confirmación por parte de Mario Draghi de que el BCE está dispuesto a comprar bonos –es decir, ofrecer liquidez- de manera ilimitada. Las sonrisas de la canciller alemana se procesaron como un espaldarazo a las medidas de austeridad del Ejecutivo de Mariano Rajoy. El “sí” de Draghi, como la evidencia de que la prédica de la gente de la Moncloa era razonable, y por fin los socios europeos daban el visto bueno a una medida imprescindible para salir, al menos por un tiempo, del atolladero.

Como además los mercados respondieron con fuertes alzas en la Bolsa y caídas violentas en la prima de riesgo y los intereses a pagar por la deuda española, y todavía no hay un memorándum preciso con las condiciones a pagar por este préstamo masivo, el Consejo de Ministros del viernes debió de ser un concierto de palmaditas en las espaldas entre suspiros de alivio. Al menos eso se deduce de las palabras posteriores de Soraya Sáenz de Santamaría. La vicepresidente tuvo aire suficiente como para: 1) regañar al titular de la patronal madrileña por urgir el pedido de rescate; 2) ponerse chula con el momento en que se pediría ese rescate (es vox pópuli que Rajoy pretende estirarlo como mínimo hasta que pasen los comicios gallegos); y 3) torear con cierto desdén una pregunta sobre qué pasará con el Gobierno una vez que la soberanía económico-financiera de España pase a ser manejada oficialmente por los “hombre de negro” de la Troika. (Algo parecido ocurrió en Italia, donde Mario Monti sacó pecho para autoproclamarse “salvador del euro”, cuando su situación no es mucho más halagüeña que la nuestra).

Y sin embargo, todo apunta en dirección contraria a la que indicó Deña Soraya. El miércoles, la agencia de noticias económicas Bloomberg anticipó punto por punto lo que iba a decir Draghi al día siguiente. No lo habían visto en una bola de cristal, sino en algo mucho más concreto: un memorándum surgido de las entrañas de Goldman Sachs donde se especifica con precisión de cirujano los pasos a seguir en Europa para solventar los problemas de España y darle un empujón a la sostenibilidad del euro.

En ese papel, que revelan los periodistas del colectivo norteamericano Zero Hedge, además del discurso del mandamás del BCE se indica: a) que el miércoles 12, el Bundesbank debería dejar de lado sus reticencias y aprobar la compra de bonos para el rescate español: b) que entre el jueves 13 y el viernes 14, Rajoy debería pedir formalmente el rescate; y c) que antes de finales de septiembre, ya sea a través de votación parlamentaria o como sea, España aceptará las condiciones que el BCE le presente para acogerse al programa de compra de bonos “ilimitados y estériles”. Por supuesto, ni se plantea esa supuesta “negociación de condiciones” que teóricamente Rajoy habría estado debatiendo con Merkel en el encuentro del jueves.

Goldman Sachs, desde ya, tampoco dice una palabra sobre el futuro político del habitante de la Moncloa una vez consumado este rescate urgente que reclaman desde Rosa Díez al CDU alemán, pasando por el madrileño Arturo Fernández (el de la patronal, no el actor). Evidentemente, porque le importa poco y nada.

Pero a Rajoy sí le interesa su futuro e intentará defenderlo, aun con todo en contra. La fecha del 21 de octubre para las elecciones autonómicas gallegas no es casual. Una semana más tarde, España debe afrontar el vencimiento –y pago- de 25.600 millones de euros en bonos. Con los datos conocidos esta semana en el apartado de prestaciones por desempleo, que muestra un desfase de un 10% respecto a las previsiones del Gobierno, cabe preguntarse si el Banco de España dispone de cash para liquidar semejante deuda. Si la respuesta es no, una semana parece un plazo demasiado ajustado para poner en marcha la burocracia europea y recibir el dinero a tiempo, pero Rajoy pretende aprovecharla al máximo.

Ahí se esconde una parte del pulso, entre los que urgen y los que intentan tirar una vez más la pelota para adelante. En todo caso, cabe recordar que De Guindos negó que se iba a pedir el rescate para la banca hasta una semana antes de efectuar dicho pedido.

Doña Soraya afirmó el viernes que “analizarán con calma” el momento de golpear la puerta del BCE. Por las dudas, habrá que estar atentos el miércoles. Si desde Alemania llegan las noticias que vaticina el papel de Goldman Sachs será hora de ir sacando el salvavidas.

El Editorial del Domingo

MIL PARCHES Y UN ABORTO

Todas las cifras de producción industrial brindan números negativos. Todas las estadísticas referidas al consumo hablan de freno, retroceso y caída. Todas las previsiones del mundo hacen énfasis en una recesión inevitable que algunos ya se atreven a calificar de depresión. Sin embargo, hay un sector de la economía que funciona como los dioses: las fábricas de parches. Si cotizaran en el Ibex 35, sus acciones llevarían un tiempo largo en subida libre; y algo parecido podría decirse si lo hicieran en el resto de Europa.

Incapaces, o faltos de voluntad, para atacar los problemas centrales que acucian a los gobiernos de la Zona Euro –entiéndase por ello la descomunal deuda alcanzada por las entidades financieras, las ingentes cantidades de dinero hurtadas al fisco en paraísos fiscales, la falta de controles reales sobre las operaciones especulativas, entre otros-, los dirigentes españoles y sus pares europeos se ven obligados a vivir tapando vías de agua y rezando para que “los mercados” les den un poco de respiro hasta la apertura del siguiente agujero.

No más que eso fue lo que hicieron Mario Draghi en Europa el jueves y Mariano Rajoy en casa el viernes, con el agregado de que la oración fue más prolongada, rogando por gozar de algunas semanas de vacaciones tranquilas en medio de este verano de pasiones.

La lectura de lo “decidido” en el BCE hace 72 horas demuestra la esquizofrenia reinante y la carencia absoluta de sentido lógico en todo lo que está ocurriendo. Pero sobre todo, revela que no hay solución final a la vista. Los mercados castigaron con bruscas caídas la intervención de Draghi el jueves, pero con idéntica virulencia dieron la vuelta a la tortilla el viernes, como para dejar que el personal se fuera a disfrutar de agosto con una sonrisa. El sentido último que tomarán las primas de riesgo, las tasas de interés y demás elementos que permiten vaticinar el devenir de los países con problemas y de la Zona Euro en general es un albur. Habrá que esperar a septiembre, si es que se convoca una reunión extraordinaria del Eurogrupo, para saber quién saca ventaja en la pulseada entre el Bundesbank y el resto de bancos centrales, en apariencia más proclives a las medidas que componen el parche más grande, es decir, agilizar los fondos de rescate y permitir la compra de deuda, básicamente de España e Italia. Siempre que antes de esa fecha una tormenta de verano no obligue a reactivar la fábrica antes de tiempo.

Esa misma premisa, poner parches y patear la pelota hacia adelante, fue otra vez la táctica del presidente del Gobierno de fronteras para adentro. Y no solo en el tema de la deuda, donde si bien abrió las puertas a la posibilidad de un nuevo rescate, ejerció de gallego para quedar a mitad de camino en la escalera. También liquidó de ese modo el conflicto eléctrico, con las empresas españolas del sector castigadas por las agencias de calificación, Mario Monti haciendo lobby a favor de Endesa (su verdadero dueño es Enel, la principal eléctrica italiana) y las renovables en estado permanente de nervios. No hubo más definición que algunos decretos para ratificar situaciones ya conocidas. Nada que aclare cómo se va a resolver el pago de los 30.000 millones de euros que enrojecen los balances empresariales bajo el epígrafe “retraso de tarifa”. Y tres cuartos de lo mismo respecto al conflicto minero. Sin acuerdo en la reunión entre sindicatos y el ministro Soria, todo quedó en un “ya veremos más adelante”…

El propio Rajoy aseguró el viernes que esa manera de hacer las cosas es lo que se llama “gobernar”. Y nadie se lo puede discutir. Es lo que tiene gozar de una lengua –la española- tan rica en matices…

Y en medio de este tembladeral, a Alberto Ruiz Gallardón no se le ocurre nada mejor que tirar encima de la mesa el tema del aborto, y proponer una vuelta atrás que enviaría nuestra legislación a la cola de Europa en la materia, con un nivel de restricción apenas superado por Irlanda y Malta. Más allá de las consideraciones éticas, ideológicas o científicas que cada cual pueda tener al respecto, cabe preguntarse por qué habrá elegido este momento para agitar aun más las revueltas aguas de la actualidad y arriesgar algún que otro punto más en la caída de popularidad del Gobierno.

Quizás para entenderlo haya que remontar la memoria a aquellas multitudinarias manifestaciones convocadas por la Iglesia en tiempos de ZP. Esos domingos en los que los líderes del Partido Popular salían a la calle de la mano de las huestes del cardenal Rouco Varela para protestar contra el matrimonio homosexual o la propia ley del aborto. Por esos tiempos, la sensación generalizada de que la calle era de la derecha fue propiciando el clima para un futuro cambio en Moncloa, y desgastando la ya menguante luz de Zapatero en el poder.

En la sede del Episcopado sin dudas no se olvidan de esos favores y es posible que apuren el reclamo de su cobro. Es lo que ocurre cuando se contraen deudas: tarde o temprano hay que satisfacerlas. Y es muy probable que los hombres de sotana pretendan que sea cuanto antes.

No vaya a ser cosa que alguno de los parches resulte defectuoso, salte por los aires antes de tiempo, y la peculiar manera de “gobernar” de Rajoy pase a mejor vida mucho antes de lo previsto.