La justicia social y la espalda del Estado

Niños en su nueva casa en el centro de Madrid

Niños en su nueva casa en el centro de Madrid

Hoy es un buen día. Gris, ventoso y algo fresco en Madrid, pero un buen día. ¿Por qué? Porque la Obra Social Leonas, compuesta por mujeres integradas en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) han recuperado un nuevo bloque de viviendas en el barrio de Malasaña. Allí se instalarán a partir de este mediodía, en una casa nueva que ellas han acondicionado para poder vivir dignamente bajo un techo junto a sus hijos y sus mayores.

En este comunicado, la Asamblea de Vivienda Centro explica perfectamente las razones que conducen a tomar esta decisión, una más en ese sentido de las muchas que se van repitiendo por todo el Estado, como respuesta a una política injusta, que margina y castiga a los ciudadanos a costa de salvar bancos y defender banqueros.

Solo para agregar algún otro dato, cabe decir que en los últimos tres años España se ha gastado más de 43.000 millones de euros en rescatar bancos y cajas endeudados hasta las cejas por su participación en negocios de riesgo, inversiones de dudosa rentabilidad y fraudes y corrupciones varias. Contando los intereses, los ciudadanos han debido contribuir con 55.000 millones para pagar semejante despropósito.

Pah Madrid 2Pues bien, uno de los resultados del proceso es que infinidad de promociones inmobiliarias, muchas terminadas y otras todavía en construcción, pasaron a poder del Sareb, el “banco malo” que se hizo cargo de los “activos tóxicos” de esos bancos y cajas para equilibrar sus balances y salvarlos de la quiebra. ¿Y qué pasa? Que ahí están, muertos de risa. Libres, vacíos, sin uso ni destino, y en muchos casos, sus “dueños” ni siquiera pagan las cuotas de las comunidades de vecinos o derramas ocasionando daños y perjuicios al resto de los vecinos del inmueble.

Esos son los edificios y pisos que se recuperan, que vuelven a la comunidad para cumplir su función de albergar a la gente. ¿A espaldas del Estado? Puede ser. Pero no hay dudas de que fue el Estado el primero que dio la espalda a su gente.

 

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España y Argentina, dos realidades y algunas (curiosas) coincidencias

Pertenecer a dos países, uno a cada lado del mundo; vivir más o menos atento a dos realidades; conocer, o como mínimo tener una aproximación, a la Historia, el devenir y el pensamiento de dos poblaciones en apariencia alejadas y con dinámicas diferentes, genera un buen cúmulo de inconvenientes. El desarraigo, la ambivalencia, la melancolía… Pero también otorga las ventajas de la perspectiva, de cierta serenidad en el análisis y de la posibilidad de realizar comparaciones, que según como se hagan, no tienen por qué resultar odiosas.

Anoche, mientras en España ya era hora de irse a la cama, en la Argentina daba comienzo una nueva manifestación en contra de las políticas del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, la tercera de estas características, por lo que ya ha dejado de ser una novedad.

Tampoco fue novedoso encontrar mi red social invadida por carteles -algunos muy duros- que criticaban a convocantes y participantes en la manifestación. Pero había algo que llamaba mi atención más que otras veces. Era tarde, mi capacidad de pensamiento estaba reducida y preferí no decir nada. Esta mañana me di cuenta de lo que ocurría.

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Analicemos algunos de estos carteles. Fueron subidos a la red por partidarios y defensores del Gobierno de Cristina. Y se apoyan en los votos y los resultados electorales para deslegitimar el derecho a protestar, a quejarse, a decir que hay cosas en la acción de ese Gobierno que a un sector -bastante amplio, según parece- de la población argentina no le gusta cómo se están haciendo.

Está bien. Efectivamente, en una democracia gobiernan los más votados. Pero lo curioso, muy curioso, es que se trata exactamente del mismo argumento que utiliza en España el Gobierno de Mariano Rajoy para deslegitimar las protestas de plataformas, “indignados” y opositores de todo pelaje. Y lo paradójico es que muchos de los que colgaron esos carteles en facebook o twitter son los mismos que desde la Argentina dicen “Me gusta” o comparten las entradas donde se relatan las acciones que realizan desde los afectados por la hipoteca al 15M, pasando por sindicatos o partidos de izquierda en España.

El PP, es decir, la derecha más rancia, gobierna con mayoría absoluta en Madrid. Y el peronismo K, es decir el ala situada más a la izquierda dentro del Movimiento Justicialista, lo hace de igual modo en Buenos Aires. Tienen en sus respectivos congresos votos suficientes para aplicar sus criterios sin necesidad de demasiados pactos, con alguna dificultad más en el caso argentino, pero no mucha. El problema es que en ambos casos parecen haber olvidado la segunda parte de un precepto fundamental de las democracias: gobiernan las mayorías sí, pero con absoluto respeto hacia las minorías. Eso debería significar escuchar, debería significar aceptar sugerencias, e incluso pactar para contentar a la mayor cantidad de población posible, no solo a los votantes propios.

Esto, ya lo sabemos, lamentablemente no suele ocurrir. Si es que alguna vez existieron, que estaría por verse, los grandes estadistas que pensaban en sus países como un todo y no como una lucha partidaria por detentar el poder han desaparecido de la faz de la Tierra. Casi como los dinusaurios…

Cacerolas 2Y los políticos de estos tiempos, no contentos con la sectarización de sus discursos y líneas de actuación, cometen un fallo aun más grave: trasladan su dogmatismo, sus peleas y sus luchas de intereses a sus partidarios, los contagian, y les hacen caer en incoherencias como la señalada anteriormente: criticar en un sitio lo que se aplaude en el otro.

Las minorías, en España, Argentina y en cualquier lado, tienen toda la legitimidad del mundo para quejarse, para protestar, para decir que sienten que no se presta atención a sus derechos y no se respeta su manera de pensar. Y si esas minorías y esos reclamos son capaces de congregar a grupos cada vez más numerosos de población deberían merecer una única lectura por parte de los gobernantes, sus partidarios y sus defensores: que hay algo -o más de una cosa- que se está haciendo mal; que hay una parte importante de compatriotas que no se siente respetada, o que no está de acuerdo con las políticas adoptadas… o lo que sea. Pero en todo caso, merece ser escuchada, y en lo posible, atendida en sus reclamos.

Para el PP, los indignados, los que organizan los escraches, los que asaltan simbólicamente algún supermercado de tanto en tanto, son la “izquierda radical”, “antisistemas” que quieren conquistar el poder fuera de la democracia y torcer la voluntad popular sin pasar por las urnas, porque el día de las elecciones pierden. Para el gobierno K, los que golpean cacerolas y se manifiestan en las calles o los medios son “gorilas” o “golpistas” que quieren conquistar el poder fuera de la democracia y… bla, bla, bla. ¿Se ven las coincidencias? Pero como las ideologías son opuestas, los que en un lado critican a quienes se quejan, en el otro apoyan las protestas. Y viceversa. Es decir, se es más o menos demócrata según el cristal con que se mira y el color de la camiseta que se lleva puesta.

En realidad, la única coincidencia real es la intolerancia ante el disenso, prima hermana del fanatismo. Y esa es una enfermedad grave, muy grave. De la que deberíamos curarnos todos, en Argentina, España o en cualquier parte, porque es un cáncer que nos corroe y nos incapacita como personas; nos ciega y nos hace caer en contradicciones absurdas; nos anula, nos divide, y habitualmente -lo demuestra la Historia- nos hace apoyar causas y personas que, por lo general, no defienden más intereses que los de ellos mismos.

Mientras no incorporemos esta lección a nuestras células seguiremos como hasta ahora: arrastrados con más o menos éxito por mareas que parecen acercarse al ideal de cada uno hasta que estallan contra el acantilado más próximo. Y nuestras vidas, y las vidas de las sociedades a las que pertenecemos, seguirán estando aproximadamente en el mismo lugar. Siempre ancladas al punto de partida…

La España manipulada y el ser humano transparente

A veces ocurren estas casualidades. Sólo un rato después de dedicar las portadas del día al tema de la manipulación, el Instituto Nacional de Estadísticas da a conocer las cifras de casas vacías, según un censo realizado en 2011.

pisos vacíos

En primer lugar cabe resaltar lo más evidente: el INE suelta el dato horas antes de que el Congreso apruebe la nueva Ley Hipotecaria, es decir, con el tema viviendas en lo más alto de la atención mediática. Y las casualidades, como ya sabemos, no existen.

Y después está el tema de la cifra en sí misma: según la encuesta, el incremento en el número de casas vacías entre 2001 y 2011 fue del 10,8%. Sorprendente, teniendo en cuenta la cantidad brutal de pisos construidos durante los años de la burbuja, y todos los que quedaron sin vender, los que se vaciaron a fuerza de desahucios y los que tienen en su poder los bancos a partir del estallido de la crisis en 2008.

Sabemos de sobra que nada hay más sencillo de manipular que las estadísticas. Justamente ayer, en una comida entre amigos, uno de ellos contaba de muy buena fuente cómo en la Argentina de los 80, se “dibujaban” sin escrúpulos las cifras de la inflación mensual en el Instituto de Estadísticas y Censos. Una práctica denunciada en los últimos tiempos, pero que pasaba inadvertida en aquellos años.

Lo concreto es que hay algo en este dato que ofrece hoy el INE que no acaba de cerrar. O estaba mal hecho el censo de 2001, o lo está el de 2011. ¿Podrá influir que el anterior se hizo casa por casa y el actual solo tomando un muestreo del 11% de los hogares de todo el país? Es probable, ¿no? Además, hay que mirar qué se considera “vivienda vacía”, y esto también cambia según el Gobierno y sus necesidades.

pah3Pero justo hoy, el día que el Congreso se dispone a dar olímpicamente la espalda a la dación en pago y el resto de reivindicaciones que 1,4 millones de firmas apoyaron en su ILP, convenía “informar” que “la cosa no es para tanto”, y que después de llenar el país de ladrillos durante un lustro tampoco hay muchísimas casas vacías más que hace diez años.

Conclusión: vivimos manipulados, zarandeados por informaciones a medias y cifras de difícil control. Más que cualquier Ley de Transparencia haría falta un ser humano transparente. Y eso parece muy, pero que muy difícil de conseguir…