Los perros, las jaulas y la indefensión aprendida

Sé que el artículo no es nuevo, que se publicó en Rebelión hace algunos meses y desde entonces anda rulando por las redes sociales. Pero hoy me lo he vuelto a encontrar y me ha apetecido subirlo. Tal vez porque llevo un tiempo con esta sensación y, como dice la autora, es una lección que casi había olvidado… y no debería. Nadie debería.
Indefensión aprendida, por Sofía Balmont. Facultad de Psicología. Psicología del Aprendizaje.

Hasta ahora hemos visto lo que ocurre si a un perro encerrado en una jaula lo premiamos cada vez que realiza un comportamiento determinado, si lo premiamos solo a intervalos fijos o bien a intervalos variables, si no lo premiamos nunca o si le retiramos un castigo cuando hace lo que queremos que haga. En todos los casos el perro aprenderá que su conducta tiene una consecuencia o incluso una falta de consecuencia que él conseguirá predecir tras un breve período de aprendizaje. Y su salud mental y emocional permanecerá dentro de los límites de lo saludable.

Pero, ¿qué ocurrirá si, haga lo que haga el perro, siempre lo castigamos? Una jaula con una parrilla electrificada por suelo. Un perro encerrado dentro. Una serie de descargas que se repiten a intervalos variables, indefinidamente, sin que nada de lo que haga el animal tenga como consecuencia el cese del martirio. Al principio el perro desarrollará una actividad frenética, hará todo lo que un perro puede hacer dentro de una jaula con la esperanza de que el azar y su empeño den con el comportamiento que le libere del suplicio: levantar la pata izquierda delantera, la derecha, aullar, saltar, mover el rabo… Lo que demonios sea que se le haya antojado al experimentador-torturador para que acaben de una vez las malditas descargas. Pero todo es inútil. Haga lo que haga las descargas continúan, cadenciosamente, sin piedad, sin fin. El perro acaba por dejarse caer en un rincón y no hacer nada. No come. No ladra. No se queja. No lucha. Soporta descarga tras descarga sin inmutarse. Está enfermo. Sufre indefensión aprendida.

Hace veinte años que escuché por primera vez esta lección de psicología básica. Casi la había olvidado.

¿Es usted un buen ciudadano? ¿Un buen trabajador? ¿Un buen padre? ¿Un buen vecino? ¿Respeta las normas? ¿Paga sus impuestos? ¿Es honesto con los demás? ¿Y consigo mismo? ¿Actúa según le dicta su conciencia? ¿Cree en el sistema? ¿O acaso no cree en él? ¿Ha hecho lo que le decían desde pequeño que tenía que hacer para vivir tranquilo y honradamente? ¿Ha estudiado? ¿Se ha preparado unas oposiciones? ¿Ha hecho un máster? ¿Sabe idiomas? ¿Ha trabajado duramente desde muy joven? ¿Se levanta temprano todos los días y dedica jornada tras jornada a aportar algo a la sociedad? ¿Paga sus facturas si es que todavía puede pagarlas? ¿Ha votado a la derecha? ¿Ha votado a la izquierda? ¿No vota?… Da igual. ¿No tiene usted la sensación de que, sea cual sea su respuesta a esas preguntas, da igual? Que igualmente le bajarán el salario una y otra vez, o lo despedirán, o se quedarán con su casa, o le asfixiarán las deudas, o no verá futuro para sus hijos. Da igual que sea usted funcionario, albañil, autónomo, inmigrante, de pueblo, de ciudad, viejo, joven, hombre o mujer. Da igual que le ponga empeño a lo que hace, que crea en ello, que espere una recompensa… No habrá recompensa. Mejor dicho: la recompensa no vendrá del que le mantiene encerrado en una jaula con parrilla electrificada por suelo. Él ha decidido que ahora toca la descarga indiscriminada y la indefensión aprendida.

Pero le contaré un secreto. La jaula tiene una puerta. Todas las jaulas tienen una. Dentro de la jaula no acabarán las descargas pero fuera hay aire puro, tierra firme, alimento fresco y otros perros maltratados con los que, tras maniatar y amordazar al experimentador-torturador, construir un mundo sin jaulas. Solo es cuestión de abandonar el rincón en el que nos hemos ovillado sumidos en la desesperanza, comprender que la única salida está tras las rejas y descorrer el cerrojo.

Hace veinte años que escuché esta lección de psicología básica por primera vez. Y casi la había olvidado… Con lo importante que era.

El Editorial

LA PSICOLOGÍA DEL TOBOGÁN

El viernes, por fin, comenzaron los Juegos. Me refiero a los Olímpicos, que suelen concentrar –o distraer, según el gusto del consumidor- la atención de cientos de millones de habitantes del planeta. Y si digo por fin no es por mi afición al deporte ni por estar esperándolos con una ansiedad especial. Si no pensando más bien en el Gobierno español y en sus autoridades económicas, que habrán suspirado profundamente. Por un lado, porque la soberbia ceremonia inaugural de Londres 2012 fue el colofón a las palabras del jueves de Mario Draghi, el presidente del BCE, que motivaron el considerable descenso por debajo de los 600 puntos de la prima de riesgo –qué tiempos aquellos (noviembre de 2010), en los que la blogosfera del PP hablaba de la “evidente desconfianza generada por Rodríguez Zapatero” en los mercados, cuando nuestra querida prima alcanzaba los 300 -. Por otro, porque no hay dudas de que es mucho más saludable prestar atención a los Juegos londinenses que al sube y baja de los mercados.

Pero sobre todo, la combinación Gasol (o el deportista que uno elija)-agosto-vacaciones-Draghi hará suponer al Gobierno que al menos durante algunas semanas, España podría abandonar la desagradable sensación de estar subida a un juego tan desagradable como económicamente nefasto: el tobogán gigante.

Todos los análisis que se realizan sobre eventuales soluciones al actual descalabro tienen en cuenta los aspectos materialistas del mismo. Pero prácticamente ninguno repara en los psicológicos, tal vez porque se los cree –erróneamente- alejados de los números. Es verdad que no serán las sensaciones ni las pulsiones las que achiquen el déficit del Estado, pero los humores generales sí que tienen traducción directa en los procesos macroeconómicos. Y en ese sentido, Rajoy y sus muchachos deberían marcharse a la playa profundamente preocupados: solo los acólitos más fervorosos niegan la percepción de estar en medio de una caída vertiginosa y sin suelo a la vista.

La pregunta, ya no del millón sino de los 60.000 millones de euros, es cómo se puede hacer para frenarla. Muy simple: hay que buscar un piso, un rellano, un fondo (por favor, que no sea el FMI). Los humanos, en líneas generales, amamos la estabilidad, y es a partir de ella desde la que se puede planificar, reconstruir y crecer. Mientras ello no ocurre, apenas se trata de sobrevivir y mantenerse a salvo.

La cuestión, claro, es cómo encontrar ese suelo. Una opción es esperar a que vengan a instalarlo desde afuera. Con venta de eurobonos, con inyección directa de dinero a los bancos desde cualquiera de los mecanismos que se ha inventado la UE, con mayor flexibilidad para cumplir los objetivos de déficit o con el conejo de la chistera que pueda sacarse Draghi llegado el caso. También con el tan temido “rescate total” y sus brutales condiciones. Pero no habría que engañarse. Todos estos serían suelos falsos, mentiras bien contadas, parches más o menos grandes para atenuar el descenso y estirarlo en el tiempo. Y tendrían un problema añadido: se verían como imposiciones externas, nunca como medidas propias, pensadas y tomadas por nuestros representantes. Dice la psicología que los problemas hay que asumirlos primero para resolverlos después. Y eso se hace desde dentro de uno mismo. “Los de afuera”, sentenció un célebre futbolista uruguayo de los 50, “son de palo”.

Hay otra opción, que se maneja como posibilidad y se descarta casi por automatismo: plantearse la salida del euro. Por supuesto, nadie de los que puedan tener mando en plazo la menciona en público, porque su efecto sería devastador para quien estuviese en el Gobierno en ese momento. Pero además de los factores económicos que podrían favorecer ese órdago (y que prometo analizar en breve en una siguiente entrada), abandonar el euro sería tocar un fondo. Muy profundo y después de una caída muy brusca, que generaría fracturas y contusiones que tardarían en curar, pero que acabaría con la interminable sensación de caída.

Desde ya, no se trataría solo de volver a tener una moneda propia. Habría que tomar otras muy difíciles medidas complementarias, desde devaluaciones a posibles “corralitos” transitorios. Y desde ya declarar el default, que es lo mismo que excluirse voluntariamente de los mercados internacionales para pasar a integrar el club de los “países malditos” (aunque si se mira el mercado de los seguros por impago de deuda –CDS-, del que Argentina es “líder”, once años después de su cesación de pagos, España ocupa ya el quinto peor puesto). Creo que no hace falta aclararlo: nadie espera que ni este Gobierno ni ninguno que no tenga una visión de la realidad radicalmente distinta vaya a tomarlas.

Sin embargo, y al margen de lo económico, sería una manera de dar un golpe sobre la mesa. De recuperar no solo la soberanía monetaria sino también algo de dignidad. De convencernos todos y todas de que estamos en el último rincón de un gran pozo, pero que desde allí abajo no queda otra cosa que empezar a escalar. De olvidar diferencias y distanciamientos absurdos –nacionalismos incluidos- para ayudarnos en la dura empresa. De asumir en la intimidad de nuestra psique la condición de “nuevos pobres” y comenzar a resolver el problema. Desde adentro y sin esperar ayuda de nadie, como debe ser.

Y por supuesto, sería una manera de bajarse del tobogán.

Los cráneos de este país no deberían desaprovechar las lunas de agosto para reflexionar sobre si no merecería la pena hacer caso a otras variables más allá de los números, para detener una sangría que este verano no nos está sentando nada bien.