La Viñeta del Día: Los arCHIPREstes de la guita

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Viñeta 19-03

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El Editorial del Domingo: La metáfora de la pasarela de Benavente

Benavente, un pueblo pequeño de la meseta castellana, ayer fue noticia. Como suele ocurrir en estos casos, debido a un suceso: el derrumbe de una pasarela de madera inaugurada hace un año para salvar un desnivel de 40 metros entre el paseo más bonito de la villa y una zona de recreo junto a la carretera de la Estación. No hubo daños humanos que lamentar porque la estructura ya había dado muestras de su endeblez unos días antes y estaba cerrada al público, pero la historia tiene detalles que vale la pena destacar.

El derrumbe de la pasarela de Benavente Foto: Claudio de la Cal

El derrumbe de la pasarela de Benavente Foto: Claudio de la Cal

La pasarela en cuestión, un horrendo y zigzagueante adefesio de madera que estropeaba la vista de la pequeña colina, costó casi un millón de euros al Ayuntamiento y fue levantada por una constructora perteneciente a la Junta de Comunidades de Castilla y León. Hasta aquí, todo normal. Pero hay dos detalles curiosos: por un lado, el carácter absolutamente innecesario del engendro. Para quien no conozca el sitio, el corazón de Benavente se ubica sobre la citada colina, pero buena parte del pueblo se ha ido desarrollando a sus pies. Es decir, que sus habitantes han subido y bajado miles de veces las cuestas que son parte intrínseca del lugar. Y sin dudas, hubiera sido fácil encontrar otros apartados más sensatos donde invertir el millón de euros en cuestión. Sin ir más lejos, el pequeño hospital de la localidad lleva meses contemplando cómo se van restringiendo servicios y personal, lo que obliga a los benaventanos a viajar a León o Zamora cada vez con mayor frecuencia, una incomodidad evidentemente mayor que subir o bajar las cuestas que conocen desde que nacieron.

El otro detalle tiene que ver con el apartado técnico. La empresa constructora presentó estudios técnicos favorables a su edificación, como no podía ser de otra manera. Pero otros estudios independientes indicaron desde el primer momento que los suelos de la colina son inestables y no pueden sostener durante mucho tiempo la carga de semejante estructura. De hecho, hubo quienes avisaron del peligro de la pasarela mucho antes de que comenzara a verse su fragilidad.

El hecho puede resultar menor, incluso anecdótico. En definitiva, no hubo víctimas y qué le hace una mancha de un millón de euros más al gigantesco tigre del desmadre financiero español. Pero no deja de ser metafórico: hoy por hoy, en este país casi todo parece tener los pies de barro, desde las perspectivas económicas a las promesas electorales y postelectorales, pasando por las pasarelas de los pueblos.

En medio de la desazón que produjo en la cumbre del Poder que no haya sido un español el primer Papa hispanoparlante de la modernidad –nada le hubiera venido mejor al Gobierno del PP que un compatriota en el Vaticano, por razones tanto ideológicas como de oportunismo político-, la semana dejó varias perlas al respecto.

Soraya Sáenz de Santamaría y Fátima Báñez, en la Moncloa

Soraya Sáenz de Santamaría y Fátima Báñez, en la Moncloa

El viernes, Soraya Sáenz de Santamaría y Fátima Báñez anunciaron que ya se ha puesto en marcha una nueva reforma de las pensiones. Sí, esas mismas que Mariano Rajoy prometió no tocar cuando era candidato, y volvió a prometer que las tocaba de forma excepcional hace apenas dos meses. Pues resulta que van a seguir sufriendo “tocamientos” en el futuro cercano. Y si hay que guiarse por el modelo alemán que sirve de inspiración a los popes españoles es fácil deducir la dirección a seguir: vamos hacia el “envejecimiento activo”, es decir, a trabajar hasta que el estado de salud de cada cual lo permita. O lo que es lo mismo, ninguno de los aportantes al Estado durante los años en activo verá recompensado ese dinero invertido cuando llegue a la tercera edad. Sencillamente, porque no habrá jubilación. O la habrá en un grado tan menor que no alcanzará para una vida digna.

Cuando la nueva reforma reciba la sanción correspondiente se cumplirá un nuevo capítulo de la gigantesca estafa que se está perpetrando ante los ojos de los europeos, sin que por el momento se vislumbre una rebelión acorde con el tamaño del robo.

Y las estafas son el nexo en común del resto de perlitas. La que tiene por epicentro la sede del Partido Popular queda cada día más al descubierto, y no precisamente por la transparencia esgrimida por sus dirigentes, diga lo que diga Carlos Floriano, el vicesecretario general de Organización. Las citaciones despachadas por el juez Pablo Ruz a dos ex tesoreros del partido –en ambos casos, como imputados-, se suman a las realizadas anteriormente por su colega Javier Gómez Bermúdez, y acorralan cada vez más las muy opacas finanzas de la formación en el Gobierno. Pero sobre todo, impiden que el suelo deje de moverse bajo los pies de una dirigencia incapaz de sostener sus propias mentiras más allá de declaraciones grandilocuentes, jamás acompañadas por documentos fiables que sirvan para apuntalar unos cimientos que crujen por todas partes.

Hotel de lujo en Larnaca, Chipre

Hotel de lujo en Larnaca, Chipre

La última estafa fue la anunciada ayer como “solución” para el agujero económico en Chipre. Sencillamente, consiste en meterle la mano de prepo en el bolsillo –o en las cuentas bancarias- a los ahorradores de la isla (o mejor dicho, “en” la isla, ya que los extranjeros tampoco se salvarán del desfalco) y obligarles a pagar una especie de “impuesto revolucionario” -de forma directa y sin amenazas mediante, que la UE no es ETA-, para rescatar a un sistema bancario que se hunde. Para hacerlo, y mientras tanto, el gobierno chipriota discute la implementación de una modalidad local del tan tristemente conocido “corralito” que en su día se inventó en la Argentina, destinado a evitar que la gente se lleve sus dineros de los bancos lo más rápido que pueda.

En este punto, se hace imprescindible una aclaración: no existe un modelo único y fijo de “corralito”, porque en realidad no existe un marco teórico para el mismo. En 2001, la Argentina aplicó el que sus autoridades económicas del momento creyeron imprescindible para impedir la caída de su sistema bancario. Eso hace Chipre ahora. Y eso hará en el futuro cada Gobierno que necesite echar mano de medidas semejantes. El español incluido, aunque se haya apresurado a afirmar que la situación chipriota –como la griega, la portuguesa, etc., etc.- no es extrapolable a tierras hispanas.

Los “corralitos” son una herramienta más para robarle el dinero a la gente de a pie, y especialmente a la clase media, siempre la gran perjudicada en estas situaciones. Europa lo inaugura en Chipre. Y resta por ver cómo recibirán la medida los mercados a partir de mañana. Si el temor al contagio acaba con la primavera que viven las primas de riesgo de los países en barbecho –España, Italia…-, o los cantos de sirena emitidos por Bruselas estos días, en el sentido de aflojar las presiones para reducir déficits fiscales, sirven como antídoto o al menos como calmante.

En cualquier caso, Chipre, Moncloa o la sede de la calle Génova demuestran que el subsuelo del sistema mantiene el estado de ebullición permanente que se destapó en el ya lejano 2008. Por lo que quizás, el concejal de Fomento de Benavente tenga razón cuando elude toda responsabilidad política sobre lo sucedido en su pueblo: si la solidez del capitalismo está en entredicho, ¿cómo pretender que se sostenga una simple pasarela de madera?

El Editorial: Rajoy en Numancia

Muchas veces, para comprender el presente y atisbar el futuro resulta imprescindible volver la vista al pasado, una tarea que no siempre se lleva a cabo y que alienta la natural fragilidad de la memoria.

José Luis Rodríguez Zapatero festeja el triunfo en las elecciones de 2008

“¿Qué hacía usted durante la primavera de 2008?”. Dicha así, sin anestesia, la pregunta podría desubicar a cualquiera y cabría preguntarse cuál sería la respuesta de cada uno. Aquí van unas pistas para centrarse. Por esos tiempos, por ejemplo, la crisis de las hipotecas subprime venía navegando todavía lentamente desde Estados Unidos con dirección a Europa, la selección española aun no había ganado ni Eurocopa ni Mundial alguno, y José Luis Rodríguez Zapatero (por cierto, no se registran muchos antecedentes de un Presidente del Gobierno que haya hecho semejante mutis por el foro una vez abandonado el sillón del poder) celebraba exultante su segunda victoria electoral consecutiva.

¿Ya nos hemos ubicado? Seguro que Mariano Rajoy no necesitaba ayuda para recordarlo, porque por entonces pasaba sus meses más difíciles. Derrotado nuevamente en las urnas, su permanencia al frente del Partido Popular era cuestionada desde todos los ángulos posibles. El ala dura de Génova le tildaba de fracasado; los medios más vociferantes de la derecha –en ese momento, El Mundo y la Cadena COPE- pedían su cabeza cada día; y el resto del arco parlamentario le colgaba el sambenito de perdedor incurable.

Así llegó al Congreso del PP en Valencia, convertido casi en un cadáver político… pero nadie lo pudo rematar. Mientras sus críticos alborotaban alrededor suyo, Rajoy, con su estilo silencioso y parco, fue tejiendo alianzas y desarmando conjuras en las sombras, las suficientes para salir airoso y seguir al frente de la nave popular. Ya por entonces es fácil suponer que este hombre tan poco carismático como metódico, tan misterioso como inmutable, sospecharía que los vientos empezaban a soplar a su favor y se marcó la meta de acceder a un tercer y postrero intento. El corredor de fondo nacido en Galicia ya suponía que la segunda legislatura de ZP tendría que gestionar una crisis que, si bien no se preveía tan profunda, ya amenazaba con ser lo suficientemente honda como para abrirle las puertas de Moncloa.

El ejercicio de memoria viene a cuento porque la historia se está repitiendo. Hace tres meses, Mariano Rajoy era poco más que un espectro, un zombi que vagaba por los pasillos del poder a la espera del cachetazo final. Prácticamente nadie, más allá de sus más fervientes defensores, y en algunos casos ni siquiera ellos, apostaba por su capacidad para saludar las Navidades desde el trono presidencial. En los medios y en la calle, en España y en Europa, se soltaban nombres de tecnócratas afines al sistema con boletos para sucederle, tal como hizo Mario Monti con Silvio Berlusconi en Italia. Y otra vez, como en 2008, casi nadie acertó.

Rajoy se atrincheró en su silencio y su tozudez, en sus ambigüedades y sus convicciones, y a dos meses de tomar las uvas, su posición parece más firme que nunca. Esta semana que pasó, las cifras del Banco de España vinieron a darle la razón sobre lo que viene anticipando desde hace diez días:

Fuente: Banco de España

la hucha del Estado ha mejorado aunque sea de manera transitoria su famélico aspecto, los pagos de vencimientos de deuda y otras cuentas están prácticamente asegurados hasta enero, y salvo hecatombe imprevista, hasta el año próximo no debería haber novedades sobre el tan anunciado y temido rescate.

No es, para nada, una mala noticia, si se tiene en cuenta que un rescate con todas las de la ley vendría acompañado de un ajuste más severo en las condiciones y un control más estricto de su cumplimiento por parte de la troika UE-FMI. Pero, ¿es buena noticia? Aquí la respuesta ya no es tan contundente.

Rajoy, a fuerza de no apresurarse y esperar que los vientos girasen a su favor, ha ganado tiempo y oxígeno. Ha procurado cumplir a rajatabla la ruta señalada desde el eje Berlín-Bruselas, lo que favoreció aquella promesa de Mario Draghi, titular del BCE, acerca de la compra de deuda a los países con problemas. Y su consecuencia ha sido inmediata: una calma relativa en los mercados, que permitió a España inyectar varios paquetes de bonos y letras y con ellos obtener la liquidez necesaria para afrontar los vencimientos de octubre.

No es poca cosa, tal como estaba el panorama, y al Gobierno le da margen para centrar su atención en apenas un par de frentes de aquí al 31 de diciembre: acercarse lo más posible a los objetivos de déficit prometidos a Bruselas, y trabajar a fondo en la campaña previa a las elecciones en Cataluña y, sobre todo, en lo que vaya a ocurrir después, si por fin el independentismo resulta triunfador.

Pero la realidad es que todo esto no cambia nada de la situación de fondo. España sigue a años luz de abandonar la recesión, el crecimiento es una quimera, las cifras de paro continuarán aumentando, y la prima de riesgo se mantiene por encima de los 400 puntos. Un valor que parece poco, comparado con los más de 600 que alcanzó hace algunos meses, pero convendría no olvidar el escándalo que montó el propio Rajoy cuando estaba en la oposición y la bendita prima superó los 300 puntos, por entonces “inadmisibles” y que hoy se ven como si fuesen las segundas rebajas de temporada.

Y esa situación de fondo indica que las condiciones de vida del españolito medio no solo están peor que antes, sino que no hay cambio de tendencia a la vista. El rescate sin duda agravaría aun más la caída por el tobogán de la depresión económica, pero aunque más suaves, las medidas gubernamentales para evitarlo recorren los mismos senderos. La imposición del euro por receta en la Comunidad de Madrid, el aumento generalizado de tasas en Castilla-La Mancha o en el ámbito judicial, la profundización de la reforma laboral en las administraciones públicas, o el retraso en la edad de jubilación anticipada son las últimas muescas de un revólver que va matando cualquier atisbo de recuperación o salida.

Griten lo que griten los manifestantes que ocupan las calles casi cada día, la crisis/estafa la estamos pagando y la vamos a pagar entre todos, euro a euro, trabajando más horas y más años en peores condiciones, y aportando a las arcas generales más de lo que el Estado nos devolverá en forma de servicios.

Este deterioro progresivo e implacable de la calidad vital de la mayoría debería ser la prioridad número uno para el grueso de la población, porque marca el epicentro de nuestra cotidianidad. Todo lo demás es juego político y danza económica, divertimentos en los que participan un núcleo muy pequeño de invitados.

Uno de ellos, de barba canosa y rostro impávido, suele dedicarse apenas a mirar, callar y esperar. Nunca será el alma de la fiesta, pero nadie le podrá negar jamás su asombrosa capacidad de resistencia. Se llama Mariano Rajoy y no vive en Numancia sino en la Moncloa, donde empezará 2013 como Presidente del Gobierno.

Solo los más memoriosos lo hubieran afirmado hace tres meses.