La Entrevista: Daniel Kaplún Hirsz (sociólogo)

“Por ahora, la exigencia social es nostálgica. Queremos que nos devuelvan lo que nos han quitado. Cuesta aceptar que la vuelta atrás es imposible”

– Una charla sobre las nuevas organizaciones sociales que van surgiendo.
– Los parecidos y diferencias entre la España actual y la América Latina de los 70.
– ¿Puede surgir un Amanecer Dorado en nuestro país?

Daniel Kaplún Hirsz, en su despacho madrileño

Las canas de Daniel Kaplún Hirsz concentran mucha vida. Nacido en Uruguay, donde se graduó como Sociólogo en 1974, conoció en su país el difícil período de luchas y represiones en la convulsa década del 70, cuyo final le vio desembarcar en España. Y aquí lleva desde el 79, estudiando nuestra sociedad desde ángulos muy diversos. Porque es profesor de Técnicas de Investigación Social en la Universidad Carlos III de Madrid, pero también investigador en Tecnologías de la Información y Comunicación, y en las diferentes empresas por las que pasó ha realizado numerosas encuestas y estudios electorales o de opinión pública. Una charla con él necesariamente abarca muchos temas y se prolonga en el tiempo.

Por eso, esta entrevista constará de dos partes, igual de interesantes, pero sobre temas diferentes. Y es que Daniel Kaplún tiene mucho que decir.

Voy a empezar por algo fácil. Dígame por favor qué va a pasar en este país. Ja, ja. No tengo la bola de cristal. Yo miro cosas, aplico un marco teórico sociológico que permite abstraerse de lo cotidiano; y por otro lado, intento aplicar mi propia experiencia histórica. Soy uruguayo y a mí esta situación me recuerda mucho la de Uruguay a finales de los 60, cuando pasó de ser “la Suiza de América”, el país más igualitario de la región, a venirse todo abajo de repente, porque se fue gestando una agudización de las contradicciones que estalló a finales de esos 60 y básicamente en los 70.

¿Y cómo acabó aquello? En una represión brutal.

¡Glup! Muy bien no empezamos… ¿Pero usted cree que los movimientos sociales en España y el sur de Europa se parecen a los de América Latina de los 70? Es más, ¿cree que mantienen una relación adecuada con lo que está pasando? En España, y también en Italia, vamos con cierto retraso con respecto a Grecia, tendría que haber mucha más conflictividad social de la que está habiendo. Sin embargo, creo que la aceleración de esta conflictividad está siendo exponencial desde mediados del año pasado. Probablemente acabaremos por ponernos al ritmo de la paliza que la población está recibiendo.

¿Y a qué se debe ese retraso? Normalmente, los movimientos sociales tienden a reaccionar de esta manera, sobre todo cuando lo hacen ante una pérdida. Una cosa es: tú no tienes nada y de repente aparece un movimiento reivindicativo. Y otra cosa es: tú tenías, te lo están quitando y primero tratas de defenderte a ti mismo, de salvar tu culo. Pasado el tiempo, cuando te das cuenta que no puedes salvarte solo, entonces empiezan los movimientos organizativos. Estamos en esa etapa. Hay un número creciente de individuos que perciben que tienen que organizarse o acudir a organizaciones que ya existen. Y entre ellas hay algunas que están marcando un camino y otras que van a rastras.

¿Cuáles van a rastras? Los sindicatos mayoritarios. En principio, como la gente, intentaron salvarse en función de su posición institucional. Pero como ven que no pueden, porque la marea de la derecha los sobrepasa por un lado; y la popular, por la izquierda, no van a tener más remedio que cambiar su posición.

¿Y quiénes los están pasando por izquierda? Las organizaciones formadas por gente directamente afectada por la crisis. El ejemplo más paradigmático quizás sea la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), un fenómeno que empieza  a ser investigado en las universidades; de hecho, en la Carlos III ya existe un grupo de estudio. Es gente que se organizó para enfrentar un problema muy concreto como los desahucios, y para hacerlo directamente de afectado a afectador. Pienso que detrás de eso van a empezar a surgir estructuras similares. De hecho, ya las hay, pero no con tanta fuerza.

Es decir, que la manera de asociarse está en pleno proceso de cambio. Aquí hay dos vías de salida para la clase media depauperada, que es la nueva clase emergente, la que sufre el empobrecimiento sobrevenido, gente acostumbrada cultural, social y educativamente a no tener problemas o incluso a vivir muy bien hasta hace poco tiempo, y que de pronto se viene abajo y no encuentra salida. Su primera reacción es la ocultación, debido a la vergüenza. Pero cuando se dan cuenta que eso no lleva a ningún lado se deprimen, pierden la autoestima, ven que la búsqueda de una recolocación  es imposible… Ahí el primer refugio es la familia, que echa un cable pero tiene posibilidades limitadas, y entonces se empieza recurrir a entornos más amplios. Es ahí donde surgen las organizaciones solidarias. Y lo que todavía no se ha dado, pero al final ocurrirá, es la convergencia de ambos canales, el solidario y el reivindicativo como la PAH.

¿Así de simple? No es tan simple. Todo suele comenzar de manera muy anárquica, en la que se produce una ayuda mutua, se comparten los problemas, nos damos cuenta de que nuestros dramas son colectivos; y que las responsabilidades son de otras personas. Primero llega la solidaridad, y después las reivindicaciones, pero ambas terminarán confluyendo, porque una cosa sin la otra no funciona. La solidaridad sola no vale porque los recursos son cada vez más limitados y hay poco que dar y es insuficiente para recibir. Entonces es el momento de las organizaciones reivindicativas, que se plantean la solidaridad pero además se plantean exigir.

En la calle ya se escucha el planteamiento de numerosas reivindicaciones… Sí, pero el problema es que muchas veces es una exigencia nostálgica. Queremos que nos devuelvan, volver atrás, cuesta aceptar que esa vuelta atrás es imposible. Cuando ocurra empezará la reivindicación de una nueva estructura social. Si se mira el caso griego, Syriza, el partido de izquierdas, todavía oscila entre las dos cosas. No se atreve a plantear que el sistema está agotado ni la ruptura con la Unión Europea, pero cada vez encuentra más dificultades para encontrar un punto de equilibrio entre esas dos tensiones. Y se irá inclinando hacia la ruptura del sistema. Quien piense que de esta salimos con una vuelta atrás está pirado. De esta salimos cambiados. ¿Cómo de cambiados? No lo sé, y en qué sentido tampoco. Hablo de este país y de media Europa.

Ya que ha mencionado a Grecia. La realidad allí es que, en la práctica, los movimientos sociales no han conseguido frenar ni el empobrecimiento del país ni cambiar la distribución de la riqueza. Lo único que parece crecer es Amanecer Dorado, el partido neonazi. Syriza también crece, y es una muestra de que nos vamos hacia los dos extremos. Justamente porque no consiguen volver a suavizar el sistema, tarde o temprano se verán enfrentados a él. Muchos pensamos que no hay ninguna posibilidad de volver a un capitalismo con rostro humano y demás historias socialdemócratas. Me puedo equivocar, porque también en los años 30 parecía lo mismo y apareció Keynes, pero no veo ahora en el horizonte ningún Keynes capaz de salvarle la cara al sistema.

¿Esa deriva hacia los extremos se puede esperar también en España?Aquí, de momento, no se vislumbra una formación tipo Amanecer Dorado.

Militantes de Amanecer Dorado, el partido neonazi griego

Pero cuidado, que tampoco se vislumbraba en Grecia hasta que comenzó a crecer aceleradamente sobre la base de quitarle militancia y electorado a Nueva Democracia [el equivalente al PP en ese país], y quizás también al PASOK [Partido Socialista], es decir que estaban anidando dentro y en un momento cuajaron. Aquí, por ahora, organizativamente se ve una radicalización de la derecha, sobre todo yendo a una agudización de las desigualdades; pero no la aparición de una ultraderecha. Históricamente, la situación es parecida a la Europa de los años 30, y ahí la solución radical salió por la derecha. Ese peligro existe, aunque en España lo veo diluido.

¿Y la vía de escape por la izquierda? La izquierda vive un momento de gran dispersión y desconcierto. Todavía no ha aparecido un referente claro capaz de aglutinar en torno a sí una postura antisistémica y alternativa. El PSOE no para de perder fuerzas, pero todavía tiene mucha. Y mientras eso no se destroce, algo que será inevitable, hará imposible que la izquierda encuentre su camino. El proceso es muy parecido al griego, donde el PASOK, de ser la mayoría, pasó a casi no entrar en el Parlamento. Aquí puede pasar, pero falta bastante.

Pues no nos deja muchas alternativas, sinceramente. En España empiezan a haber cada vez más organizaciones que plantean una lucha por fuera de las instituciones, al margen de ellas. Lo del asalto de los supermercados en verano fue como una “vanguardia”, una acción perfectamente planificada que buscaba generar un efecto comunicativo. La cosa cambiará de color cuando, igual que se juntan para evitar un desalojo, se junten 200 hambrientos y cojan la comida. Eso va a pasar. Todavía estamos en barbecho. Lo que ya está ocurriendo, y es el fenómeno menos estudiado, es que detrás de eso empieza a haber un movimiento de legitimación de ese tipo de sucesos. No hay nadie en su sano juicio que en este país cuestione la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Tan nadie que hasta el Gobierno no tuvo más remedio que inventarse una medida de maquillaje, porque el fenómeno ha podido con ellos. Pues lo mismo va a pasar con otras cosas, con las plataformas por la Sanidad o la Educación públicas, por ejemplo. Todo está surgiendo fuera de los canales institucionales, lo cual no significa que no quieran apropiárselos, porque no pueden quedarse afuera.

Aun así, las huelgas o las manifestaciones solo son exitosas y posibles cuando las convocan los sindicatos mayoritarios, ¿no es contradictorio? Sigue habiendo un millón de afiliados, y una estructura organizativa y una potencia que no tiene nadie más. Todo el resto es pequeñito y disperso, está discutiendo cómo organizarse, a nivel micro y centrándose en un problema o un sitio concreto. La vertebración de eso queda a años luz, y probablemente, si los sindicatos la frenan, no será posible. Los sindicatos se suman a la marea, pero ponen una capacidad de mover gente que nadie tiene. Me acuerdo la huelga de diciembre del 88 y veo las de ahora; veo la situación que había en el 88 en comparación con la gravedad de la situación actual, y es que no casa una cosa con otra. La pregunta es por qué, y creo que hay dos motivos: uno, que los sindicatos han perdido mucha legitimidad en todo este tiempo; y dos, que la gente está muy asustada. El riesgo que implica adherirse a una huelga general ahora mismo es muchísimo mayor al que existía en el año 88.

Ese 14D sí que se paró el país. Sí, pero nos lo tomamos casi como un día feriado, mirábamos el espectáculo. Estas huelgas ya no son festivas, y les crea un problema de conciencia a la gente, entre el riesgo que asumen y la necesidad que sienten de mostrar adhesión a las reivindicaciones que se plantean.

Pero es de suponer que el sistema intentará defenderse y sostener lo que quede en pie hasta las últimas consecuencias, ¿no? Por supuesto, y es lo que me hace pensar que la vuelta atrás es imposible, y que iremos hacia una profundización de las desigualdades de tal nivel que esto va a reventar, e iremos a enfrentamientos cada vez más duros con niveles de represión cada vez más duros. En el Uruguay de los 70 la situación de fuerza social estaba pareja, y lo que inclinó la balanza fue la capacidad de coacción física. Aquí estamos en un momento parecido.

Represión durante la dictadura de Uruguay en los años 70

Pero usted plantea una ecuación en la que el poder militar está en manos solo de una parte. Exacto. Es verdad que también con esas situaciones alguna vez en la Historia se han producido revoluciones, pero para eso haría falta una fractura dentro de los cuerpos de seguridad del Estado. Y además, la coyuntura es muy distinta. Acabar en una dictadura ahora es muy diferente a la América Latina de los 70, cuando estaba legitimado internacionalmente. Ahora costaría mucho más.

¿Cómo evalúa la idea que tanto se pregona de centralizar cada vez más las decisiones en organismos europeos alejados del mandato popular? No es una dictadura formal, ¿pero le suena parecido? Sí, sí, claro. Aunque ese aparato no sirve para la represión. Vale para dictaminar políticas, pero son organismos etéreos que no están en la calle, que es donde está la represión. Ahora bien, cuando se enfrenten a una realidad que los cuestiona, que los pone en la picota, veremos cómo reaccionan. O cuentan con los cuerpos físicos de un montón de individuos que tienen que acatar esas órdenes o no pueden hacer nada, se quedarán aislados. Esto es ir mucho más allá. En Grecia la represión es física y es dura, pero vamos a ver cuánto aguanta en ese nivel un policía que también tiene que comer.

¿Podemos desembocar en algún momento en sociedades orwellianas o tipo Matrix? ¿Los supraorganismos van en ese sentido? Es una posibilidad. Me preocupa mucho el tema de la expansión de las telecomunicaciones, de las redes sociales. Todos estamos metidos en eso, y de momento nos están funcionando como un instrumento multiplicador que el Poder, aparentemente, no controla. ¿Pero de verdad no lo controla? En las dictaduras del Cono Sur americano había vigilancia de cada cosa que hacían en cada minuto determinadas personas. Aquí se está funcionando en abierto, todo es público, bajo el supuesto de que no hay capacidad de controlar el maremágnum de comunicación que fluye por las redes. No estoy nada seguro de eso. No sabemos cuánto se está controlando. Al final todo circula por Facebook, Google, Twitter… por un servidor que vomita lo que le llega, ¿pero cuánto se queda el servidor? Sabemos que guarda mucha información estadística pero, ¿y a nivel individual? Lo cierto es que si en un momento dado se empieza a generar un movimiento represivo, el Poder tendrá una tremenda capacidad selectiva para cortar cabezas y liquidar la capacidad de liderazgo. Y sin líderes se acaba la organización, que fue lo que pasó en el Uruguay de los 70.

El estómago todavía no protesta

Foto: ABC.es

Otra manifestación más ha recorrido las calles madrileñas, con su colorido, su tranquilidad apenas alterada (cuatro detenidos, ya liberados, porque se negaron a ser identificados cuando llevaban una pancarta convocando a rodear el Congreso el 25S), sus cánticos ya conocidos, sus mensajes esperados y su habitual guerra de cifras. Quizás haya habido menos gente de la que esperaban los convocantes –el cálculo fue difícil porque hubo movimiento constante y la desconcentración comenzó antes de que acabaran de llegar las columnas-, sin dudas hubo mucha más de lo que asegura la Delegada del Gobierno.

Pero no es el caso. Lo interesante no es analizar el nivel de éxito alcanzado hoy sino el carácter general de estas manifestaciones, sus objetivos, su modalidad, sus logros…  Porque no ha sido la primera, ni mucho menos será la última, y en definitiva, resultan las muestras más numerosas y contundentes del malestar popular. Y sin embargo, la sensación es que se han hecho rutinarias, que no incomodan al Gobierno, y posiblemente, tampoco convenzan a buena parte de sus convocantes.

La sensación general

No hay dudas de que el español medio está cabreado, molesto con lo que pasa, lo que intuye y lo que le cuentan. ¿Pero hasta qué punto? O dicho de otra manera, ¿cuántos días al mes ese enfado se traduce en acción, en participación, en compromiso y trabajo? Es difícil hacer un estudio sociológico tan amplio, pero la sensación general es que por ahora y en su amplia mayoría, ese español medio, con o sin trabajo, solo está dispuesto a moverse en momentos puntuales y una vez cada tanto. Es verdad que desde julio hay grupos que mantienen los paros parciales y cortes de calles en algunos centros públicos; también que la semana que viene están anunciadas huelgas en educación, ferrocarriles o en el metro de Madrid. Pero es igual de cierto que el estado de ebullición creado antes del verano no ha ido a más, no ha fermentado, y hasta cabría decir que le ha costado mantener el grado creciente que sí sostiene el Gobierno en recortes y reformas.

Por supuesto, cabe preguntarse por qué. Un periodista argentino escribió hace unos días un tweet referido al comentario de un economista: “Dice Navarro que Europa y Estados Unidos están destruidos. Este año estuve en Londres, París, Roma y NY. Ya me gustaría estar así de destruido”. Como en todos los aspectos de la vida, la percepción cambia según el ojo de quien mire. Los efectos de esta crisis cada vez más prolongada son innegables, pero la realidad es que todavía no afectan la línea vital de la mayoría de los habitantes de este país.

Ya sea por la existencia de un amplio mercado de trabajo en B, por las redes familiares, los ahorros acumulados o el funambulismo económico, lo cierto es que la actual situación refleja un indudable descenso en el nivel de vida general, pero sin llegar a límites intolerables. Se vive peor que hace unos años, y de ahí el cabreo, pero se sigue viviendo relativamente bien. Y se nota cuando de protestar se trata.

¿Quiénes protestan y por qué?

Foto: AMP

Las manifestaciones de este último año, sin importar el número de participantes, tienen elementos en común. Son pacíficas, son bullangueras, incluso algo festivas. Pretenden expresar el malestar, pero sin pasarse. Sus participantes, en un porcentaje abrumadoramente mayoritario, son gente que ha perdido el trabajo o teme perderlo, o que continúa en su puesto aunque en peores condiciones, o jubilados y prejubilados que por el momento mantienen intacta su renta, o jóvenes estudiantes o en paro que dependen de sus padres pero no les falta nada para cubrir sus necesidades básicas, smartphone incluido. Todas y todos son conscientes de la pérdida de derechos y de oportunidades ya producida, e intuyen que es una tendencia en aumento. Y entonces se suman a la protesta, y salen a la calle cuando son convocados para las grandes ocasiones. Y acaban la jornada tomándose unas cervezas jocosamente con los amigos en los bares de la zona. Y se vuelven a casa hasta la próxima “manifa” grande, de aquí a un mes, más o menos. Pero no están dispuestos a mucho más.

¿La razón? Tal vez porque el proceso que les lleva a la protesta es intelectual y no gástrico. O dicho de otra manera, porque la queja sale de la cabeza y no del estómago. Por supuesto que hay gente que sí está pasando hambre y problemas de extrema gravedad. Pero se deja ver poco en estas marchas (muchos pertenecen al colectivo inmigrante, que no participa, ya sea por miedo o por no sentirse parte de lo que ocurre), y en todo caso, todavía es una minoría. Por eso, el periodista argentino no alcanzaba a ver qué era eso de la “destrucción”.

Los límites de la queja

Este punto de partida del malestar marca también los límites del compromiso. Movimientos como el 15M no han multiplicado su número de integrantes en este año –hablamos del trabajo diario, no de las simpatías que puedan despertar. Más aun, ni siquiera han podido mantenerlo. Y esto, a pesar del triunfo del PP en las urnas, del empeoramiento drástico de la situación y de la crudeza creciente de las medidas económicas adoptadas.

El resultado es la imposibilidad de endurecer la protesta. No lo harán los sindicatos mayoritarios, porque sus cúpulas no tienen ninguna intención de enfrentarse de verdad al Gobierno y perder su posición de privilegio en la representación de “los trabajadores”. Y tampoco lo pueden hacer desde las plataformas alternativas, porque sienten que no hay una base firme que sostenga ese endurecimiento. Así, cuando surge una iniciativa como la de ocupar el Congreso el 25S, más allá de sus múltiples defectos de convocatoria, el sentido común invita a recular, porque la idea suena más a invitación a la inmolación que a propuesta con posibilidades mínimas de éxito.

De esta manera, las grandes concentraciones repiten su tono amable, semifestivo, con ese aire de ir a pasar un rato agradable con los amigos y aliviar la conciencia “porque estoy luchando por los derechos de todos”. La realidad es que, hoy por hoy, no se avista una opción diferente.

¿Y cuál es el objetivo?

Queda un último aspecto a tener en cuenta, la verdadera meta soñada por aquellos que dedican una mañana de sábado –o un sábado completo si viajan desde fuera de Madrid- a gritar su cabreo contra el Gobierno. En este caso es muy probable que la respuesta sea más heterogénea. Sobre todo, porque el amplio conjunto de viejos (y nuevos) luchadores de base en fábricas, minas, el campo, sindicatos y partidos de izquierda siempre dicen presente. Y en su caso, no cabe duda que saben lo que persiguen, que quieren cambios profundos, los mismos que hubiesen querido en tiempos de la Transición y a lo largo de todas estas décadas.

Pero, ¿y los demás? ¿Los que se han sumado a partir del recrudecimiento de la crisis? ¿Pretenden de verdad una ruptura con el sistema hasta ahora conocido o en su mayoría simplemente desean un golpe de timón que devuelva la situación a la existente hasta 2007, a ese dolce far niente que anestesió al conjunto de la sociedad para traernos hasta este punto? La pregunta es incómoda, y la contestación necesitaría de un concienzudo trabajo de campo para ser rigurosa. En su ausencia, no queda más remedio que valerse de los resultados electorales, que dejan la respuesta más cerca de la segunda opción que de la primera. Y no solo por la victoria del PP. El éxito de CiU en Cataluña o el crecimiento de UPyD van en el mismo sentido: ninguno de ellos romperá jamás la baraja ni en lo social ni en lo económico, porque cada cual con sus matices entiende el mundo al ritmo que establece el poder del dinero.

Hay otro dato que refrenda esta apreciación. Como en casi todos los países desarrollados, el crecimiento económico motivó una transformación de la actividad humana. En 1970, la industria, el campo y la pesca empleaban al 54,6% de la población española, contra el 36,5 del sector terciario (servicios). En 2010, el 72,8% trabaja en servicios (y más del 80, si sumáramos la construcción), mientras la suma de los sectores primario y secundario no llega ni al 18,5%. Y hasta ahora, ninguna revolución ha surgido de las oficinas, los hoteles y los restaurantes.

Es cierto que siempre y para todo existe una primera vez, pero la dinámica de los movimientos de masas que desde hace algo más de un año recorren España no parece por el momento madura para lograr transformaciones significativas. Por eso, y en tanto no haya disturbios de mayor dimensión, el Gobierno no demuestra sentirse incómodo con ellas, más allá de tomar nota del disgusto de una parte de la población.

La conclusión

¿Cuál es el camino entonces? Sin dudas, a la cada día más expoliada clase trabajadora española no le queda otro sendero que persistir en la protesta. Pero al mismo tiempo, sería imprescindible una reflexión –personal y colectiva- sobre algunos de los interrogantes planteados. Y en función de ello, y si el resultado es una mayor conciencia sobre la amenaza de pérdida de derechos y oportunidades que acecha detrás de rescates y reformas, no estaría de más aumentar los niveles de participación y compromiso en la tarea cotidiana de enfrentarse al Poder. Solo así se irá ensanchando la base sobre la que asentarse para darle otro cariz a manifestaciones, marchas e incluso huelgas.

Eso, o esperar a que sean los estómagos los que empujen a tomar las calles.

El Editorial del Domingo

¿Y EL PUEBLO DÓNDE ESTÁ?

No hay nada mejor que asumir una situación, porque permite acostumbrarse y convivir con ella, y así empezar a pensar en otras cosas. Esta semana que termina tuvimos una comprobación práctica de este dogma de la psicología. Cómodamente instalada en una horquilla entre 530 y 560 puntos, sin vaivenes bruscos que reseñar, de pronto la prima de riesgo dejó de ser noticia. El nivel sigue siendo altísimo, insostenible a largo plazo para cualquier economía e incompatible con una mínima posibilidad de crecimiento, pero la estabilidad genera hábito, y este deriva en seguridad. Aparente, pero seguridad al fin y al cabo.

Algo semejante ocurre con la respuesta popular a los recortes, ajustes, aumentos de impuestos y otras medidas que la crisis, Bruselas y Berlín imponen, y nuestros Gobiernos aceptan sin remilgos. (Por cierto, además de la calma en los mercados y la andanada de medallas olímpicas que sirvieron para distraer y levantar los ánimos generales, también las vacaciones del Ejecutivo han colaborado para extender la calma veraniega… Tanto, que hay mucha gente tentada en pedir que las prolonguen por unos cuantos meses).

El brote de indignación que siguió al principal paquete de medidas, sobre todo las que afectan a empleados públicos, parecería agotado. Porque ha desaparecido de los medios de comunicación. Pero es una falsa percepción, y como ocurre con la prima de riesgo, sigue allí, firme y dispuesto a volver al centro de la escena. En la mañana del jueves, sin ir más lejos, el Paseo de la Castellana vivía dos cortes simultáneos: uno a la altura del Hospital de La Paz y otro en Nuevos Ministerios. Y para nada son casos aislados. La hora del desayuno/aperitivo se ha convertido en hora de protesta en infinidad de centros públicos. Resulta muy sencillo suponer que si esto es así en pleno agosto, sus ecos y efectos se multiplicarán en septiembre.

Algo semejante ocurre en el resto del arco popular que se siente disconforme con la tendencia económica en marcha, y sería un enorme error de cálculo pensar que solo Sánchez Gordillo y el SAT enarbolan hoy la bandera del cabreo. El 15M, o mejor dicho, las Asambleas de pueblos y barrios de toda España atraviesan el segundo período estival desde su nacimiento sin que se vislumbre peligro de extinción. Es indudable que han perdido efectivos y fuerza relativa, pero también lo es que su aura cubre un espectro más amplio que su realidad, y que sus reivindicaciones, su ideario y hasta su vocabulario inundan los discursos de todo aquel grupo que se sienta motivado para protestar o pedir un cambio.

Tanto es así, que incluso colectivos ubicados en sus antípodas intentan imbuirse de cierto “aire 15M” para ganar legitimidad. Le ocurrió a una marcha de dudosa procedencia que pasó casi desapercibida el pasado 27 de julio. Y le sucede a la sospechosa llamada a “tomar el Congreso”, prevista para el 25 de septiembre. Sin siglas detrás ni convocantes concretos, bastaron algunos carteles en las calles, mucho ruido en las redes sociales y un manifiesto que intenta no dejar fuera ningún aspecto de la indignación -desde el medio ambiente a las reivindicaciones de género-, para situar la acción en el centro de la protesta popular.

El problema es que la propia convocatoria cojea por todas sus patas. Arranca con una pretensión imposible –mucho más, si se le pone fecha y hora anticipadas-, y continúa sin especificar cuáles serían los pasos a seguir si triunfara la “toma del Congreso”, ni propone un plan B en el caso de que el edificio de los leones en la puerta permanezca incólume. De hecho, numerosas Asambleas Populares ya han manifestado su rechazo explícito; y en diferentes ámbitos se plantea si se está ante un acto de voluntarismo ingenuo o en las puertas de una provocación que justifique mayores medidas represivas o, incluso más allá, comience a preparar el campo para hacer más “vendible” un futuro cambio en la Moncloa.

Las respuestas auténticas, las que se están gestando en los centros laborales, no marchan por esas sendas extremas, pero sí pretenden ajustar las tuercas y encender las calles. La previsible huelga general que asoma en el horizonte no será en esta ocasión una medida aislada, sino un eslabón dentro de una cadena creciente de desobediencia civil. Porque por primera vez, la unidad de acción en las bases quiere situarse por encima de banderas sindicales o las ideologías de fondo, e incluso poner en entredicho el accionar de las hasta ahora todopoderosas cúpulas. Y si ello ocurre, las ventanas de la revuelta social quedarían abiertas de par en par.

El comienzo del nuevo curso, pero sobre todo lo que ocurra a partir de mediados de septiembre, marcará la pauta de hasta dónde cuaja lo que viene arraigando durante el verano. Mientras tanto, vale con Sánchez Gordillo para recordar que el pueblo sigue estando donde suele estar.