La bala en la recámara

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«Yo soy la bala en la recámara», decía Oscar Pistorius, el atleta sudafricano con piernas de fibra de carbono, en un anuncio de Nike.

Pistorius fue detenido ayer, acusado de asesinar a balazos a su novia, la modelo Reeva Steenkamp.

Nike retiró hoy el anuncio de las páginas web.

El Editorial del Domingo

OLA (MUNDIAL) DE ASALTOS

Si hay un tema recurrente al que suelen referirse los medios de comunicación de medio mundo es el de la seguridad. Pocas cuestiones resultan más sensibles para alterar el ánimo popular que apelar al miedo que cualquier persona siente al imaginarse atacada, robada, asesinada, o la forma que se elija de invasión de la privacidad. Por eso se ha convertido en un arma utilizada urbi et orbi. En nombre de la seguridad, y en aras de mantener el status quo a cualquier precio, se dictan leyes represivas de todo tipo, color y tamaño, que atacan desde lo intelectual (Estados Unidos, con toda su aura de libertad, puede dar cátedra en ese aspecto) hasta lo físico. Pero también se actúa con contundencia, por lo general para proteger a los más poderosos. Y en una variante más sofisticada, es la herramienta preferida para atacar a gobiernos que, según sus opositores, no emplean la suficiente “mano dura” para defender sus intereses, o la emplean de manera selectiva. Funciona así. No hay poder más inmovilizador que la creación de miedo.

Toma de la Universidad de Chile esta semana.

En ese sentido, hablar de “ola de asaltos”, la forma más elemental y socorrida de esparcir temores, ya casi no sorprende a nadie. Basta con poner esas tres palabras en Google para que aparezcan noticias desde España a la Argentina pasando casi por todos los países hispanoparlantes (no hice la prueba en inglés, pero tampoco será muy diferente). Tampoco resulta del todo llamativo lo ocurrido en esta semana, pero entiendo que sí merece una reflexión. Porque en estos días precedentes hemos asistido a una auténtica ola mundial de asaltos de diversas modalidades y calado. Hagamos repaso. En Chile, la policía entró con inusitada violencia a tres colegios tomados por estudiantes que luchan desde hace algo más de un año por una educación pública y gratuita, en lugar de la privada y de pago que fomenta el Gobierno de Sebastián Piñera. En Sudáfrica, la policía mató a más de 35 trabajadores que ocupaban una mina de platino de propiedad británica, en protesta por sus condiciones salariales. En Londres, las autoridades amenazaron –aunque por ahora no lo hicieron- con asaltar la Embajada de Ecuador para sacar de allí a Julian Assange, el fundador de Wikileaks, y poder extraditarlo a Suecia.

Las integrantes del grupo Pussy Riot.

En Rusia, las integrantes del grupo musical punkie Pussy Riot fueron condenadas a una desproporcionadísima pena de dos años de cárcel por cantar en una iglesia; y la fiesta del Orgullo Gay –o cualquier otra manifestación homosexual- fue prohibida hasta el año 2112 (sinceramente, cuesta entender por qué decidieron autorizarla ese año). Y en Alemania, el Tribunal Constitucional autorizó al Ejército a actuar dentro de su territorio “contra posibles amenazas terroristas”. Cabe recordar que desde la caída de los nazis, los militares alemanes tenían expresamente prohibida toda intervención contra la población civil.

Entiendo que a primera vista puedan parecer hechos inconexos y poco relacionados entre sí, pero en los tiempos de la globalización el “efecto mariposa” es mucho más habitual de lo que nos imaginamos. De acuerdo en que su coincidencia en la misma semana puede resultar casual, pero también es cierto que existe un evidente hilo común en todos estos casos: los asaltos los perpetra el Poder, porque es el Poder, o el Sistema, o como queramos llamarle, el que se siente amenazado. Por aquellos que protestan o reclaman, por los que difunden datos confidenciales, por los homosexuales, los ateos y hasta por lo que pudiera pasar. No olvidemos, por poner un ejemplo local, que en España ha quedado pendiente de sanción para la próxima legislatura una reforma del Código Penal que castigará con cárcel la difusión o promoción de manifestaciones en las redes sociales, o la resistencia pasiva a la Autoridad, entre otras medidas de endurecimiento a favor de la “seguridad”.

Es notable cómo, de manera sigilosa y casi imperceptible, el mundo va avanzando hacia un megaestado tipo Matrix. Ocurre a nivel económico, con la cesión de autoridad y soberanía desde los países a superestructuras alejadas de todo control popular, es decir, antidemocráticas, como es el caso del BCE en Europa. Y también pasa con este tipo de medidas y acciones, que podrán ser independientes entre sí, pero que no diferirían demasiado de las que dictaría un único Gobierno mundial, si tal cosa existiese en el futuro.

Pensar que aquí los medios de comunicación masivos montan la de Dios porque Sánchez Gordillo roba cuatro carros de comida de un supermercado. Claro que es lógico, ellos también forman parte del Sistema. Ellos también participan en la ola de asaltos.

Solo que los suyos son asaltos de verdad.

Doping, otro eslabón en la cadena de la hipocresía

Hoy, que por fin se produjo el esperado debut del atleta sudafricano Oscar Pistorius en unos Juegos Olímpicos, después de años de polémicas, juicios y controversias (y también el de Marta Domínguez, por cierto), creo que hay que dedicarle unas líneas al meneadísimo tema del doping.

Oscar Pistorius, esta mañana en Londres 2012

Vaya por delante mi admiración por el afán de superación y el espíritu de lucha de una persona como Pistorius, pero creo que merece la pena recordar la definición de doping que brinda el propio Comité Olímpico Internacional: “la administración o el uso por parte de un individuo sano… de cualquier agente o sustancia que no está presente normalmente en el cuerpo… y/o de cualquier agente o sustancia fisiológica introducido en cantidades adicionales a las normales… y/o por una ruta anormal y/o de manera anormal… con el propósito y el efecto de un aumento artificial y una manera injusta del funcionamiento de ese individuo durante el periodo de competición”.

Los párrafos subrayados no lo están por casualidad. Si alguien no tiene la musculatura necesaria para afrontar una lucha grecorromana y toma nandrolona es doping, salvo que juegue en la NBA, donde los controles no existen ni siquiera durante los JJOO. Si ha perdido sus piernas y se injerta unas prótesis de carbono, no lo es. Curioso rasero de medir.

Partamos de una base: el doping es una de las grandes hipocresías de nuestra sociedad. La practicamos a diario, todos y todas. Desde aquel que se toma un tranquilizante antes de una importante reunión de negocios, una aspirina en medio de la jornada laboral o un estimulante antes de dar un concierto a aquella que se somete a una operación de estética para ganar un contrato como modelo, actriz o un concurso de belleza. En todos los casos, el fin es el mismo: mejorar el rendimiento gracias a un método artificial y dentro de un entorno competitivo. Sin embargo, al único que se le mide la orina o la sangre es al deportista de élite, el mismo a quien se le pide que haga cosas sobrehumanas como nadar en tiempos récord tres veces en dos horas, subir varios puertos de montaña cuatro días seguidos, o jugar agotadores partidos de tenis uno tras otro. Parece injusto, ¿no? Pero está aceptado. Quien se dopa en el deporte pasa a ser un apestado, cuando en realidad casi nadie tendría autoridad moral para juzgarlo, miembros del COI incluidos.

¿Qué diferencia a Pistorius, o a los jugadores de la NBA, del resto de deportistas? No es difícil deducirlo: que garantizan espectáculo. Y espectáculo es audiencia televisiva, y esto es mayor interés de los anunciantes, y esto es más dinero para el COI, ¿me siguen?

Desde el punto de vista humano, la participación de Pistorius en Londres 2012 conmueve, emociona. Pero siendo estrictamente legales, Pistorius es un atleta paraolímpico: utiliza algo que no está presente en su cuerpo para aumentar de manera artificial su rendimiento, y saca ventaja de ello, porque sus piernas de carbono no registran cansancio ni rozaduras ni ampollas.

Pero quién se fija en esas minucias en el Reino de la hipocresía que hemos creado…