El Editorial del Domingo: El bipartidismo ha muerto

Nunca aparece dentro de los grandes inventos del siglo XX, y sin dudas es un olvido injusto, porque su creación permitió diseñar las sociedades occidentales tal como las conocemos y tal como las hemos vivido desde hace varias generaciones en buena parte del globo. O al menos, en la parte del globo que ha detentado el Poder desde tiempos coloniales.

El invento se llama bipartidismo, y sin dudas no nació por casualidad, como casi nada de lo que fue conformando una perfecta maquinaria de control de la ciudadanía para satisfacer las necesidades de producción y consumo que alimenta el sistema en el que nos desarrollamos. En su concepción y mantenimiento participaron todos los engranajes que manejan la economía, desde la banca a las corporaciones empresariales, pasando por supuesto por los medios de comunicación, indispensables para delimitar el juego democrático solo entre dos opciones, en teoría siempre diferentes pero siempre muy parecidas, y sobre todo, siempre respetuosas de los poderes reales: los mercados, el dinero, el empresariado, la religión…

No se puede negar que fue un buen invento, porque ha funcionado durante demasiado tiempo. Pero agoniza. Y en algunos sitios ha muerto. En Italia hace ya tiempo, cuando la corrupción socavó la credibilidad de democristianos y socialistas. En España ahora mismo, y en estos días asistimos a su funeral.

Ni NiLos dos grandes partidos que han dominado el panorama político desde el triunfo de Felipe González en 1982 atraviesan hoy sus peores días. Por razones en apariencia distintas, aunque coincidentes en el fondo: son metáforas de una época que se va, de un cambio del cual no se puede predecir el rumbo pero sí su carácter de inevitable.

La semana que se acaba dio muestras fehacientes de esta realidad. Por un lado, la fractura producida entre la secretaría general del PSOE y la cúpula del socialismo catalán parece darle la puntilla a aquel arrogante partido que en los 80, y también en los tiempos más cercanos de ZP, contaba sus votos por encima de los diez millones. Por el otro, la pestilencia de la corrupción a gran escala que surge de la sede del PP aventura un final apocalíptico a la aventura de Mariano Rajoy en la cima del poder.

Pere Navarro

Pere Navarro, primer secretario del PSC

Para el PSOE, Cataluña fue siempre una fuente segura de votos. Durante décadas allí se votó derecha nacionalista en las autonómicas y socialismo en las generales, pero el estallido soberanista puso patas arriba el tablero de juego, y en estos días, cuando primero pidió la abdicación del Rey Juan Carlos; y después al votar en sentido contrario al PSOE en el Congreso por el tema de la consulta independentista en Cataluña, el número 1 del PSC, Pere Navarro, terminó de abrir la zanja con la línea que siguen en la calle Ferraz de Madrid.

El movimiento de Navarro tiene su lógica. La crisis económica va derivando en institucional de manera acelerada, y en ese contexto, la posibilidad de secesión de Cataluña gana puntos cada día. Entonces ya no caben medias tintas, y llegado el momento de mojarse, los socialistas catalanes maniobran en función de su propia subsistencia, sin reparar en el destino de sus hasta ahora socios a nivel estatal. En una futura e hipotética Cataluña independiente, quien no haya apoyado de manera firme el paso de la separación estará condenado al desguace, y el PSC necesita recuperar el terreno perdido.

Entonces Navarro apostó fuerte y apuntó donde duele. Rescató la raíz republicana del socialismo catalán y tiró un misil teledirigido a la Casa del Rey. No pidió el fin de la Monarquía, apenas el retiro de un soberano maltratado por la edad, la salud y los escándalos que crecen a su alrededor. Pero para un partido como el PSOE, que siempre ha mostrado lealtad absoluta a la figura de Juan Carlos, semejante manifestación resulta imposible de digerir.

Así, el divorcio está servido. Cuando se firme, el partido fundado por Pablo Iglesias estará rubricando su derrumbe definitivo. Desgastado por la desastrosa gestión de la crisis económica, sin proyecto, sin un discurso coherente, sin líderes y sin el apoyo catalán su destino será similar al del PASOK griego, una organización menor y sin mayor peso que su prolífica historia.

En la acera de enfrente no están mejor. Lo que no pudieron lograr millones de personas durante un año largo de lucha en las calles está a punto de conseguirlo un solo hombre. Luis Bárcenas amenaza con sepultar al Partido Popular, y quizás arrastrar con él al Gobierno de Rajoy. El culebrón de las andanzas del ex tesorero entrega de modo permanente capítulos nuevos –y a veces desopilantes, como la patética explicación sobre la indemnización pagada que dio María Dolores de Cospedal-, y solo el propio Bárcenas, convertido en guionista, director y protagonista principal de la serie, conoce el final.

Juez Pablo Ruz

Juez Pablo Ruz

El paso dado por el juez Pablo Ruz para buscar conexiones entre la trama Gürtel y los papeles de Bárcenas puede ser en ese sentido decisivo para destapar el mayor caso de corrupción institucional de la democracia española, porque abarcaría dos facetas: financiación ilegal del PP y enriquecimiento ilícito de varios de sus principales dirigentes.

Y lo que ocurra en el ámbito judicial tiene y tendrá, automáticamente, su reflejo político. El primero ya es evidente. En Génova han perdido los nervios. Lo demostró el balbuceo incoherente de Cospedal y lo certifican todas las fuentes, que hablan de disensos crecientes entre los diferentes grupos de poder del partido. Suele ocurrir. En este tipo de organizaciones hay dos tipos de conflictos latentes: para pelear por trozos de la tarta cuando se gana, o para echar las culpas cuando se pierde. En este caso, el PP inaugura una tercera vía: la lucha por escapar lo menos sucio posible de un barrizal que salpica a todo el mundo.

Pero en tanto esta sea la principal preocupación de sus dirigentes ni podrán gestionar como corresponde la peor crisis que vive España desde los tiempos de posguerra -en el supuesto caso que supieran hacerlo-, ni se percatarán de la lastimosa imagen que ofrecen a la sociedad. El resultado, inevitablemente, ya empiezan a adelantarlo las encuestas y se verá en la próxima cita con las urnas: la hemorragia de votos será inexorable.

Hoy por hoy es una quimera vaticinar cuándo los españoles volverán a ser convocados a elecciones, pero sí se puede asegurar que el escenario que saldrá de ellas no guardará ninguna relación con lo conocido hasta la fecha. ¿Habrá una subida fuerte de las opciones de izquierda? ¿Surgirá alguna fuerza de centro, por ejemplo la propia UPyD, capaz de aglutinar el voto disidente de los gigantes caídos en desgracia? Cualquier afirmación en este sentido es jugar a las adivinanzas.

Lo único concreto es que uno de los grandes inventos del sistema capitalista para mantener el control estricto del poder está a punto de pasar al desván de la Historia. El bipartidismo ha muerto. Descanse en paz…

El estómago todavía no protesta

Foto: ABC.es

Otra manifestación más ha recorrido las calles madrileñas, con su colorido, su tranquilidad apenas alterada (cuatro detenidos, ya liberados, porque se negaron a ser identificados cuando llevaban una pancarta convocando a rodear el Congreso el 25S), sus cánticos ya conocidos, sus mensajes esperados y su habitual guerra de cifras. Quizás haya habido menos gente de la que esperaban los convocantes –el cálculo fue difícil porque hubo movimiento constante y la desconcentración comenzó antes de que acabaran de llegar las columnas-, sin dudas hubo mucha más de lo que asegura la Delegada del Gobierno.

Pero no es el caso. Lo interesante no es analizar el nivel de éxito alcanzado hoy sino el carácter general de estas manifestaciones, sus objetivos, su modalidad, sus logros…  Porque no ha sido la primera, ni mucho menos será la última, y en definitiva, resultan las muestras más numerosas y contundentes del malestar popular. Y sin embargo, la sensación es que se han hecho rutinarias, que no incomodan al Gobierno, y posiblemente, tampoco convenzan a buena parte de sus convocantes.

La sensación general

No hay dudas de que el español medio está cabreado, molesto con lo que pasa, lo que intuye y lo que le cuentan. ¿Pero hasta qué punto? O dicho de otra manera, ¿cuántos días al mes ese enfado se traduce en acción, en participación, en compromiso y trabajo? Es difícil hacer un estudio sociológico tan amplio, pero la sensación general es que por ahora y en su amplia mayoría, ese español medio, con o sin trabajo, solo está dispuesto a moverse en momentos puntuales y una vez cada tanto. Es verdad que desde julio hay grupos que mantienen los paros parciales y cortes de calles en algunos centros públicos; también que la semana que viene están anunciadas huelgas en educación, ferrocarriles o en el metro de Madrid. Pero es igual de cierto que el estado de ebullición creado antes del verano no ha ido a más, no ha fermentado, y hasta cabría decir que le ha costado mantener el grado creciente que sí sostiene el Gobierno en recortes y reformas.

Por supuesto, cabe preguntarse por qué. Un periodista argentino escribió hace unos días un tweet referido al comentario de un economista: “Dice Navarro que Europa y Estados Unidos están destruidos. Este año estuve en Londres, París, Roma y NY. Ya me gustaría estar así de destruido”. Como en todos los aspectos de la vida, la percepción cambia según el ojo de quien mire. Los efectos de esta crisis cada vez más prolongada son innegables, pero la realidad es que todavía no afectan la línea vital de la mayoría de los habitantes de este país.

Ya sea por la existencia de un amplio mercado de trabajo en B, por las redes familiares, los ahorros acumulados o el funambulismo económico, lo cierto es que la actual situación refleja un indudable descenso en el nivel de vida general, pero sin llegar a límites intolerables. Se vive peor que hace unos años, y de ahí el cabreo, pero se sigue viviendo relativamente bien. Y se nota cuando de protestar se trata.

¿Quiénes protestan y por qué?

Foto: AMP

Las manifestaciones de este último año, sin importar el número de participantes, tienen elementos en común. Son pacíficas, son bullangueras, incluso algo festivas. Pretenden expresar el malestar, pero sin pasarse. Sus participantes, en un porcentaje abrumadoramente mayoritario, son gente que ha perdido el trabajo o teme perderlo, o que continúa en su puesto aunque en peores condiciones, o jubilados y prejubilados que por el momento mantienen intacta su renta, o jóvenes estudiantes o en paro que dependen de sus padres pero no les falta nada para cubrir sus necesidades básicas, smartphone incluido. Todas y todos son conscientes de la pérdida de derechos y de oportunidades ya producida, e intuyen que es una tendencia en aumento. Y entonces se suman a la protesta, y salen a la calle cuando son convocados para las grandes ocasiones. Y acaban la jornada tomándose unas cervezas jocosamente con los amigos en los bares de la zona. Y se vuelven a casa hasta la próxima “manifa” grande, de aquí a un mes, más o menos. Pero no están dispuestos a mucho más.

¿La razón? Tal vez porque el proceso que les lleva a la protesta es intelectual y no gástrico. O dicho de otra manera, porque la queja sale de la cabeza y no del estómago. Por supuesto que hay gente que sí está pasando hambre y problemas de extrema gravedad. Pero se deja ver poco en estas marchas (muchos pertenecen al colectivo inmigrante, que no participa, ya sea por miedo o por no sentirse parte de lo que ocurre), y en todo caso, todavía es una minoría. Por eso, el periodista argentino no alcanzaba a ver qué era eso de la “destrucción”.

Los límites de la queja

Este punto de partida del malestar marca también los límites del compromiso. Movimientos como el 15M no han multiplicado su número de integrantes en este año –hablamos del trabajo diario, no de las simpatías que puedan despertar. Más aun, ni siquiera han podido mantenerlo. Y esto, a pesar del triunfo del PP en las urnas, del empeoramiento drástico de la situación y de la crudeza creciente de las medidas económicas adoptadas.

El resultado es la imposibilidad de endurecer la protesta. No lo harán los sindicatos mayoritarios, porque sus cúpulas no tienen ninguna intención de enfrentarse de verdad al Gobierno y perder su posición de privilegio en la representación de “los trabajadores”. Y tampoco lo pueden hacer desde las plataformas alternativas, porque sienten que no hay una base firme que sostenga ese endurecimiento. Así, cuando surge una iniciativa como la de ocupar el Congreso el 25S, más allá de sus múltiples defectos de convocatoria, el sentido común invita a recular, porque la idea suena más a invitación a la inmolación que a propuesta con posibilidades mínimas de éxito.

De esta manera, las grandes concentraciones repiten su tono amable, semifestivo, con ese aire de ir a pasar un rato agradable con los amigos y aliviar la conciencia “porque estoy luchando por los derechos de todos”. La realidad es que, hoy por hoy, no se avista una opción diferente.

¿Y cuál es el objetivo?

Queda un último aspecto a tener en cuenta, la verdadera meta soñada por aquellos que dedican una mañana de sábado –o un sábado completo si viajan desde fuera de Madrid- a gritar su cabreo contra el Gobierno. En este caso es muy probable que la respuesta sea más heterogénea. Sobre todo, porque el amplio conjunto de viejos (y nuevos) luchadores de base en fábricas, minas, el campo, sindicatos y partidos de izquierda siempre dicen presente. Y en su caso, no cabe duda que saben lo que persiguen, que quieren cambios profundos, los mismos que hubiesen querido en tiempos de la Transición y a lo largo de todas estas décadas.

Pero, ¿y los demás? ¿Los que se han sumado a partir del recrudecimiento de la crisis? ¿Pretenden de verdad una ruptura con el sistema hasta ahora conocido o en su mayoría simplemente desean un golpe de timón que devuelva la situación a la existente hasta 2007, a ese dolce far niente que anestesió al conjunto de la sociedad para traernos hasta este punto? La pregunta es incómoda, y la contestación necesitaría de un concienzudo trabajo de campo para ser rigurosa. En su ausencia, no queda más remedio que valerse de los resultados electorales, que dejan la respuesta más cerca de la segunda opción que de la primera. Y no solo por la victoria del PP. El éxito de CiU en Cataluña o el crecimiento de UPyD van en el mismo sentido: ninguno de ellos romperá jamás la baraja ni en lo social ni en lo económico, porque cada cual con sus matices entiende el mundo al ritmo que establece el poder del dinero.

Hay otro dato que refrenda esta apreciación. Como en casi todos los países desarrollados, el crecimiento económico motivó una transformación de la actividad humana. En 1970, la industria, el campo y la pesca empleaban al 54,6% de la población española, contra el 36,5 del sector terciario (servicios). En 2010, el 72,8% trabaja en servicios (y más del 80, si sumáramos la construcción), mientras la suma de los sectores primario y secundario no llega ni al 18,5%. Y hasta ahora, ninguna revolución ha surgido de las oficinas, los hoteles y los restaurantes.

Es cierto que siempre y para todo existe una primera vez, pero la dinámica de los movimientos de masas que desde hace algo más de un año recorren España no parece por el momento madura para lograr transformaciones significativas. Por eso, y en tanto no haya disturbios de mayor dimensión, el Gobierno no demuestra sentirse incómodo con ellas, más allá de tomar nota del disgusto de una parte de la población.

La conclusión

¿Cuál es el camino entonces? Sin dudas, a la cada día más expoliada clase trabajadora española no le queda otro sendero que persistir en la protesta. Pero al mismo tiempo, sería imprescindible una reflexión –personal y colectiva- sobre algunos de los interrogantes planteados. Y en función de ello, y si el resultado es una mayor conciencia sobre la amenaza de pérdida de derechos y oportunidades que acecha detrás de rescates y reformas, no estaría de más aumentar los niveles de participación y compromiso en la tarea cotidiana de enfrentarse al Poder. Solo así se irá ensanchando la base sobre la que asentarse para darle otro cariz a manifestaciones, marchas e incluso huelgas.

Eso, o esperar a que sean los estómagos los que empujen a tomar las calles.

El Editorial del Domingo

VIENTOS DE SEPTIEMBRE

Los refrescantes vientos que en buena parte de España se llevaron por delante lo que quedaba de verano, incluso antes del final de agosto, arrasaron también la molicie política que suele acompañar a este país hasta que cae la última página del calendario de agosto.

Vivimos épocas de tantas urgencias que no hay tiempo ni para sacudirse la arena de los pies. Así, en la semana que habitualmente sirve para apurar los bostezos finales, ocurrieron hechos tan relevantes como que el ministro de Economía, Luis de Guindos, se vio obligado a lanzar su flamante reforma económica, “banco malo” incluido (sus alcances he intentado resumirlos en un post del pasado viernes), se pusieron en marcha las campañas electorales para las autonómicas en Euskadi y Galicia, y se vivió un nuevo capítulo del “apriete de tuercas” entre Cataluña y Madrid en torno al rescate, el pacto fiscal y un horizonte de posible independencia.

Rosa Díez

Pero además de estas cuestiones, que han ocupado los grandes titulares, también pasaron otro par de cosas que no concitaron tanta atención, pero a las que conviene no perder de vista por motivos muy distantes entre sí. Por un lado, Rosa Díez, líder de UPyD, exigió a Mariano Rajoy que pidiera ya mismo a la UE el rescate económico para España. Por otro, Cristina Cifuentes, la Delegada del Gobierno en Madrid, afirmó sin pestañear que posee una lista de entre 800 y 1.000 personas “fichadas” por asistir a “todas las manifestaciones” que se realizan en la Comunidad.

La urgencia de Rosa Díez tiene varias lecturas posibles. No se puede desdeñar la posibilidad de que realmente considere que un rescate urgente y “total” a España sea la mejor solución para los problemas que padecemos. En este caso cabría preguntarse si es esta la alternativa “diferente y progresista” con la que intenta venderse UPyD de cara a un futuro que se le presenta muy prometedor. Porque ya conocemos el significado de un rescate “total”: entrega absoluta de los mandos económico-financieros a la troika UE-FMI, profundización en la pérdida de derechos laborales y de acceso a servicios públicos para la mayoría de la población, aumento del paro, extensión sine qua non de la recesión y condena muy prolongada al pago prioritario de una deuda que casi ningún ciudadano español contrajo por su cuenta. Sin embargo, esta parecería ser la apuesta de la carta más visible de recambio que aparece en el espectro político español a corto plazo.

Aunque en el caso de Rosa Díez cabe la sospecha de que pueda esconderse algún otro interés detrás de su pedido. La ex eurodiputada del PSOE (algún día habría que realizar una revisión a fondo de su actuación en el Parlamento de Estrasburgo) intuye que su momento está cada vez más cerca. No sólo por los resultados de noviembre pasado, sino porque el “sistema” –entiéndase el poder económico y los medios que lo sostienen y difunden- ve con buenos ojos su ascenso: sabe que no provocará cambios de fondo (el mensaje de esta semana, de alguna manera, también va dirigido a los oídos de los que mandan), y que encarna el “camino natural” para recoger los votos de quienes en su día se decepcionaron con un PSOE todavía bamboleante y carente de liderazgo visible; y también de quienes creyeron ver la tabla de salvación en este PP sin poder y sin ideas. Es decir, ella –o su partido- sería el parapeto ideal tanto para frenar un más que previsible avance de una izquierda más combativa, como para diluir el surgimiento de una derecha populista y más difícil de controlar, como la que propugna Mario Conde.

En ese sentido, cuanto antes se produzca el pedido de rescate, más rápido será el deterioro del actual Gobierno, peores serán sus resultados en Galicia y Euskadi, y más rápido se desencadenarán unos acontecimientos que en muchos círculos ya se dan por sentados. Hablamos de la caída de Mariano Rajoy y las variables que se abrirían para su sustitución, que van desde un pacto de Estado al estilo Italia a unas (menos probables a corto plazo) elecciones anticipadas. Y en todos los supuestos, las urgencias de Rosa Díez se verían satisfechas.

El más que posible final prematuro de esta Legislatura entronca con el otro tema surgido en la semana: la lista de Cristina Cifuentes. Porque evidentemente, el Gobierno no tirará la toalla sin pelear. Lo está haciendo a su manera en el ámbito económico, más allá de cómo se califiquen sus medidas. Y lo hará en la calle, donde sabe que desde esta misma semana le espera un aluvión de protestas en forma de concentraciones, cortes de calle, marchas y demás. La portada de La Razón de hoy es una buena medida del posicionamiento oficial; y el mensaje de la Delegada en Madrid, el anticipo de un previsible endurecimiento en el trato a los manifestantes.

Hasta aquí, el Ejecutivo de Mariano Rajoy solo ha cosechado desencantos y contratiempos. Maltratado en las encuestas, abandonado por muchos de sus fieles y zarandeado por los números, ahora tendrá que demostrar cuál es su verdadera postura en el tema de la tolerancia y las libertades. Si nos vamos a guiar por lo que está ocurriendo en RTVE, con la cancelación del programa Carne Cruda como último ejemplo, los augurios no son muy buenos.

Habrá que ver hacia dónde nos conducen los refrescantes y urgentes vientos de septiembre…