Furia amarelha, la nueva MarcaBrasil

Bajada la persiana de la Copa Confederaciones, paso previo al Mundial de Fútbol 2014, algo ha quedado meridianamente claro: Brasil vive tiempos de cambios.

Incidentes en los alrededores del Maracaná, durante la final de la Copa Confederaciones

Incidentes en los alrededores del Maracaná, durante la final de la Copa Confederaciones

Durante un mes, el planeta torció la cabeza en dirección al gigante sudamericano y se encontró con escenarios impensados. Fuera de los estadios, donde esperaba ver la pujanza de un país que lidera el grupo de los “emergentes”, el que le presta la “B” al apócope BRIC que tan en boga pusieron los economistas, se encontró con un pueblo en armas, que tomó las calles con inusitado fervor, no para celebrar ningún triunfo de la verde-amarelha (más bien al contrario, dándole la espalda a su deporte favorito) sino para denunciar las injusticias, desigualdades y agujeros negros de una manera de gobernar que parece tener más de “burbuja” que de crecimiento sólido.

Y sobre el césped, donde esperaba encontrar algún atisbo de los viejos tics del futebol brasileño, aquel del jogo bonito y la pelota al pie, se encontró con un equipo rocoso, de dientes apretados y botines afilados, que se llevó el título a base de garra y orgullo, y con muy pocas concesiones a la estética. Más heavy metal que samba.

Pocas veces es posible resumir un panorama con tanta precisión como ocurrió anoche en Maracaná, afuera y adentro del estadio. En el reducidísimo espacio de 500 metros a la redonda, quien quisiera verlo pudo presenciar estas dos realidades que hace un mes muy pocos podían vaticinar.

Luiz Gustavo, Hulk y Oscar rodean a Iniesta durante la final.

Luiz Gustavo, Hulk y Oscar rodean a Iniesta durante la final.

En el interior del remozado y mítico estadio, la selección dirigida por Luiz Felipe Scolari pareció repetir aquel legendario grito de Belauste en 1920, “¡A mí el pelotón Sabino, que les arrollo!” y pasó literalmente por encima de España, desde el minuto uno al noventa, sin dejar que apareciera ni el más mínimo atisbo del fútbol atildado, preciso y precioso que distingue a la actual campeona del mundo.

Afuera, en los alrededores, los incidentes tampoco tuvieron tregua. Quienes estaban más interesados en la cuestión social que en la deportiva también pudieron ver en directo cómo los manifestantes hacían retroceder a la policía mediante el lanzamiento de bengalas y demás objetos, con idéntica determinación que Paulinho o David Luiz negaban el pan y la sal a los Iniesta, Xavi y compañía.

Ahora y durante un año, el tiempo justo que falta para el Mundial, el planeta repartirá su mirada allí donde la actualidad lo indique. Pero en junio de 2014 volverá otra vez sus ojos hacia Brasil, y en ese momento ya no habrá lugar para las sorpresas. Porque todos sabemos qué nos vamos a encontrar: un pueblo en llamas y una seleçao belicosa. Furia amarelha, se mire por donde se mire…

Bayern 4 Barça 0, el final de un cuento maravilloso

atenesmilanAtenas es, desde hace más o menos una hora, la palabra que más resuena en los alrededores del Fútbol Club Barcelona.

En Atenas cayó fulminado el “Dream Team” que gobernaba Johan Cruyff desde el banco. Fue en una final de lo que entonces se llamaba Copa de Europa y ahora se denomina Champions League. El rival era un Milan hijo de aquel que había forjado Arrigo Sacchi, pero sin aquel trío de holandeses que le daban lustre. Lo entrenaba Fabio Capello y pasó de manera inmisericorde por encima de los Koeman, Guardiola y Romario. El resultado fue 4-0.

champions1-articleLargeCruyff siguió un año más al frente del Barça, pero todo el mundo sabía que el equipo que deleitó en la primera mitad de los 90 ya no volvería a ser el mismo. Hoy no queda más remedio que remitirse a aquella noche de Atenas. En el fútbol no existen los finales felices; los ciclos siempre acaban con una derrota más o menos estruendosa. Entonces llega el tiempo de las preguntas: ¿volveremos a ver alguna vez al Barça majestuoso que barrió al Manchester United en la final de Champions de hace dos años? ¿Al del baile descomunal al Arsenal? ¿Al de los 6 goles en el Bernábeu y el 5-0 en el Camp Nou?

Ahora mismo, con la visión todavía fresca del derrumbe físico y futbolístico ante el Bayern Munich en la retina, todas las evidencias invitan al pesimismo. Sobre todo, porque no se puede explicar este 4-0 como el resultado de una mala noche, como un hecho aislado. El Barça llevaba meses ocultando como podía un desgaste cada día más notable en su juego, buscando coartadas -la enfermedad de Vilanova, las lesiones en defensa, la prematura ventaja en la Liga- para meter bajo la alfombra la realidad de falencias que brotaban como malas hierbas en medio de la pradera.

El binomio Tito/Roura, seguramente impulsado por la seguidilla asombrosa de triunfos a principios de temporada pero también por una convicción profunda, convirtieron el estilo en un axioma casi fundamentalista, solo alterado en condiciones extremas, como los últimos minutos ante el PSG en el Camp Nou. Y está bien. No es criticable su elección. Era necesario, casi indispensable, que el inolvidable Barcelona de este lustro, el Mejor Equipo de la Historia de este juego, exprimiera hasta la última gota una forma de entender el fútbol como no se había conocido antes, ejecutada además con una precisión, continuidad y efectividad que superó cualquier registro conocido.

Pero la realidad, tozuda y nada proclive a sentimentalismos, indicaba que si los resultados seguían acompañando no se debía tanto a la presión adelantada tras cada pérdida de pelota, ni al movimiento constante de los delanteros, ni a la llegada desde segunda línea de los volantes o los laterales; se sostenía casi exclusivamente por la inusual puntería de un “extraterrestre” llamado Lionel Messi.

Sus goles estiraron la vigencia del estilo en el último año, le dieron contenido y razón de ser; y evitaron al mismo tiempo las discusiones y los debates. Hasta que el 10 se rompió. O incluso un poco antes, cuando los rivales decidieron regalar las bandas y cerrar el medio para achicarle los márgenes de maniobra. Entonces empezaron los problemas, y salvo el oasis del partido de vuelta contra el Milan en el Camp Nou, el equipo comenzó a desfigurarse, a parecerse a sí mismo en el afán por manejar el balón, pero también a perder profundidad, y con ello y por ello, a aumentar su fragilidad defensiva.

El partido de esta noche es el colofón de esta caída paulatina. Podrá decirse que faltaron Puyol y Mascherano, o que Messi jugó al 30% de sus posibilidades. Es cierto. Pero no cambiaría el discurso. Tal vez estaríamos hablando de un 3-1 en lugar de un 4-0, pero el concepto sería el mismo. El Barça, el que todos identificamos desde hace cinco años como la armonía perfecta de plasticidad y esfuerzo, de solidaridad y belleza, ya no es el Barça. Mal que nos pese a los amantes del fútbol. Ni lo volverá a ser. Porque Xavi ya siente el peso de los años, Alves ha perdido potencia, Valdés quiere emigrar, Puyol se acerca a la jubilación…

Ahora tocará a su gente barajar y dar de nuevo. Sentarse a pensar por qué camino seguir. Si el del endeudamiento y la élite; o el del equilibrio financiero y la modestia futbolística. Porque la cantera no lo puede solucionar todo, y si la pretensión es seguir peleando todos los títulos habrá que invertir, en un portero si se va Valdés; en defensas centrales; en un par de cracks que enmascaren la Messidependencia arriba.

Andoni Zubizarreta, el actual responsable del fútbol del Barça, era el arquero en aquella derrota de Atenas. Sabe lo que significa un final de ciclo. Será interesante ver cómo lo encara y qué ideas propone para resolverlo. Sean cuales sean hay algo seguro: si llegan nuevas figuras, el Barcelona se mantendrá entre los grandes del continente. Pero ya será, necesariamente, otro equipo, que podrá mantener ciertas pautas ya incorporadas al ADN del club, pero deberá adaptar su juego a las características de quienes se vayan incorporando.

El Barça del Pep, el que llevaba un año atado a la zurda de Messi y dos largos meses trastabillando aquí y allá, rindió orgullosamente sus banderas en Munich. No hay nada que objetar, no hay nada que lamentar. Solo cabe el agradecimiento. Por tanta alegría, por tanto arte, por tanto fútbol…

Messi, los desmarques, el funcionariado y los apellidos

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Montolivo aprieta la marca sobre Messi en el Milan-Barça de ayer

La estrella de Lionel Messi viene iluminando el firmamento futbolístico del planeta desde hace un largo lustro. Muy pocos discuten su carácter de número 1 mundial, y nadie pone en duda sus estratosféricas cualidades (“debe de haber vida por ahí fuera”, dijo hace poco en El País el entrenador del Borussia Dortmund, Jürgen Klopp, en su intento de explicarlo), pero no siempre ha sido así.

En la Argentina cargó durante demasiado tiempo el sambenito de su diferente rendimiento con la blaugrana y la albiceleste. Y en España se insiste, todavía, que no sería ni la mitad de lo que es sin Xavi e Iniesta a su lado.

No hay verdades absolutas en el fútbol, pero la evidente mejoría de Messi con la selección de su país y el partido de anoche en San Siro dejan algunas pistas de que no es el apellido de los compañeros la principal incidencia en el juego del 10 del Barça, sino lo que hacen o dejan de hacer. O dicho de otro modo, pesa más el funcionamiento colectivo que las cualidades individuales de quien tenga al lado.

En los años donde los argentinos le echaban en cara al pibe de Rosario que con ellos no era tan decisivo como en tierras catalanas, los que le veíamos cada partido a este lado del charco intentábamos explicar que la gran diferencia era que allí le daban la pelota y miraban a esperar qué iba a hacer, mientras que en el Barça existía un movimiento continuo de desmarques que distraía a los defensores rivales y abría los espacios para que Messi pudiera encarar en uno contra uno o contra dos, como máximo.

Así, en tanto que en su selección Messi estaba obligado a la hazaña individual frente a varios rivales que le esperaban escalonados, y entonces casi siempre perdía, acababa por fastidiarse y su presencia se devaluaba; en el Barcelona ocurría exactamente lo contrario. Y si además sus laderos se llamaban Xavi, Iniesta, Alves, Pedro o Busquets, alcanzar la perfección era una consecuencia casi lógica.

Messi, Agüero, Di María e Higuaín celebran un gol de Argentina

Messi, Agüero, Di María e Higuaín celebran un gol de Argentina

Volvamos a la actualidad. ¿Qué ha logrado Alejandro Sabella, entrenador de Argentina, que no consiguieron sus antecesores? Que Higuaín, Agüero y Di María, con sus desmarques y su velocidad, generen espacios para que Messi, quien por lo general necesita recibir la pelota al pie y no en carrera, provoque el desequilibrio. Hoy, su rendimiento ha dejado de ser tema de discusión y sobre él los argentinos depositan las esperanzas de un Maracanazo en 2014.

¿Qué ocurrió anoche, y en algún otro partido anterior del Barcelona? Que aunque Messi comparta equipo con Xavi, Iniesta, Pedro, Alves o Busquets (y sumemos a Cesc), si no hay desmarques, ni movimiento, ni rupturas; si no se crean las condiciones para que el 10 pueda lastimar con sus cualidades, si quienes ocupan las bandas privilegian el toque al centro antes que el desborde en profundidad, Messi se empecina, retrocede hasta mitad de campo, quiere resolver por las suyas mientras el resto mira, pierde casi siempre, se fastidia y queda devaluado. Es decir, lo mismo que le sucedía en la Argentina de Basile, Maradona y Batista.

Si quiere tener alguna posibilidad de superar la eliminatoria contra el Milan (y también la de Copa contra el Real Madrid, que no está ni mucho menos cerrada), el Barça sabe que necesita del mejor Messi. En ese caso, conoce la receta a la perfeccion: olvidar el funcionariado de la posesión intrascendente y recuperar el movimiento, el desborde y los riesgos. Si no es así, contra una defensa cerrada y firme, habrá poco que hacer.

Y el nombre de los acompañantes pasará a ser una cuestión totalmente secundaria.