El Editorial

De Rafa Nadal a Fernando Alonso (Domingo 22-07-2012)

Si no fuera porque hubo varias anteriores que tuvieron un aspecto parecido; y porque todo apunta a que llegarán otras aun más negras en el futuro, podría decirse que la pasada fue la peor semana en lo que llevamos de presidencia de Mariano Rajoy.

No hubo respiro para el hombre que esperó diez años para llegar a la Moncloa y ha tardado menos de siete meses en dilapidar casi todo su crédito. No existió día sin malas noticias o revolcones. Desde el lunes, cuando los empleados públicos empezaron bien temprano a cortar calles y carreteras en protesta por las últimas medidas, hasta el viernes, con la prima de riesgo marcando un récord en 610 puntos, la bolsa sufriendo su peor día desde 2008 y la Comunidad Valenciana, bastión del PP desde 1995, solicitando su rescate (es decir, declarándose en quiebra), sin tener ninguna herencia a mano a la que echarle la culpa. Ni el fin de semana trajo calma: la Región de Murcia, también gobernada por los populares desde hace 17 años, se sumó hoy al pedido de auxilio financiero; y los datos de dos de las encuestadoras más serias del país demuestran que la mayoría de la población, incluyendo quienes votaron a Rajoy, avala el griterío de la calle y prevé nuevas y mayores protestas.

Si hasta Rafa Nadal abandonó el barco, renunciando a su participación en los Juegos Olímpicos, donde iba a ser el abanderado español.

Pero con todo esto, lo peor para el registrador de la propiedad que habita en la Moncloa es la sensación de desolación, confusión y soledad que irradia. Sus comparecencias son escasas (en el debate legislativo sobre las condiciones para el rescate financiero solicitado a Europa solo ocupó su escaño para votar), pero en cada una de ellas, el aplomo brilla por su ausencia, y el lenguaje de gestos delata su incomodidad.

Dicen los que frecuentan los pasillos de Génova y del Congreso que incluso dentro de sus propias filas han empezado a crecerle los enanos. Y esto es muy mal síntoma. Porque se sabe que en el ecosistema político, muchas de las especies más comunes de la fauna presienten los terremotos un tiempo antes de que se produzcan. Y su primera reacción suele ser alejarse progresivamente del epicentro.

La prematura soledad de Rajoy –es algo que los líderes suelen padecer tras años de desgaste, pero en ningún caso cuando aun deberían estar saboreando las mieles del triunfo electoral- no le augura un destino promisorio. Siente que Europa le ha abandonado a su suerte, que sus votantes le recriminan el camino elegido para sacar a España del oscuro pozo en que se encuentra; que los empresarios comienzan a torcerle el rostro y que crece el alboroto en el mismo patio de su casa. No es de extrañar que se le traben las palabras cada vez que habla en público.

Y sin embargo, no todo es tan malo. Por ahora, el Gobierno tiene la suerte de que no existe una unidad clara de acción en las filas de la oposición. Ni en el Congreso, donde nunca la habrá. Ni en la calle, donde los sindicatos mayoritarios se empeñan en sumar recelos entre la gente del 15M y plataformas aledañas; y los funcionarios y empleados públicos no garantizan una presencia constante y combativa. El episodio de los bomberos de Madrid negociando su abandono de la manifestación del jueves a cambio de la liberación sin cargos de un compañero detenido por los antidisturbios no debe pasarse por alto. Los bomberos se han convertido, en cierto modo, en líderes y salvaguardas de la revuelta callejera. Algunos vieron su retirada el jueves como una traición; otros, como la espita que abrió la puerta a una represión policial que duró varias horas.

Esta falta de objetivos y criterios comunes a la hora de actuar y manifestarse le da al Gobierno un tiempo precioso para mover sus fichas internas. Ya sea para buscar fórmulas que apacigüen los ánimos más belicosos de policías o bomberos; para aleccionar a jefes y directores de las instituciones públicas para que aprieten las tuercas a quienes dedican horas de trabajo a cortar avenidas; o para sacar adelante una reforma del Código Penal (presentada por CiU) que endurezca las penas por manifestaciones en la calle, redefina qué significa “alteración del orden” y permita actuar con más dureza contra la resistencia pasiva, la desobediencia a las autoridades o la ocultación del rostro. En definitiva, que desaliente la protesta masiva y continuada en el corazón de las ciudades. Aunque en Moncloa deberían saber que no será una solución definitiva. La insumisión ya no ocupa solo las redes sociales y las plazas; casi cada día nace una nueva iniciativa para extender la rebeldía con acciones que van más allá del grito.

Parece poca cosa para mejorar el humor de un Gobierno aturdido, pero se sabe que el boxeador al que le flojean las piernas se agarra de la primera cuerda que encuentra.

Y además, Fernando Alonso ganó hoy el GP de Alemania. Ya vendrán semanas peores…

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